jueves, 30 de septiembre de 2021

El mito de Ares, dios de la ira y de la guerra

El mito de Ares señala que este personaje era odiado por todos. Zeus llegó a decir que lo no destruía porque era hijo suyo, pues de lo contrario no tendría compasión. Ares era la violencia que arrasaba, pero que, de algún modo, no lograba imponerse.

El mito de Ares nos habla de un personaje complejo, con muchos matices en su carácter. Aunque destaca su rol de dios de la guerra, también amó y sufrió. No era invulnerable en su tarea, pues son varios los episodios/relatos en los que sale derrotado.

Hay que anotar que el mito de Ares fue mucho más importante en Roma que en la propia Grecia. Los romanos, un pueblo guerrero y expansionista, veían a esta deidad como uno de sus grandes orientadores. Ellos le dieron el nombre de Marte y en su honor se hizo el “Campo de Marte” y se bautizó como “Marzo” al tercer mes del año.

El origen del mito de Ares

La versión tradicional dice que Ares era hijo de Zeus y de su esposa Hera. Por lo tanto, también era dios e inmortal. Otra versión señala que enojada por las múltiples infidelidades de su marido, Hera fue a buscar consuelo en el templo de Cloris, la diosa de las flores.

Cloris vio afligida a Hera y le pidió que tomara una hermosa flor. La esposa de Zeus quedó fascinada por la enorme belleza de la planta. Luego la puso en su regazo y así nació Ares. Como quiera que haya sido, lo cierto es que el mito de Ares señala que este personaje era rechazado por todos los dioses, incluyendo a su padre y a su madre.

Marte era el dios de la guerra, pero también de la ira y de la destrucción. Por donde quiera que iba dejaba calamidades a su paso. Tenía sed de sangre y por eso desataba conflictos cada vez que podía. También se le asocia con las enfermedades y las epidemias.

Las facetas de Ares

El mito de Ares no es el único que habla de una deidad asociada a la guerra. La medio hermana de este dios, Atenea, también regía esos terrenos. Sin embargo, ella dirigía las guerras estratégicas. Ares, en cambio, tenía que ver con lo más fiero de las batallas. El horror, la violencia sin límite y la brutalidad en batalla eran su elemento.

Pese a todo, al dios Ares también se le asocia con el coraje, la fuerza, el dinamismo y la vitalidad. Era el protector del Olimpo de los dioses y de todos los ejércitos. Protegía, así mismo, a los líderes rebeldes y a los hombres justos. También era el dios de la virilidad masculina; sus más de 30 amantes dan fe de ello.

Su gran amor fue Afrodita, diosa de la belleza y del amor. Ella fue su amante, pero también su compañera de batallas. Así mismo, la madre de los dos hijos que siempre acompañaban al dios Ares en sus faenas: Deimos, espíritu del terror, y Fobos, personificación del miedo.

Ares y los gigantes

Cuenta el mito de Ares que este dios, desde muy joven, se sintió atraído por la violencia y la guerra. A veces agitaba las batallas solo por divertirse y esto lo hacía odioso ante todos. Entre los que lo detestaban estaban dos gigantes llamados Otus y Efialtes, también conocidos como los Aloadae.

Ares había desatado una batalla que destruyó las cosechas de los gigantes. Por eso decidieron perseguirlo y conspiraron para capturarlo. Tras hacerlo, lo encerraron en un frasco de bronce, durante un año lunar, es decir, por 13 meses.

A los demás dioses no les interesó mucho el asunto, pero los gigantes, animados por su triunfo, amenazaron con atacar al Olimpo. Querían por esposas a Artemisa para Otus y Hera para Efialtes. Las diosas urdieron un plan. Artemisa dijo que iba a yacer con Otus, lo cual despertó la envidia de su hermano y causó una pelea.

Aprovechando la situación, Artemisa se transformó en cierva y escapó. Los hermanos le lanzaron flechas para herirla, pero ella se retiró y los gigantes terminaron matándose entre sí. Mientras tanto, Hermes, hermano de Ares, lo sacó del cofre de bronce.

Un guerrero sensible

Pese a su gusto por la violencia, el mito de Ares también tiene episodios en los que este dios muestra su lado más frágil. De hecho, en diferentes ocasiones era derrotado y humillado públicamente. Con su hermana, Atenea, vivió varias derrotas, así como con Hércules, o Heracles.

Durante la Guerra de Troya, precisamente, se enfrentó con Atenea y esta lo hirió, lanzándole una piedra a la cabeza. Se dice que Ares lanzó un grito de dolor tan profundo que todos escucharon a pesar del fragor de la batalla.

Así mismo, cuando Zeus le comunicó que su hijo Ascálafo había muerto, el dios de la guerra se entregó a un llanto profundo. También se enfrentó a todo y a todos por defender a su hija Alcipe. Así era este dios, agresivo y a la vez inocente. Su belicosidad nacía más de un afán pendenciero y competitivo que del odio o el deseo de muerte.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Estrés y cansancio: cuando ya no puedes más y no sabes por qué

El estrés también produce dolor físico. Cuando llevamos mucho tiempo estresados, el agotamiento se trasforma en una constante en nuestras vidas, una realidad que a veces ni siquiera el descanso nocturno resuelve. ¿A qué se debe?

Estrés y cansancio conforman un vínculo directo y agotador. Todos hemos pasado por épocas en las que la preocupación, las presiones y las demandas externas se transforman también en malestar físico. Faltan las fuerzas, no encontramos las energías y el cuerpo está enlentecido. No es bastante con lo que acontece en la mente para que también el organismo se vea afectado.

Asimismo, se da otro hecho. Este tipo de agotamiento relacionado con nuestro estado psicológico y los estados de estrés se vive de manera distinta al cansancio ordinario. Es común que el descanso nocturno no termine de reponernos. Tampoco darnos dos días de relax los fines de semana. Así, al propio agotamiento se le añade el entumecimiento, el dolor de espalda o la pesadez de brazos y piernas.

Lo cierto es que muchas de estas realidades clínicas responden a lo que conocemos como agotamiento emocional. Aparece, sobre todo, en personas que arrastran con una situación de estrés estable en el tiempo. La sintomatología es tan compleja y delicada que bien merece detenernos y profundizar en ello.

Estrés y cansancio: ¿por qué aparecen juntos?

El cansancio tiene, por término medio, dos orígenes muy concretos. El primero aparece con las sobrecargas físicas, cuando realizamos un esfuerzo puntual que exige de nosotros fuerza y resistencia. Por otro lado, tampoco podemos descartar ese agotamiento mediado por los estados carenciales cuando nos falta algún nutriente o lidiamos con alguna enfermedad.

Así, algo que sucede con frecuencia es que las personas no solemos identificar ese cansancio que es de origen emocional o psicológico. En ocasiones, basta con lidiar con un problema concreto en nuestro trabajo para llegar a casa agotados. No importa que no hayamos realizado un esfuerzo físico, la sobrecarga mental es suficiente para consumir muchos de nuestros recursos fisiológicos.

Por otro lado, hay algo importante que a considerar. Los trabajos de investigación nos señalan que estrés y cansancio conforman una realidad compleja en la que se integran múltiples variables. Vamos a conocerlas.

Estrés y sobreesfuerzo metabólico

La Universidad de Missouri-Kansas y la de ciencias médicas en Teherán realizaron una investigación conjunta para comprender la biología del estrés. De este modo, algo que debemos considerar es que esta condición psicológica tiene un alto coste metabólico en nuestro organismo.

  • El estrés aparece cuando consideramos que las demandas del entorno superan a nuestros recursos. Tenemos la sensación de no poder llegar a todo, de que estamos perdiendo nuestra capacidad de control.
  • La experiencia del estrés intensifica los procesos cognitivos (pensamos más, estamos más alerta, intentamos centrar la atención en muchos aspectos…). Todo ello aboca a nuestro cerebro a entrar en un estado de alarma. Él entiende que hay muchos frentes de los que debemos estar pendientes y lo que hace es activar el sistema nervioso simpático.
  • ¿En qué se traduce esto? En un mayor coste metabólico. Asimismo, se da otro hecho. Esa hiperactivación del sistema simpático nos conduce a un estado de alerta en el que es muy complicado conciliar un sueño reparador. Dormimos, pero no descansamos y no lo hacemos porque la fase REM es más corta, con lo que el sueño se fragmenta y nos levantamos cansados.
Estrés y cansancio, un vínculo relacionado con el desánimo general

Estrés y cansancio configuran ese binomio que es motivo de consulta en los centros de atención primaria. Las personas se sienten agotadas y ese agotamiento no se va con el descanso, unas vacaciones o la buena alimentación. No cuando se le añade el estrés persistente, la sensación de no cumplir con toda obligación y con la sensación continuada de ineficacia.

Estudios, como los realizados en la Universidad de Leipzig, indican una serie de datos interesantes al respecto:

  • El estrés y el cansancio aparecen en personas que evidencian un estado de estrés crónico. Son situaciones en que esta condición va más allá de los 6 meses o un año. Es muy común en quienes lidian con el desempleo, problemas familiares, de pareja o económicos.
  • Cuando el estrés crónico no se controla, es muy fácil que aparezca también la ansiedad. Es entonces cuando surge una sintomatología física más intensa: taquicardias, alteraciones digestivas, dolores musculoesqueléticos, sensación de debilidad, mayor tendencia a las infecciones.
  • Ahora bien, hay un dato llamativo. Estrés y cansancio correlacionan también con desánimo, falta de alegría y apatía. Son épocas vitales en que la fatiga va de la mano de las emociones de valencia negativa y las crisis personales.
¿Qué puedo hacer cuando siento que ya no puedo más?

Lo recomendable es no llegar al límite. El estrés es como quien lleva una bolsa a la espalda y va acumulando piedras. Si no las descarga en algún lugar, seguirá acumulándolas hasta no poder más, hasta caer rendido y sin fuerza. No obstante, lo complejo del estrés es que se compone de múltiples elementos: habilidades para gestionarlo, el estado anímico y los problemas con los que tenga que lidiar cada persona.

Lo más acertado en estos casos es empezar con el médico de atención primaria. Descartar problemas médicos es decisivo. Más tarde, podemos recurrir a los enfoques psicológicos:

  • Aprender técnicas de resolución de problemas. Lo que preocupa hoy no se puede posponer para mañana.
  • Detectar los estresores y trabajar en ellos. Habrá algunos que no podamos controlar y que estemos obligados a aceptar. Aquello que, sin embargo, sí esté en nuestra mano abordar, será momento de hacerlo.
  • Trabajar ideas y pensamientos irracionales para dar forma a un enfoque mental más saludable.
  • Establecernos tiempos de ocio, descanso y autocuidado.
  • Integrar en el día a día, técnicas de relajación y respiración profunda.
  • Mejorar nuestra higiene del sueño.
  • Mantener una vida activa evitando el sedentarismo.
  • Disponer de buen apoyo social.
  • Situar en el corto y largo plazo metas que nos ilusionen.
Para concluir, en caso de que el estrés sea una constante en nuestras vidas, es recomendable consultar con profesionales especializados. A veces, el estrés crónico demanda de nosotros cambios. Unas variaciones de rumbo para las que nos puede venir muy bien que alguien nos eche una mano.

martes, 28 de septiembre de 2021

Terapia psicológica adyuvante: características, objetivos y fases

¿Qué es y en qué se basa la terapia psicológica adyuvante (TPA)? ¿A quién va dirigida? ¿Cuáles son sus fases, objetivos y métodos? ¡Descúbrelo todo aquí!

¿Existen terapias psicológicas específicas para el cáncer? La respuesta es sí, y una de las más conocidas es la terapia psicológica adyuvante (TPA). El cáncer es una de las enfermedades más prevalentes a nivel mundial, y más allá de sus consecuencias físicas, sus consecuencias emocionales y psicológicas pueden llegar a ser devastadoras para el paciente.

Por ello, trabajar con él, para potenciar estrategias de afrontamiento adecuadas y fomentar un sentido de control de su propia vida, resultarán dos objetivos clave en su proceso de recuperación. Además, si no se produce la recuperación de la enfermedad, se perseguirá mantener su calidad de vida, así como mitigar sus síntomas depresivos y ansiosos.

La terapia psicológica adyuvante: ¿qué es?

La terapia psicológica adyuvante (TPA) fue propuesta por Moorey y Greer (1989, 1995) y está dirigida a pacientes con cáncer. Se trata de una terapia cognitivo-conductual basada en la terapia de Beck para la depresión, que considera a los pacientes como personas “psicológicamente normales”, aunque abrumadas por el impacto del diagnóstico de la enfermedad.

La TPA se basa en el modelo denominado Modelo cognitivo sobre el ajuste psicosocial de las personas con cáncer. Este modelo entiende que son dos la variables que determinan la conducta del individuo:

  • Las valoraciones del enfermo sobre el grado de amenaza que supone la enfermedad.
  • El control que pueda ejercer sobre ella y su pronóstico.
Así, en las bases teóricas de la terapia psicológica adyuvante encontramos la siguiente afirmación: las consecuencias psicológicas del cáncer dependen del significado personal que adquiera el cáncer para el enfermo y de sus estrategias de afrontamiento.

Por ello, en esta terapia será importante trabajar con el significado que adquiere el cáncer para la persona, así como con sus estrategias y recursos para luchar contra él. Finalmente, decir que la TPA ha demostrado ser efectiva para aumentar el espíritu de lucha y para disminuir las siguientes variables:
  • Indefensión.
  • Fatalismo.
  • Miedo.
  • Depresión.
¿Cómo influye la manera de afrontar el cáncer?

¿Qué descubren Moorey y Greer a través de diferentes investigaciones con la terapia psicológica adyuvante? ¿Tiene relación la manera de afrontar la enfermedad con el progreso de la misma?

Según sus investigaciones, un afrontamiento activo de la enfermedad y un procesamiento adecuado de la información del diagnóstico son los factores que mejor contribuyen a mejorar la respuesta inmunológica del paciente.

Características técnicas de la TPA

La terapia psicológica adyuvante se realiza de forma individual y se estructura en 6-12 sesiones de una hora. Según las investigaciones (López Ríos, López Martínez, Gil, 2004), la TPA se ha utilizado fundamentalmente con mujeres mastectomizadas y con cáncer genital. Sin embargo, puede utilizarse para otro tipo de pacientes con cáncer.

Objetivos de la terapia psicológica adyuvante

¿Qué se pretende conseguir a través de la TPA? ¿Cuáles son sus objetivos fundamentales? Los enumeramos a continuación:
  • Mejorar la calidad de vida de los pacientes, a través de la reducción de los síntomas de estrés psicológico.
  • Inducir un espíritu de lucha por el que el paciente valore la enfermedad como un desafío y busque conductas dirigidas a combatir la enfermedad.
  • Proporcionar un sentido de control sobre la propia vida.
  • Enseñar al paciente a expresar sus sentimientos, especialmente la ira.
  • Facilitar la comunicación del paciente con su pareja en caso de tenerla.
¿Cómo se trabajan los objetivos?

Hemos visto cómo la terapia psicológica adyuvante busca la consecución de una serie de objetivos que mejoren la calidad de vida del paciente, así como dotarlo de herramientas para luchar y salir fortalecido de la experiencia. Pero, ¿cómo se consigue? En este sentido, la TPA utiliza cuatro tipos de métodos:
  • Cognitivos: reestructuración cognitiva, reatribución, etc.
  • Conductuales: relajación, programación de actividades, etc.
  • De expresión emocional: expresión de emociones reprimidas, fundamentalmente.
  • Centrados en el trabajo con la pareja.
Fases de la terapia psicológica adyuvante

Según Amigo, Fernández y Pérez (2004), los objetivos explicados de la terapia psicológica adyuvante se reparten en diferentes momentos de la terapia. Concretamente, en tres fases, que son las siguientes:

Fase inicial

En esta primera fase de la TPA se pretenden conseguir una serie de objetivos. Por un lado, aliviar los síntomas de la enfermedad y recuperar la actividad cotidiana. Y por el otro, enseñarle al paciente el modelo cognitivo en el que se sustenta la terapia, así como alentar la expresión de emociones negativas.

Fase intermedia

En la fase intermedia de la terapia psicológica adyuvante, se enseña a los pacientes la monitorización de pensamientos y las pruebas de realidad para afrontar los problemas emocionales. Además, se continúa avanzando en la solución de problemas (como los problemas de comunicación con la pareja, por ejemplo) y se prosigue la lucha contra el cáncer; en esta etapa resulta de gran importancia implicar a la familia del paciente.

Fase final

Finalmente, en la última etapa de la TPA se pretende identificar y discutir las creencias subyacentes a las alteraciones emocionales. También se tiene en cuenta la prevención de recaídas y se planifica el futuro a más largo plazo en los pacientes que presentan un buen pronóstico de la enfermedad.

lunes, 27 de septiembre de 2021

¿Por qué grito cuando me enfado? ¿Qué puedo hacer?

Son muchas las personas que no pueden evitar levantar la voz cuando se enfadan. Sabemos que recurrir al grito no soluciona nada —más bien al contrario—, pero a veces es algo que nos cuesta controlar. ¿Qué podemos hacer en estos casos?

A nadie le gustan los gritos. El cerebro responde a ellos poniéndonos en alerta, intensifica la tensión y la tendencia a la huida o la acción. Sin embargo, todos nos hemos visto alguna vez en esa tesitura… ¿Por qué grito cuando me enfado? A veces, sin darnos cuenta, levantamos la voz más de la cuenta, sobre todo, si estamos en medio de una discusión o alguien nos ha faltado el respeto.

Es muy común también que muchas mamás y papás se arrepientan de haber lanzado un grito a sus hijos cuando estos estaban en medio de una rabieta, una travesura o en una conducta inapropiada. Falla la calma, la mente actúa por instinto y se pierden los papeles. Luego, claro está, llega el remordimiento y el clásico razonamiento de “esta vez será la última”.

De este modo, y a pesar de que todos sabemos que gritar hace daño, no resuelve nada y crea distancias, es algo habitual en la conducta humana. Vemos a parejas gritarse en las playas o restaurantes, a jefes levantando la voz a sus empleados o incluso a profesores lanzando algún grito puntual en el aula cuando tiene que llamar la atención de algún alumno.

¿A qué se debe este mecanismo? ¿Es quizá algún instinto o tiene algún tipo de finalidad? Aún más, si nosotros mismos somos tendentes a este tipo de conducta, ¿qué podríamos hacer para controlarla?

¿Por qué grito cuando me enfado?

El grito cumple una finalidad evolutiva: alerta al grupo de una amenaza o peligro. Es un instinto que compartimos con los animales y que nos ha ayudado desde tiempos inmemoriales. Podríamos describirlo como una vocalización primaria, esa que ya evidencian los recién nacidos y que informa muchas veces a los padres de sus necesidades.

Ahora bien, trabajos de investigación como los realizados en la Universidad de Oslo (Noruega) señalan algo interesante. Los gritos humanos pueden reflejar hasta seis emociones primarias. No solo gritamos de ira, sino que está reacción es a menudo el reflejo del dolor, el miedo, la alegría, la tristeza y la pasión.

Ahora bien, uno de los responsables de este trabajo, el doctor Sasha Frühholz, señala que el cerebro reacciona de manera muy intensa a los gritos porque los procesa como estímulos amenazantes. Es decir, uno puede gritar repentinamente de alegría y felicidad, pero esa reacción siempre será sorpresiva y desagradable para quien no se lo espera.

Esto nos lleva a otro hecho. Hay personas con mayor tendencia a hacer uso de este recurso. Son muchos los que se preguntan aquello de ¿por qué grito cuando me enfado y qué podría hacer para evitarlo? Sabemos que es una conducta desagradable, que nos distancia de los demás y que lejos de ser catártico, nos carga de arrepentimientos. Estas son las causas por las que recurrimos a él.

Los gritos, la forma en que te han educado

Gritamos porque nos han gritado desde niños. Porque esa ha sido la forma de comunicación de nuestros padres. Órdenes, reproches y simples comentarios… Cuando nuestros progenitores nos han educado haciendo uso de un tono de voz elevado o sancionatorio ese patrón se integra en nosotros y lo repetimos.

Levantar la voz para dominar la situación

A veces faltan recursos, habilidades sociales o estrategias comunicativas. Cuando alguien se pregunta ¿por qué grito cuando me enfado?, la respuesta puede estar en algo muy sencillo. Tenemos la sutil creencia de que al levantar la voz logramos dominar la situación y nos imponemos sobre el otro.

Es importante saber que el grito en la comunicación humana es una forma de agresión. No se domina ni se gana una discusión alzando la voz. Con ello lo que logramos es intensificar el malestar y crear distancia.

¿Por qué grito cuando me enfado? La mala gestión emocional

Las personas somos seres emocionales que razonan. La primera reacción será siempre dejarnos llevar por las emociones sentidas y en caso de no regularlas, los efectos pueden ser impulsivos, irracionales y explosivos. No es fácil dominar estados emocionales de valencia negativa porque estos presentan una gran activación fisiológica. 

Estudios como los realizados en la Universidad de Connecticut y el Centro Médico de la Universidad de Minnesota nos señalan algo que debemos tener en cuenta. Las rabietas en los niños suponen siempre grandes oportunidades para educarlos en la regulación emocional. Esa expresividad en la que el grito es una constante debe gestionarse, regularse y controlarse.

El niño que no aprende a autorregular sus emociones se convierte en un adulto impulsivo que grita, que se deja llevar por la ira, la frustración, el enfado…

Quiero dejar de gritar ¿cómo hacerlo?

Recurrir al grito edifica un estilo comunicativo violento, punitivo y abusivo. No se gana nada con este recurso. El líder no lidera si grita y cohíbe. El padre y la madre que recurren a los gritos están haciendo uso del maltrato. Así, quien termina alzando la voz cada vez que discute con alguien, evidencia incompetencia emocional y comunicativa.

Si me pregunto por qué grito también es importante comprometerme a dejar de hacerlo. Estas son algunas claves que pueden ayudarnos:

  • Recuerda las experiencias pasadas y las consecuencias relacionadas con alzar la voz.
  • Comprométete en el respeto interpersonal. El primer paso para lograrlo es facilitando la escucha activa y la empatía: conecta con quien tienes en frente con respeto. Entiende su realidad sin necesidad de reaccionar o imponerte.
  • Controla la ira y la frustración.
  • Reconoce tu patrón  de reacción, entiende qué te hace reaccionar y recurrir a los gritos. Controla esos desencadenantes, reflexiona en ellos para no actuar por mero instinto.
  • Cuando sientas ganas de gritar en medio de una discusión o situación concreta, cuenta hasta 10. Relaja la mente.
  • Comprométete en el cambio: sé responsable de ti mismo y de tu comportamiento.
  • Aprende técnicas de comunicación como la asertividad, la argumentación, la negociación…

Para concluir, para dejar de gritar es bueno empezar a ser más amables con nosotros mismos. Manejar emociones de valencia negativa requiere conocernos, controlarnos y ser capaces de transformar esos procesos en estados más armoniosos. Algo así requiere conectar con nosotros mismos para realizar un cambio. Uno de los mejores: dejar de alzar la voz.


domingo, 26 de septiembre de 2021

7 pasos para sentirse bien con uno mismo

Estar bien con uno mismo es el pilar del equilibrio psicológico y el motor que enciende la capacidad de logro, la motivación y la habilidad para construir relaciones felices. Analizamos las claves para lograrlo.

Sentirse bien con uno mismo es el mejor regalo que podemos hacernos. No es fácil. Esta artesanía psicológica requiere atención y práctica. El ser humano puede ser su peor enemigo, siendo especialmente cruel cuando por sistema prioriza el bienestar ajeno antes que el propio. Dejar en segundo plano lo que sucede dentro y no atender nuestro jardín mental termina pasando factura.

Hay épocas mejores que otras. Es imposible estar al 100 % cada día y en cada circunstancia; al fin y al cabo, no somos robots, estamos hechos de piel, huesos, neuronas y muchas inseguridades. Esto hace que el bienestar personal no sea una curva de pendiente constante. Sin embargo, más allá de esas fluctuaciones anímicas es necesario despertar las fortalezas internas.

Dimensiones como la autoestima, el autocontrol o la correcta regulación emocional son nutrientes que nos permiten optimizar esa armonía interna. Y tengámoslo claro… Nada es tan catártico, saludable y motivador como sentir armonía y bienestar con lo que somos y sentimos. Lo analizamos.

Estrategias para sentirse bien con uno mismo

Sentirse bien con uno mismo no es una habilidad que nos venga de fábrica. En ocasiones, hasta cuesta ponerla en práctica porque nuestro entorno familiar no favoreció esa competencia. Porque estar bien con el propio ser integra un buen número de procesos que deben ponerse en práctica ya desde la infancia, guiados por el afecto de nuestros progenitores.

Quien crece sin sentirse validado y amado tendrá serias dificultades para quererse a sí mismo. No obstante, como señalaba el neurólogo, psiquiatra y padre de la resiliencia Boris Cyrulnik, al final estamos obligados a metamorfosear el dolor del ayer para reconstruirnos de manera más íntegra, fuerte y reluciente. Esto pasa obligatoriamente por aprender a sentirse bien con uno mismo.

1. Aceptarse como persona (pero trabajar en aquello que se debe mejorar)

La aceptación de lo que somos y cómo somos media en la calidad de vida e integra otro aspecto que no podemos perder de vista. Al aceptarnos como persona tomamos conciencia también de nuestras limitaciones, aristas y puntos débiles, esos en los que deberíamos trabajar.

Ahora bien, la aceptación no significa rendirnos ante esos aspectos que no nos agradan de nosotros y que limitan nuestro bienestar. Si nos aceptamos tal y como somos, también nos responsabilizamos de las áreas que debemos cambiar para ser nuestra mejor versión. Esto nos obliga, por ejemplo, a mejorar la seguridad en nosotros mismos, las habilidades sociales, el amor propio, etc.

2. Tener autocontrol para ser más feliz

Autocontrol para dominar las emociones, para guiar la conducta hacia objetivos, para reducir la impulsividad y disponer de una mayor conciencia de uno mismo… Este es otro pilar indispensable en el que podemos trabajar.

Estudios, como los realizados en la Universidad de Utrecht, recuerdan que las personas con mayor autocontrol demuestran una mejor satisfacción personal y vital.

3. Practicar el autocuidado como una prioridad

Para sentirse bien con uno mismo hay que darse lo que se necesita. Autocuidado no es ofrecernos un baño relajante, una buena comida o una tarde de descanso. Es mucho más. Autocuidarse requiere de ciertas dosis de valentía porque a veces hay que hacer grandes cambios.

Si deseamos estar bien con nosotros mismos tal vez debamos dejar a un lado ciertas prácticas, escenarios e incluso personas. Darnos lo que necesitamos es recordar que merecemos estar bien, tratarnos con compasión y tomar decisiones que nos beneficien porque al fin y al cabo somos nuestra prioridad.

3. Vencer los miedos

Felicidad es vivir sin miedo, limar inseguridades y sortear la zona de confort para descubrir qué más puede darnos la vida. Hay que atreverse a hacer frente a los temores para sentirnos libres y plenos.

4. Cultivar la autoconfianza

La autoconfianza es la capacidad de sentirnos válidos y capaces para lograr aquello que nos proponemos. Es confiar en los propios recursos, saber que si en el pasado ya conseguimos ciertas cosas, podemos conseguir muchas más.

5. Ser nuestro mejor aliado

Para sentirme bien con uno mismo hay que aprender a ser nuestro mejor aliado, no un enemigo. Eso requiere trabajar diariamente en el amor propio, el autorrespeto y la autocompasión. Así, trabajos de investigación, como los realizados en la Universidad de Alejandría, recuerdan algo importante.

El bienestar psicológico depende de una dimensión que vertebra cada área de lo que somos: la autoestima. Es algo más que “querernos a nosotros mismos” es, por ejemplo, hacer uso de un diálogo interno saludable, dejar de juzgarnos, no obsesionarnos por lograr la aceptación de todos los que nos rodean, etc.

6. Estar bien con uno mismo es alimentar la ilusión cotidiana

Hacer una buena gestión de metas a corto y largo plazo contribuye al bienestar personal. Supone alimentar la esperanza para poder motivarnos, dar brío a nuestra cotidianidad y aliento al futuro que está por venir. Esos objetivos deben estar integrados por dimensiones que nos gusten y que estén sintonizados con lo que somos y nos define.

7. Cuidar lo que queremos, saber decir no a lo que no conviene

Hay una última dimensión que debemos atender, incluso priorizar. Para sentirse bien con uno mismo es recomendable aprender a decir no a lo que no nos conviene o nos quita la paz, mientras cuidamos de lo que amamos. Estas dimensiones son actos de sabiduría y bienestar psicológico que ganamos al promover, con responsabilidad, con compromiso.

Para concluir, en este viaje por el cuidado de uno mismo, no podemos dejarnos de lado en ningún instante. Somos nuestra prioridad, somos nuestro mejor aliado en los buenos y en los malos momentos. Atendámonos como merecemos y necesitamos.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Enfermedades psicosomáticas: cuando el cuerpo refleja las emociones

Cefaleas, problemas digestivos, asma... existen muchas patologías ​en las que el componente psicológico es un importante factor causal. Te contamos más respecto a las enfermedades psicosomáticas.

Con frecuencia caemos en el error de pensar que cuerpo y mente son entes totalmente diferenciados e independientes. Por lo mismo, cuando padecemos un malestar a nivel físico no nos detenemos a analizar su relación con las emociones, los pensamientos y las vivencias que estamos experimentando. Sin embargo, muchos de los síntomas de nuestro cuerpo derivan de una falta de bienestar psicológico; son las denominadas enfermedades psicosomáticas.

¿En alguna ocasión has acudido al médico aquejado de un síntoma físico para el que no se ha hallado explicación? Tras realizarte numerosas pruebas y visitar distintos especialistas, no has obtenido un diagnóstico claro ni se han encontrado signos de alteración en tu organismo. ¿Qué está sucediendo? Tal vez tu cuerpo esté reflejando aquello que no logras identificar y solucionar a nivel mental.

¿Qué son las enfermedades psicosomáticas?

Las enfermedades psicosomáticas son trastornos en los que aparecen síntomas físicos que no pueden ser explicados por una causa orgánica. Es decir, no existen lesiones, infecciones o alteraciones a nivel biológico que puedan dar cuenta del malestar que se experimenta; o, al menos, no completamente. Sin embargo, sí se ha determinado el componente psicológico como factor causal.

En dichas enfermedades los síntomas presentes causan un malestar significativo y llegan a afectar al desempeño cotidiano de la persona. Por ejemplo, el dolor o las molestias corporales impiden el buen desempeño laboral, afectan a las relaciones sociales o a las actividades diarias del individuo.

Cabe resaltar que no se trata de un hallazgo reciente; por el contrario, hasta principios del siglo XIX los profesionales eran conscientes de la estrecha relación de la mente y las emociones con la enfermedad física. Sin embargo, en los últimos tiempos, este componente psicológico ha sido relegado e ignorado en gran medida.

Algunas de las enfermedades psicosomáticas más frecuentes

Cuando hablamos de síntomas psicosomáticos no siempre necesitamos encontrarnos ante un cuadro complejo y persistente al que propiamente denominaríamos enfermedad. En ocasiones, estos signos se presentan de forma leve o temporal, aunque en otros casos las complicaciones pueden perdurar en el tiempo e incluso llegar a cronificarse. Algunos ejemplos comunes son lo siguientes:

  • Dolores estomacales y trastornos digestivos.
  • Migrañas y cefaleas.
  • Bruxismo.
  • Trastornos dermatológicos y erupciones cutáneas.
  • Fibromialgia y fatiga crónica.
  • Dolor crónico.
  • Trastornos respiratorios, asma y alergias.
  • Problemas cardiacos.
Origen y afrontamiento de las enfermedades psicosomáticas

La psique y su funcionamiento no solo se ven involucrados en el origen de este tipo de enfermedades, sino también en su curso. Por un lado, son los pensamientos y las emociones inadecuadamente gestionadas las que conducen a la aparición de los síntomas físicos. Además, todo el proceso migratorio entre diversos médicos y especialistas, la incertidumbre ante la falta de respuestas y un afrontamiento ansioso de la enfermedad contribuyen en muchas ocasiones a agravar el malestar.

De este modo, el abordaje psicoterapéutico de las enfermedades psicosomáticas cumple una doble función. No solo trata de hallar los factores que originaron la enfermedad y la mantienen; también ayuda a la persona a lidiar con los síntomas de un modo más adaptativo.

El abordaje psicoterapéutico

Distintas corrientes han explorado, analizado y tratado de comprender el funcionamiento de estas enfermedades y la relación entre cuerpo y mente. Desde el psicoanálisis, se ha postulado que las manifestaciones físicas aparecen cuando la tensión pulsional sobrepasa la capacidad del sujeto para enfrentarla. De esta forma, la alteración emocional se proyecta en el exterior (en el cuerpo) evitando que la persona tenga que enfrentar el malestar psíquico que es origen del problema.

Por otro lado, desde un enfoque cognitivo-conductual, se considera que son los pensamientos, y las emociones derivadas de estos, los que desencadenan los síntomas físicos, en tanto que no son adecuadamente gestionados por la persona. Así, se emplean técnicas que permiten abordar el estrés, la depresión, los problemas sociales y relacionales y las creencias disfuncionales que puede presentar la persona y que están generando o perpetuando la enfermedad.

Este tipo de abordaje se ha mostrado eficaz en la reducción del dolor y otros síntomas físicos derivados de las enfermedades psicosomáticas. Gracias a la adquisición de nuevas herramientas de afrontamiento, la persona puede mejorar su bienestar y su calidad de vida. Por lo mismo, si sufres un padecimiento de esta índole, no dudes en buscar acompañamiento profesional.

viernes, 24 de septiembre de 2021

Baja laboral por depresión, algo cada vez más común

La baja por depresión es diferente en cada persona. Hay quien necesita un mes, otros seis meses y quienes demandan más de un año para recuperarse. Disponer de la mejor asistencia y no temer perder el puesto de trabajo son elementos claves en esta realidad.

La baja laboral por depresión ha aumentado en los últimos años. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera a la depresión como la principal causa de incapacidad. Este no es un tema menor, ya que traza una realidad tan delicada como compleja en la que se ven inmersas muchas personas, las cuales llegan a temer muchas veces pedir esa baja por miedo a perder su puesto de trabajo.

La salud mental en los escenarios laborales sigue siendo ese tema en el que tanto nos falta por avanzar. No solo deberíamos promoverla, sino que además sería necesario facilitar mecanismos para que el trabajador disponga siempre de la mejor atención psicológica, esa con la que promover la progresiva recuperación y facilitar estrategias para evitar recaídas.

En muchos casos hay pacientes que se limitan en exclusiva a seguir el tratamiento farmacológico facilitado por atención primaria. La asistencia psicológica es clave en todos los casos y este debería ser un recurso accesible también en los propios centros médicos de cada comunidad.

Así, algo que nos señalan también los datos clínicos es que más del 40 % de las personas no reciben la asistencia adecuada o abandonan las terapias y los tratamientos antes de tiempo. Por tanto, necesitamos una mayor concienciación sobre lo que es la depresión y el impacto que tiene en nuestra sociedad.

Baja laboral por depresión ¿en qué consiste?

Según los datos de la OMS, la crisis del 2008 elevó un 19 % la baja laboral por depresión. Ahora bien, trabajos de investigación como los realizados en el Centro Médico de la Universidad de Ámsterdam señalan que esta nueva crisis asociada a la situación actual ha elevado aún más esta cifra. La salud mental se ha agravado de manera casi exponencial.

Esto también tiene un evidente impacto en el mundo del trabajo. Por ejemplo, a día de hoy hay muchas personas con problemas psicológicos (ansiedad, depresión, trastorno obsesivos-compulsivo, etc.) que acuden igualmente a su puesto laboral. El temor a perder su empleo les aboca a realizar ese sobreesfuerzo a pesar de todo, hasta que llegan al límite.

No es lo adecuado. Como trabajadores todos tenemos derecho a pedir esa baja y a recibir una retribución como cualquier enfermedad común. Conozcamos más datos.

¿Cómo saber si tengo una depresión?

Los trastornos depresivos son realidades multifactoriales que cursan con una amplia sintomatología. Así, y a pesar de que cada persona puede vivirlo de manera particular, siempre hay elementos comunes que facilitan el diagnóstico. Son los siguientes:

  • Agotamiento constante.
  • Baja motivación.
  • Desesperanza, sentimientos de tristeza, irritabilidad, mal humor.
  • Ausencia de ánimos para desempeñar las tareas laborales.
  • Alteraciones en la alimentación.
  • Cambios en los patrones del sueño.
  • Ganas de llorar.
  • Fallos cognitivos: problemas para centrar la atención, resolver problemas, memorizar…
  • Pérdida del interés en tareas que antes nos apasionaban.
  • Falta de libido.
  • Negatividad constante.
  • Sentimientos de culpa.
  • Puede aparecer ideación suicida.
Cuáles son las causas más comunes de la baja laboral por depresión

En una buena parte de los casos, la baja laboral por depresión está mediada por situaciones como el acoso laboral o mobbing. Es lo que se conoce como baja por contingencias profesionales, es decir, el propio trastorno lo ocasiona el ambiente laboral donde la persona desempeña su función.

  • Trabajos de investigación como los realizados en la Escuela Nacional de Medicina del Trabajo – Instituto de Salud Carlos III de Madrid hablan de cómo el acoso laboral es ahora mismo esa epidemia silenciosa que genera un gran impacto en el ámbito de salud mental. Las bajas asociadas a esta realidad son muy comunes.
  • Por otro lado, factores como la presión laboral, los entornos estresantes y las malas condiciones del propio trabajo también son disparadores habituales asociados a las contingencias profesionales.
  • Respecto a las contingencias comunes (no asociadas al propio trabajo), las causas van desde experiencias traumáticas vividas y rupturas afectivas a factores biosociales más complejos.
¿Cómo saber cuándo debo pedir la baja y cómo hacerlo?

La baja laboral por depresión debe decidirla una autoridad médica. Será el médico de atención primaria quien valore la situación atendiendo factores psicológicos. Por ejemplo, una persona con depresión mayor no será capaz de desempeñar sus responsabilidades profesionales de manera efectiva y esta incapacidad debe ser motivo evidente de baja.

Cada país articula este tipo de situaciones, pero por lo general suelen ir desde los seis meses a los dosce meses, pudiendo alargarse siempre y cuando un tribunal médico así lo decida. Durante este tiempo, el trabajador percibe siempre una retribución acorde a su base de cotización, la que va variando según los días de baja.

¿Qué debo hacer durante ese tiempo en que estoy de baja laboral por depresión?

La baja laboral por depresión requiere que la persona mantenga una actitud activa hacia su recuperación. En buena parte de los casos, desde atención primaria suelen iniciarse los clásicos tratamientos farmacológicos. Sin embargo, los fármacos ayudan, pero no resuelven la situación.

Es imprescindible que la persona reciba asistencia psicológica. Esa terapia estará ajustada a cada paciente de manera individualizada y de acorde a sus necesidades particulares. El objetivo es ofrecer estrategias y habilidades de afrontamiento y para ello se necesita siempre del firme compromiso de la persona.

Por lo general, los enfoques que se utilizan son los siguientes:
  • Terapia cognitiva. El objetivo es trabajar los esquemas de pensamientos irracionales de la persona, sus creencias y las actitudes negativas que edifican la depresión.
  • Terapia interpersonal. Se orienta hacia las relaciones sociales e interpersonales de la persona potenciando la autoestima, las habilidades de comunicación…
  • Activación conductual. Este enfoque es esencial para orientar a la persona con depresión a su movilización y activación, a que pueda disfrutar de nuevo de las experiencias más sencillas y vaya recuperando el control de su propia vida.
Para concluir, las terapias para el tratamiento por depresión tienen una duración de entre seis meses y un año. Es esencial que durante ese tiempo no se abandonen las sesiones. Este será el único modo de poder volver al trabajo, recuperar la propia vida sintiéndose más válido y más capacitado para hacer frente a cualquier altibajo habiendo recuperado la esperanza hacia el presente y el futuro.

jueves, 23 de septiembre de 2021

¿Cómo se diagnostica la ansiedad?

El diagnóstico de la ansiedad se realiza básicamente a través de la clínica del paciente, es decir, de sus síntomas. Aunque también pueden utilizarse otras herramientas como complemento.

La ansiedad es un síntoma muy frecuente en la población (también los trastornos de ansiedad). Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 5 y el 10 % de la población mundial sufre ansiedad, y es más frecuente entre mujeres. Ahora bien, ¿cómo se lleva a cabo el diagnóstico de la ansiedad?

Se hace principalmente a través de su clínica, es decir, de los síntomas que manifiesta el paciente. Recordemos que la ansiedad va más allá de sentir estrés o nervios; incluye una serie de síntomas fisiológicos, psicológicos y conductuales.

La entrevista clínica es una herramienta clave para diagnosticarla, aunque existen también test para la ansiedad que pueden ir bien como fuentes de información complementarios. En este artículo, nos centraremos en la evaluación de la ansiedad en general, aunque los trastornos de ansiedad también siguen una evaluación similar (entrevista clínica, observación, test…).

El diagnóstico de la ansiedad

El diagnóstico de la ansiedad se realiza en base a una evaluación clínica por parte de un profesional para ello, pudiendo ser el médico de cabecera (o de familia), el médico psiquiatra o el psicólogo. En caso de requerir medicación, esta deberá ser prescrita por un profesional médico colegiado (médico de cabecera o psiquiatra).

Dado que en la ansiedad los síntomas y signos suelen ser bastante característicos, en muchos casos no se requiere realizar ninguna otra prueba diagnóstica más allá de la evaluación clínica (observación y entrevista clínica).

Entrevista diagnóstica

La entrevista clínica es una herramienta de evaluación que nos permite obtener datos significativos y aclaratorios que nos permitan realizar un diagnóstico psicológico clínico (o neuropsicológico). Nos permite recabar información del paciente y definir el tipo de tratamiento que este necesitará.

También nos ayuda a tomar decisiones y a realizar los juicios clínicos oportunos. La entrevista diagnóstica puede ser de diferentes tipos: estructurada, semiestructurada o libre.

Preguntas de ejemplo

Está formada por una serie de preguntas, abiertas y cerradas, que deberán realizarse al paciente a fin de recabar información útil para su diagnóstico. En el caso concreto de la ansiedad, para evaluarla se formularán preguntas del tipo:
  • ¿Qué sientes cuando dices que sufres ansiedad? ¿Cómo se traduce la ansiedad en tu organismo?
  • ¿Con qué frecuencia experimentas ansiedad en tu día a día? ¿Cuánto hace que sufres ansiedad?
  • ¿Cuál fue la primera vez que experimentaste ansiedad? ¿Cuál fue el antecedente?
  • ¿Qué antecedentes ocurren cuando experimentas ansiedad, en la actualidad? ¿Podrías identificarlos?
Estas son solo algunas preguntas de ejemplo, pero cada profesional podrá realizar su propia entrevista clínica.

Síntomas a evaluar

Por otro lado, también se deberá recabar información en cuanto a la sintomatología física de la ansiedad, evaluando la presencia o no de síntomas como los siguientes:
  • Palpitaciones.
  • Sudoración.
  • Presión o dolor en el pecho.
  • Inquietud interna o tensión.
  • Dolores musculares.
  • Vértigos.
  • Mareos.
  • Náuseas.
  • Vómitos.
  • Etc.
También se evaluarán los síntomas psicológicos de la ansiedad: presencia o ausencia de pensamientos de muerte (y grado de los mismos), despersonalización, creencias de volverse loco o perder el control, pensamientos negativos anticipatorios (de futuro), interferencia de la ansiedad en la vida diaria, etc.

Test psicológicos para evaluar la ansiedad

Para el diagnóstico de la ansiedad, se pueden emplear también diferentes test que evalúan la ansiedad, a fin de determinar la existencia de esta (así como de un trastorno de ansiedad) y su nivel o grado. Existen diferentes test psicológicos para evaluar la ansiedad, como por ejemplo:
  • STAI: evalúa la ansiedad rasgo (como algo estable, de personalidad) y la ansiedad estado (en un momento puntual).
  • Escala de Hamilton para la ansiedad: valora la intensidad de la ansiedad; está formada por 14 ítems.
  • Inventario de ansiedad de Beck: evalúa la sintomatología ansiosa, a nivel somático, y también la ansiedad en cuadros depresivos.
En niños se puede utilizar, por ejemplo, la Escala de ansiedad manifiesta en niños (CMASR-2), un instrumento de autoinforme formado por 49 ítems que evalúan el grado y la naturaleza de la ansiedad. El niño tan solo deberá responder a preguntas de “Sí” o “No”, y la calificación se realiza de forma simple.

Registros

Los registros pueden ser también útiles para el diagnóstico de la ansiedad. Con registros nos referimos a material que deberá cumplimentar el propio paciente (por ejemplo, tablas en las que registre el momento de ansiedad y su antecedente, qué síntoma en concreto manifiesta, con qué frecuencia, etc.). Normalmente, los registros se proponen como tareas para casa entre sesiones.

Pruebas complementarias

En el caso de que una causa orgánica pueda ser también el origen del cuadro, será conveniente realizar pruebas adicionales como: analíticas, resonancia magnética y una valoración por parte de otros profesionales especialistas. Además, en estos casos es muy importante seguir la evolución del paciente.

Por otro lado, para los casos más complicado, es muy positivo que el profesional pueda contar con la ayuda de otros profesionales que en un momento dado puedan echarle una mano.

Además, otras fuentes de información también serán útiles en estos casos (se trate o no de una causa orgánica), por ello será importante contrastar la información (es decir, los síntomas de ansiedad) con familiares y cuidadores del paciente (en caso de tener).

Entonces, ¿cómo se realiza el diagnóstico de la ansiedad? Principalmente, a través de la observación de los síntomas. Una evaluación que puede hacerse a través de entrevista clínica, test o autoinformes, registros, información aportada por los familiares… Las alternativas son muchas y es el profesional el que tiene que elegir la mejor opción en cada caso.

Lo importante en estos casos es el cuadro clínico global, ya que una manifestación o síntoma aislado puede conducir a un diagnóstico erróneo, con lo que esto supone a la hora de planificar la intervención.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

La verdad sobre el síndrome de Alejandría

¿Has escuchado alguna vez hablar de este increíble síndrome? Una mutación genética en mujeres que otorga una serie de características increíbles. Aquí te contamos más sobre él y su verdadero origen.
El síndrome de Alejandría o Génesis de Alejandría es una supuesta condición que, entre otros rasgos llamativos, hace que quien la presenta tenga los ojos morados. Durante años se ha debatido la existencia de esta “enfermedad”. De hecho, no hay explicaciones ni registros médicos y solo se conoce el caso que marcó el “origen” de esta condición.

Este síndrome se considera una mutación genética y, según la información que se puede encontrar, se documentó por primera vez en el año 1329, en Londres. La paciente en cuestión recibía el nombre de Alexandría Agustín y, habiendo nacido con los ojos azules, al tiempo se tornaron en violeta.

Dado lo extraño del caso, los padres acudieron a un sacerdote, el cual afirmó que no había ningún tipo de relación con el diablo, y que conocía un caso similar en Egipto.

Síntomas (o supuestos síntomas)

El síndrome de Alejandría, el cual afectaría solo a mujeres, tendría los siguientes síntomas:

  • Ojos de color violeta. A pesar de nacer con ojos azules, alrededor de los seis meses estos cambiarían a un color más púrpura.
  • Piel clara y resistencia a la luz solar. Tendrían una piel muy clara, aunque al exponerse a la luz solar no se quemarían.
  • Envejecimiento ralentizado. Estas mujeres aparentarían entre 5 y 10 años menos, comenzando a notar signos claros de envejecimiento a avanzada edad.
  • Escaso vello corporal. Solo se tendría vello en cejas, nariz, pestañas y cabeza. Es decir, solo el vello con el que se nace. Además, el pelo sería fuerte y de un color oscuro.
  • Fértil a pesar de no tener la menstruación. Se dice que las mujeres con el síndrome de Alejandría serían fértiles, aunque no menstruasen.
  • Extrema longevidad. Aunque la persona más longeva documentada muriera a los 122 años de edad, se dice que estas personas serían capaces de vivir hasta los 150 años.
  • Forma física perfecta. Estas mujeres tendrían tendencia a mantener un cuerpo atlético, con un IMC bajo.
Este conjunto de síntomas hace que, más que una enfermedad, el síndrome parezca una intervención divina. Biológicamente, estos rasgos son imposibles o poco probables. De hecho, si así fuera, más que una mutación genética se trataría de una combinación con varias mutaciones.

La verdad

Como se indicaba anteriormente, a nivel biológico es prácticamente imposible que este síndrome sea real. Por un lado, aunque hay alguna posibilidad de que los ojos tengan un tono púrpura, como es el caso de algunos albinos, es muy poco probable.

Además, la protección hacia la radiación solar se produce gracias a la melanina, que es una sustancia que se encuentra en alta cantidad en personas con la piel oscura. Por lo tanto, personas de piel clara siempre serán más vulnerables al sol.

Por otro lado, aunque puede producirse un embarazo en amenorrea (ausencia de menstruación), es biológicamente imposible que esto suceda si la persona no ovula. Igualmente, hay casos de personas que han vivido más de 100 años, pero hasta el día de hoy la persona que ha muerto más longeva tenía 122 años, por lo que vivir hasta los 150 parece muy poco probable.

Revisando todos los síntomas, parece que quien “sufre” síndrome de Alejandría sería un ser especial, producto de una intervención mágica o proveniente del futuro: sus características son más dignas de la ficción que de la biología humana. Así, parece que este fenómeno se trata justamente de eso, de una ficción.

Creado para un fanfiction

El 29 de enero de 2014, la responsable del Tumblr “The house of Aubernon” publicó esta entrada explicando que ella fue la creadora de este extraordinario síndrome. En ella cuenta que allá por 1998 era una fan acérrima a la serie de animación Daria de la conocida cadena MTV. Durante esa época, encontró un fanfiction sobre esa serie en la que empezó a participar.

Un fanfiction es una comunidad, generalmente online, creada por los fans para generar historias alternativas a series o películas. Es decir, partiendo de los personajes de una historia ya creada, o de un famoso, se inventan una historia diferente. Así, la autora de “The house of Aubernon” creó una historia con una versión perfecta de los personajes de Daria. Entre ellos, había una chica con el llamado síndrome de Alejandría.

Este, en realidad está inspirado en el proceso de afrontamiento de su identidad de género e imagen corporal que vivió a cuando tenía unos 20 años, según cuenta en el blog.

Además, en esa misma entrada, da más detalles de cada síntoma del síndrome y la fuente de inspiración de cada uno de ellos: fan del antiguo Egipto, síndrome del ovario poliquístico o el deseo de no engordar jamás, entre otros. Incluso, en la entrada del blog cuenta cómo desarrolló la historia del origen del síndrome, de esa chica londinense mencionada anteriormente.

¡Se volvió viral!

Para su sorpresa, en el año 2011 se encontró en la misma red social con personas que hablaban del síndrome de Alejandría y que, además, afirmaban que ellos mismos o conocidos lo padecían. Así, escribió una respuesta contando que ella había creado el mito, pero no pareció ser suficiente.

En la actualidad, hay varias entradas que siguen aludiendo al síndrome, sin aclarar que es un mito. De hecho, hoy día, aún se puede consultar una entrada en un foro de la web Above Top Secret (foro de teorías conspiranoicas) de un chico explicando que ha conocido online a una mujer con este síndrome, generando una gran expectación y debate.

En definitiva, el síndrome de Alejandría no existe por mucho que algunas personas hayan querido creer en él o por más que soñemos con desarrollar esos síntomas. Es más bien el ejemplo de cómo una determinada información que leemos en internet (en este caso, una historia de fanfiction) se interpreta como real y se expande como la pólvora.

martes, 21 de septiembre de 2021

Necesidades emocionales en una relación de pareja

El amor no es suficiente para que una relación de pareja funcione. Para que la unión no se disuelva, es necesario cuidar y nutrir necesidades emocionales, como la seguridad, la complicidad o la suma de recursos.

Las necesidades emocionales en una relación de pareja toman forma de peticiones, demandas o solicitudes productivas cuando los dos entienden que lo que les aporta la relación es positivo. Factores como la complicidad, el afecto y el reconocimiento son lazos que fortalecen el vínculo cotidiano y, que como tal, es mejor no ignorar. Atender estas dimensiones no nos convierte en personas dependientes, sino en figuras que saben cuidar y promover los principios más saludables de un lazo afectivo.

Si hay algo que deberíamos tener presente es que toda relación afectiva no se sustenta solo con el amor. De hecho, no es suficiente con querer mucho al otro y que este nos quiera con locura. Las personas estamos en posición de crecer más y mejor cuando contamos con complementarios que son capaces de dar sentido a ese compromiso. Saber respetar, alcanzar acuerdos, cuidar o poder confiar en quien queremos edifica el tipo de amor más longevo y satisfactorio.

Es decisivo que sepamos reconocer y atender esas necesidades en materia de emociones que edificarán una relación sana y feliz. Lo analizamos a continuación.

7 necesidades emocionales en una relación de pareja

Hay diferentes tipos de necesidades emocionales en una relación de pareja. Son dimensiones que demandan atención y reciprocidad cuando iniciamos un vínculo afectivo. En caso de descuidarlas, ese proyecto afectivo no tendrá demasiado futuro. De este modo, estudios como los realizados en la Universidad de Friburgo y en la Universidad Estatal de Arizona nos señalan algo interesante al respecto.

Por un lado, cada uno de nosotros debemos ser responsables de nuestras propias necesidades emocionales. Ejemplo de ello es la autoestima, el querernos y validarnos a nosotros mismos como personas es esencial en todos los casos. Sin embargo, las llamadas necesidades emocionales interpersonales son aquellas que aparecen en nuestros vínculos con otras personas.

Es decir, si hay algo que esperamos de cualquier relación para que esta sea satisfactoria es afecto y reconocimiento. Por eso, es adecuado separar por un lado “lo que nos ofrecemos a nosotros mismos” de aquello que, como seres sociales, “damos y ofrecemos a los demás” para construir relaciones significativas. Profundicemos por tanto en estas últimas.

1. Conexión, estoy en armonía contigo

Conexión no es adivinar pensamientos, anticipar necesidades y coincidir en todo. Conectar es sintonizar en valores, sueños y proyectos, es disfrutar de esa armonía en la que a veces pueden existir diferencias, pero esos matices resultan mutuamente enriquecedores.

2. Seguridad, confío en ti

Sentirse seguro al lado de alguien es una de las necesidades emocionales en una relación de pareja. Este será terreno fértil para compartir confidencias y sentimientos. Esta confianza también nos permitirá crecer, ya que en determinados momentos podremos sumar nuestros recursos a los del otro.

3. El cariño cotidiano que a todo le da sentido

El cariño es el afecto revestido de necesidad de cuidado, preocupación y amor auténtico. Se trata de procurar lo mejor para el otro, tratarlo con respeto en todo momento fomentando su felicidad, su bienestar, su realización personal…

4. Necesidades emocionales en una relación de pareja: la validación

¿A qué nos referimos exactamente con validación? ¿Por qué es una de las necesidades emocionales más decisivas? Desde la Universidad de Lovaina, los investigadores señalan en un estudio que las relaciones más satisfactorias presentan una adecuada interrelación emocional.

Dicho de manera sencilla, validar es reconocer las realidades emocionales del otro y actuar en consecuencia. Esto construye poco a poco esa interrelación emocional en la que dos personas se apoyan mutuamente, se conocen y responden a las necesidades del otro sin ignorarlas o tergiversarlas.

5. Autonomía, la identidad se mantiene, pero compartimos un proyecto juntos

Entre las necesidades emocionales en una relación de pareja es decisivo que exista también la autonomía. Igual de importante es estar para el otro en todo momento como dejarle espacio, permitirle poder tener su lugar en el mundo para realizarse social y personalmente.

Dejar que nuestra pareja tenga sus amistades, sus proyectos de trabajo, sus instantes de ocio, etc., revierte de manera directa en la felicidad de los dos.

6. Somos la prioridad del otro

En una relación de pareja, la identidad, la autoestima y la dignidad individuales deben estar protegidas. Quizás haya ocasiones en las que tengamos que pelear por no diluirnos en el otro por completo, es cierto. Sin embargo, también necesitamos percibir algo muy básico: que somos prioridad para la persona que amamos.

7. Empatía, eres capaz de ver y comprender mi realidad personal

La empatía es el hilo de las relaciones felices, el sostén cotidiano en nuestros diálogos y en nuestros acuerdos. El asiento cotidiano en el que leer nuestros rostros y gestos para captar necesidades… y también felicidad.

La felicidad se contagia. No olvidemos que es una sensación, una parte que va a lo más primitivo de nuestro sentir (por mucho que pueda tener orígenes evolutivamente más contemporáneos en nuestro desarrollo biológico).

Sin esta dimensión, ningún vínculo afectivo llega a buen puerto; lo más probable es que nos hundamos a los pocos meses al sentir ese frío que llega con la desconexión emocional.

Para concluir, no dudemos en poner en práctica cada una de esas áreas. Atenderlas, darles forma y hacerlas presentes en nuestra relación hará que disfrutemos de ese vínculo durante mucho tiempo.

lunes, 20 de septiembre de 2021

He aprendido que soy responsable de mi felicidad

En última instancia, nuestra felicidad o bienestar, depende de nosotros. Delegarla en los demás solo será un hábito que terminará alejándonos de la persona que queremos ser, desdibujando nuestra esencia, hundiendo nuestra autoestima y convirtiendo a nuestro diálogo interior en el más cruel de los jueces.

Solo yo soy responsable de mi felicidad; solo yo y nadie más. Ya no exijo a otros que creen un mundo a mi medida, ya no pido validación a cada instante, nutrientes a mis desconsuelos ni salvadores para mis penas.

He aprendido que es mejor rescatarse a uno mismo para ganar en audacia y en fortaleza. Tampoco culpabilizo a otros de mis tristezas, ahora dejo a un lado rencores y asumo el valor suficiente para sanar decepciones y seguir avanzando en aprendizajes.

No es nada fácil alcanzar este nivel de aceptación y compromiso con nosotros mismos. No lo es por un hecho muy simple. A las personas nos cuesta asumir que nadie en este mundo tiene la obligación de hacernos felices. Quizás nuestros padres contribuyeron a generar esa ilusión en su día, pero cuando uno se convierte en adulto, la tarea de alcanzar ese nivel de bienestar y de realización cae sobre los propios hombros. En nadie más.

Y aún así, seguimos buscando la felicidad en brazos ajenos y no en los propios. A pesar de todo, anhelamos que sean otros quienes se esfuercen en recompensarnos, en desatar nuestros nudos, en allanar nuestros caminos para que nada duela, para que todo tenga el sabor de la alegría. Delegamos en los demás la tarea más importantes de nuestras vidas, que no es otra que la de aprender a ser felices.

Tal Ben-Shahar, profesor de Harvard y experto en materia de felicidad y liderazgo nos señala algo importante. Ese estado de elevada satisfacción es un proceso continuo de autoconocimiento. Es un acto de responsabilidad donde cada cual debe aprender a crear la realidad que desea vivir; nuestro día a día está lleno de opciones y solo nosotros podemos y debemos elegir nuestro camino.

Soy responsable de mi felicidad

Carl Gustav Jung introdujo en sus teorías un interesante concepto que vale la pena recordar. Nos referimos al daimon, una entidad que los romanos reconocían como un genio y los egipcios como Ba, la parte más espiritual del ser humano. Así, según el célebre psiquiatra suizo, en nuestro inconsciente se halla un daimon esperando emerger para dar forma a nuestro verdadero yo.

Ese arquetipo interno es el que alienta nuestro impulso creativo, el que nos otorga valentía, intuición y vitalidad. Ahora bien, el problema reside en que la mayoría del tiempo las personas mantenemos silenciado a ese genio interior. No le hacemos caso porque en ocasiones los mensajes pueden pueden ser confusos o hablar de cambios radicales. Al que es abogado le pide tener una vida artística.

Quien acude cada día a ese trabajo que le ofrece sustento, le clama que se escape de la rutina. A los que se sienten seguros en su zona de confort les pide que sorteen esa barrera y se desafíen a sí mismos. Todo ello sucede porque el daimon nos quiere libres, independientes y responsables de nuestra propia vida, no supeditados, ni alineados. Porque la felicidad, al fin y al cabo, requiere grandes dosis de atrevimiento.

Tu felicidad, tu responsabilidad

La mayor parte de los estudios realizados sobre el origen de la felicidad son muy limitados. Un ejemplo es el llevado a cabo en la Universidad de Missouri por parte de la doctora Sonya Lyubomirsky. En este trabajo se nos explica que la felicidad depende básicamente de tres factores: un componente genético, factores ambientales y las prácticas personales que cada uno llevemos a cabo.

Ahora bien, cabe señalar que en esa búsqueda por comprender cómo se alcanza la felicidad, hay elementos más significativos. Porque a veces, hay quien, incluso lidiando con unas condiciones de lo más adversas, se autopercibe como feliz. Hay quien, incluso sorteando una enfermedad o un contexto complicado, describe su vida como significativa.

¿Cómo es esto posible? Cuando se les pregunta por ello no dudan en dar una sencilla respuesta: he aprendido que solo yo soy responsable de mi felicidad, soy consciente de que todo depende de una sola cosa: mi actitud.

Soy responsable de mi felicidad, cuido el jardín de mi mente cada dia

¿Se puede ser feliz a pesar de las circunstancias externas? ¿Puede uno conservar el ánimo a pesar de la pérdida, del desamor, del desempleo o de la enfermedad? John Milton, el célebre poeta y ensayista inglés del siglo XVII dijo una vez que en la mente puede habitar al mismo tiempo el cielo y el infierno. Nada puede ser más cierto que esta antigua afirmación del autor de Paraíso Perdido.

La psicología cognitiva nos dice que nuestro bienestar depende solo de nosotros mismos y de aquello que habite en nuestra mente. Con cada interpretación que hacemos, en cada pensamiento, categorización, creencia y emoción vamos dando forma a la realidad que nos envuelve. De ese modo, nuestro bienestar y la felicidad no dependerá solo de lo que nos ocurra, sino cómo interpretamos lo que nos sucede.

Ahora bien, asumir el control de ese jardín interno que habita en nuestra mente no es tarea sencilla. Es algo en lo que trabajar cada día teniendo en cuenta algunos aspectos. Recordemos, por ejemplo, que nuestro bienestar no es, por norma, responsabilidad ajena. Culpabilizar a otros de nuestra infelicidad no hace más que supeditarnos al inmovilismo.

Tengámoslo en cuenta, asumamos un papel activo, proactivo y responsable en la construcción de nuestra felicidad. Nosotros llevamos las riendas. Nosotros creamos nuestra realidad en base a la calidad de nuestros pensamientos y emociones.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Los 7 pecados de la memoria, según Daniel Schacter

La memoria es esencial en nuestra vida vida cotidiana. Sin embargo, a pesar de su importancia, no proporciona un registro exacto de nuestras experiencias.

La investigación de Daniel Schacter, investigador de la memoria, psicólogo cognitivo y profesor de psicología de la Universidad de Harvard, defiende que nuestra memoria es proclive a caer en siete faltas que por su forma de funcionar son comunes a todos nosotros. A estos siete errores los llama los siete pecados de la memoria.

Explica Schacter que la investigación muestra que el proceso de recordar y recuperar memorias es una actividad constructiva. Schacter señala que el sistema de memoria humana no es perfecto. El sistema tiene sus deficiencias y todos estamos afectados por las deficiencias de la memoria en nuestra vida cotidiana.

En su libro Los siete pecados de la memoria, Schacter clasifica sistemáticamente varias distorsiones de la memoria en siete categorías básicas.Según Schacter, estas siete categorías de distorsión de la memoria son: fugacidad, atribución errónea, bloqueo, mala atribución, sugestibilidad, sesgo y persistencia.

Sin embargo, dice Schacter, “estas distorsiones de memoria no deben ser vistas como fallos en el diseño del sistema, sino que estas distorsiones pueden ser conceptualizadas como subproductos de características deseables de la memoria humana”.

En este sentido, Schacter resalta que existe evidencia de que la memoria satisface las necesidades del presente y que el pasado se remodela con el conocimiento, las creencias y las emociones actuales. Los errores de la memoria son tan fascinantes como importantes, dice Schacter. Estos pecados ocurren con frecuencia en la vida cotidiana y en sí no son un signo de patología. El problema es que las consecuencias que suelen derivarse de este pecar mnésico no suelen ser deseables.

Los 7 pecados de la memoria

Daniel Schacter afirma que el mal funcionamiento de la memoria se puede dividir en siete transgresiones fundamentales o pecados. Por una parte están los pecados de omisión, que son el resultado es un fracaso para recordar una idea, un hecho o un evento (recuperación del recuerdo). Son la fugacidad o transitoriedad (pérdida de retención con el tiempo), la falta de atención o distensión mental (fallos de atención que dan lugar a la pérdida de memoria) y el bloqueo (incapacidad para recuperar información que está disponible en la memoria).

Por otra parte están los pecados de comisión, que implican diferentes tipos de distorsión, es decir, casos donde el recuerdo se recupera pero hay un fallo en este recuerdo.Bien por haber sido mal codificado, bien por haberlo modificado después sin darnos cuenta.

Son la atribución errónea (atribuir memoria a un curso incorrecto), la sugestionabilidad (memorias implantadas resultantes de sugerencias o información engañosa) y el sesgo (efectos distorsionadores del conocimiento actual) , creencias y sentimientos en la memoria).

Schacter propone un pecado final, la persistencia, que tiene que ver con los recuerdos intrusivos e indeseables que no podemos olvidar.

Fugacidad o transitoriedad

La fugacidad o transitoriedad se refiere a un debilitamiento, deterioro o pérdida de memoria con el tiempo. Es decir, el deterioro de los recuerdos con el tiempo. De hecho, se pueden recordar mucho más los eventos recientes que aquellos que se encuentran más adelante en el pasado. Esta es una característica básica de la memoria, y también la culpable de muchos problemas de memoria.

La transitoriedad es causada por la interferencia. Hay dos tipos de interferencia: la interferencia proactiva, en la que la información antigua inhibe la capacidad de recordar información nueva; y la interferencia retroactiva, en la que la información nueva inhibe la capacidad de recordar información antigua.

Falta de atención o distensión mental

La distensión mental o falta de atención implica una ruptura en la interfaz entre la atención y la memoria. Implica problemas en el punto en que la atención y la memoria interactúan.

Los errores de memoria por estar distraídos (perder las llaves u olvidar una cita para comer, por ejemplo) suelen ocurrir porque estamos preocupados por cuestiones o preocupaciones que nos distraen, y no enfocamos la atención en lo que necesitamos recordar. Es decir, en el momento de la codificación no se prestó suficiente atención a lo que más adelante habría que recordar.

Bloqueo

El bloqueo conlleva una búsqueda frustrada de información que podemos estar intentando recuperar desesperadamente. Ocurre cuando el cerebro intenta recuperar o codificar información, pero otra memoria interfiere con él.

Esta experiencia frustrante ocurre aunque estamos prestando atención a la tarea en cuestión, y aunque el recuerdo que se desea evocar no se haya desvanecido. De hecho, nos damos cuenta de ello cuando recuperamos inesperadamente el recuerdo bloqueado horas o días después.

Atribución errónea

El pecado de la atribución errónea implica asignar un recuerdo a la fuente equivocada. Es decir, implica la recolección correcta de información con el recuerdo incorrecto de la fuente de esa información.

La atribución errónea o reconocimiento falso se produce cuando las personas reconocen incorrectamente como un elemento novedoso que es perceptual o conceptualmente similar a un elemento que encontraron anteriormente.

Es importante tener en cuenta que la atribución errónea es mucho más común de lo que la mayoría de las personas se da cuenta, y tiene implicaciones potencialmente profundas en los entornos legales.

Sugestibilidad

La sugestionabilidad es algo similar a la atribución errónea, pero con la inclusión de una sugerencia abierta. El pecado de sugestibilidad se refiere a los recuerdos que se implantan como resultado de preguntas, comentarios o sugerencias importantes cuando una persona está tratando de recordar una experiencia pasada.

Es decir, la susgestionabilidad es la incorporación de información errónea en la memoria debido a preguntas importantes, engaño y otras causas.

Sesgos

Los sesgos son distorsiones retrospectivas producidas por el conocimiento y las creencias actuales. Este pecado es similar al de sugestibilidad en cuanto que los sentimientos y la cosmovisión actuales de uno distorsionan el recuerdo de eventos pasados.

Así, el pecado de sesgo refleja nuestra capacidad para modificar de manera significativa nuestros recuerdos sin darnos cuenta. A menudo editamos o reescribimos por completo nuestras experiencias anteriores, sin tener consciencia de que lo estamos haciendo, en función de lo que sabemos o creemos ahora.

El resultado puede ser una representación sesgada de un incidente específico o incluso de un período prolongado en nuestras vidas que dice más sobre cómo nos sentimos ahora que sobre lo que sucedió en ese momento.

Persistencia

La persistencia es un fallo del sistema de memoria que implica la recuperación recurrente de información perturbadora que queríamos ignorar. El recuerdo persistente puede llevar a la formación de fobias, trastornos por estrés postraumático e incluso al suicidio en casos particularmente perturbadores o intrusivos.

Dicho de otra manera, la persistencia se refiere a recuerdos no deseados que las personas no pueden olvidar, como los que pueden ir asociados a un estrés postraumático. Es decir, el pecado de persistencia implica el recuerdo repetido de información perturbadora que nos gustaría olvidar.

Comentarios finales

Aunque con frecuencia los pecados de la memoria parezcan nuestros enemigos, en realidad son una consecuencia lógica de cómo funciona nuestra mente, ya que están conectados a las características de la memoria que hacen que esta funcione bien.

Por lo tanto, tal y como sostiene Schacter, los pecados no son meras molestias para minimizar o evitar, sino que deben considerarse, desde un punto de vista positivo.

Gracias a su comisión, sabemos más de cómo la memoria recurre al pasado para informar al presente, de cómo preserva los elementos de la experiencia presente para futuras referencias y de cómo nos permite revisar el pasado a voluntad. Por lo tanto, podríamos ver estos pecados de la memoria también como virtudes, como elementos de un puente que nos permite vincular a la mente con el mundo.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Amabilidad excesiva, otra forma de hacernos daño

Existen todo tipo de personas, unas que con su ayuda nos aligeran nuestro andar, y otras que son como piedras en el camino que no nos lo ponen nada fácil. Cada uno de nosotros va escogiendo quienes están a su lado y a qué personas poner límites para evitar tropiezos.

Ahora bien, alguna vez te has preguntado ¿Por qué hay personas que siempre están dispuestas a ayudar?, y ¿Qué las motiva, incluso cuando no les estás pidiendo apoyo? Se trata de personas que llevan la amabilidad por bandera, y siempre están dispuestas a echar una mano.

Podríamos creer que la amabilidad es siempre buena, pues ayuda a mantener nuestro bienestar, pero no lo es cuando se sobrepasan los límites y se actúa en todos los momentos de forma amable. Se trata de amabilidad tóxica, una forma increíble en la que nos olvidamos de nosotros por estar al tanto de los demás.

Amabilidad excesiva, cuando me desdibujo

A veces damos tanto por los demás, que dejamos de pensar en nosotros mismos. Piensa en la típica situación en la que una madre hace todo por el bienestar de sus hijos y se preocupa tanto por ellos, que se olvida de sus propias necesidades.

No quiere decir que hacer algo por el otro este mal, pero centrarnos en ello solamente sí. Entonces, contamos con situaciones en las que queremos complacer a los demás, bien sea porque nos pidan ayuda, o porque sin pedirla creamos que nos necesitan y nos ofrezcamos a hacerles sentir bien por todos los medios.

Aunque no lo creas ese exceso de amabilidad puede llegar a incomodar, pues a veces no dejamos que la otra persone realice lo que desea porque nos adelantamos a ella. Entonces, nos enfocamos tanto en lo que creemos que la otra persona necesita y nos olvidamos de lo que nosotros necesitamos.

De este modo, nos desdibujamos, nos comenzamos a volver invisibles gracias a nuestras propias acciones. Al estar siempre al tanto del otro, nos ponemos de últimos. Es una forma de pasar de nosotros, de restarnos importancia.

Cuando no soy capaz de decir no por mi amabilidad excesiva

También puede suceder que le demos a la amabilidad un valor muy alto. Entonces, como creemos que debemos ser amables, no marcamos límites y siempre decimos que sí a todo. Estamos dispuestos a lo que nos pidan con tal de ser buenas personas.

¿Qué de malo tiene? Si son cosas que no te incomodan por supuesto que no tiene nada de malo, pero imagina que por ser amable tienes que estar en una situación incómoda. ¿Estarías dispuesto a sentir un malestar solo por ser amable?

Muchas veces caemos en esta trampa, creemos que para ser buenas personas tenemos que aceptar lo que nos pidan, pues así complacemos a los demás y quedamos bien con ellos. Pero ¿y nosotros? Ningún extremo es adecuado, se puede ser amable poniendo límites para no pasar por encima de nosotros mismos ni dejar que otros lo hagan.

Desventajas de la amabilidad excesiva

La amabilidad tóxica trae una serie de obstáculos para nosotros y para nuestro entorno. Échales un vistazo a las siguientes desventajas, para que no te olvides de ti por ser demasiado amable:
  • Inseguridad.
  • Baja autoestima.
  • Menor autoconocimiento.
  • Relaciones menos auténticas.
  • Retroalimentación del sentimiento de culpabilidad.
  • Incrementa la dependencia en las relaciones.
  • Mayor ansiedad.
  • Puede aumentar la necesidad de aprobación de los demás en todo momento.
Estas son sólo algunas de las desventajas de la amabilidad tóxica. Es como un círculo vicioso en el que nos olvidamos de nosotros. Va disminuyendo nuestra valía, y creamos relaciones que nos pueden causar sufrimiento, porque siempre estamos a la espera de lo que necesite el otro.

Entonces, cuando no está el otro no sabemos qué hacer porque siempre actuamos para él. Al igual que si se enfada, como no estamos acostumbrados a pensar en nosotros cuando el otro no está disponible, nos comienza a costar estar con nosotros.

Estrategias para dejar de ser amable en exceso

Ahora bien, aunque la amabilidad excesiva puede llegar a convertirse en parte de nosotros, existen formas de comenzar a ser amables de una forma más sana. Así, nos damos el valor que merecemos y contamos con relaciones más auténticas y fluidas.

  • Pon límites. Hazle saber a las personas hasta dónde pueden llegar contigo. Es decir, decirles las cosas que te molestan, lo que no harías, lo que te incomoda, etc. Así, las personas sabrán qué cosas pueden pedirte y cuáles no.
  • Dile adiós a la culpabilidad. A veces hay que decir no. Deja de sentirte culpable por no hacer un favor o no estar siempre para las demás personas. No tienes que hacerlo, y eso no significa que dejes de ser amable, quiere decir que también te consideras importante.
  • Haz una lista con tus prioridades. Puedes seguir estando para los demás, pero sin dejarte a un lado. Organízate y decide cuáles son las cosas primordiales en tu vida. Así, sabrás con que tiempo cuentas para los demás y en qué momentos puedes estar para ellos.
  • Autoconócete. Así sabrás qué es lo que quieres, entonces será más fácil poner prioridades y límites a los demás. Y, entenderás con mayor profundidad tus sentimientos y pensamientos y podrás comprender por qué te cuesta ponerte atención.
Como puedes ver se trata de preocuparte por ti, no será tan complicado pues si ya sabes tratar muy bien a los otros, seguro que puedes hacerlo contigo. Entonces, no olvides que la amabilidad es importante, pero en su justa medida.

El precio de ser excesivamente amables con los demás es dejarnos a un lado. Ahora bien, para dar la cuota justa de amabilidad debes confiar en ti y valorarte, solo si te aprecias y sabes lo importante que eres entenderás que nadie está por encima tuyo.

Además, ten en cuenta que aunque tus intenciones sean las más bondadosas, hay quienes pueden aprovecharse de tu amabilidad excesiva, pues saben que obtendrán lo que desean porque siempre dices que sí. Céntrate en ti, prioriza y pon límites. En ti está tu poder.

viernes, 17 de septiembre de 2021

5 señales de que te estás autoboicoteando

La principal señal de que te estás autoboicoteando es el hecho de sentir que casi nunca logras lo que te propones. En muchos de estos casos, eres tú mismo quien diseña los obstáculos que terminan impidiéndote avanzar.

En algún momento, todos nos hemos autoboicoteado, incluso siendo conscientes de que lo estábamos haciendo. Sin embargo, esta no es la norma. Lo común es que actuemos en contra de nuestros intereses sin ser conscientes de ello, llevando a cabo conductas que, a primera vista, parecen razonables.

De la misma manera, solo somos capaces de justificar muchas de nuestras actuaciones a posteriori, disfrazando la verdadera motivación con otra que nos gusta más: extraída de los efectos de nuestro proceder y que no había sido prevista o identificada como importante.

El principal síntoma de que te estás autoboicoteando es lógico: a cada paso que das, te alejas de tus objetivos. Te preguntas la razón y no sabes identificar un porqué convincente. Pareciera como si siempre hubiese “algo” que impidiese llegar al destino que has marcado en la hoja de ruta.

Las personas nos autosaboteamos por diversas razones. A veces, por miedo al éxito o por pensar no merecerlo. También se dan casos en los que realmente no te identificas con los objetivos que te propones y por eso, inconscientemente, buscas la forma de no lograrlos. Algunas señales de que te estás autoboicoteando son las siguientes.

1. Quieres hacerlo todo tú solo

Son muchas las personas que piensan que no pueden confiar en nadie de su alrededor para realizar bien una determinada tarea. De ese grupo, hay otro más reducido que piensa que las tareas que cumplen con esta condición son muchas. De esta manera, al no confiar en nadie más que en ellas se terminan cargando de responsabilidades que no les corresponden o que podrían delegar o compartir.

Dice un proverbio africano que “ Quizás solos vayamos más rápido, pero que juntos llegamos más lejos”. Quizás sea verdad y existan tareas que ninguna de las personas que podrían realizarlas estén en disposición de hacerlas al mismo nivel; sin embargo, si no concedes oportunidad, tampoco tendrán ocasión de demostrarte lo contrario o de aprender y estar preparadas para hacerlo en un futuro.

2. Crees que siempre tienes la razón

Esta es una señal asociada a la anterior. Tiene que ver con la imposibilidad de encontrar lo positivo o la razón en los puntos de vista que defienden los demás. Quizás sientas que siempre tienes la razón porque en el fondo así es. En tus términos, siempre serás tú el que tenga la razón.

Para lograr ver los puntos de vista ajenos es necesario romper con esos esquemas rígidos. Si todo lo juzgas con un criterio prefijado, obviamente a tus ojos nadie más va a tener la razón. Esa actitud te priva de los aportes valiosos que te pueden hacer los demás desde otra perspectiva. A la vez, esto dificulta tu avance, pues solo ves una parte del panorama.

3. Dejas muchas tareas sin terminar

Esta es una señal clara de que te estás autoboicoteando. Seguramente encuentres una razón para haber dejado sin terminar muchos proyectos. En otras palabras, no es complicado racionalizar la tendencia al abandono: evitar que genere disonancia, y por lo tanto malestar, y por lo tanto que nos sintamos motivados para poner los medios que la reviertan.

Esa tendencia a dejar todo a medio hacer afecta tus objetivos. No solo porque no llegas a la meta señalada, sino porque todos esos pendientes y ciclos sin cerrar normalizan la actitud y hacen más fuerte a las futuras tentaciones.

4. No admites o valoras tus logros

Quizás sientas que no tienes derecho a triunfar, a ser exitoso. Por eso, te encargas incluso de invertir aquellas corrientes que te empujan al éxito. Lo haces a través de la forma de interpretar tus avances y tus conquistas. Cuando logras un subojetivo, lo demeritas, desechando así el reforzador/motivador que lleva implícito.

Es como si sintieras que solo eres capaz de alcanzar algo porque realmente no tiene valor. Si lo tuviera, entonces no lo habrías logrado. Se convierte en un círculo vicioso: tú eres el agresor, y al mismo tiempo la víctima. Ese tipo de conductas solo satisfacen impulsos neuróticos.

5. Victimización, una señal de que te estás autoboicoteando

A veces obstaculizamos nuestro crecimiento, acudiendo a la estratagema de minimizarnos y victimizarnos. ¿Qué se le puede pedir a alguien que no tiene “x” cosa, o que le falta “y” habilidad, o que no cuenta con “z” recurso? Nos escondemos detrás de nuestras carencias y de nuestras limitaciones para no salir de nuestra zona de confort.

La victimización es una estrategia para justificar el estancamiento. Quien se victimiza busca excusas, en lugar de motivos. Esto no se hace conscientemente, pero tampoco de forma totalmente inconsciente. Muchas veces se obtienen beneficios secundarios de ello, como la sensación de seguridad, y por eso ese tipo de conductas se mantienen.

Lo importante de estar atento a esas señales de que te estás autoboicoteando es quizás puedan darte pistas sobre las razones por las que no logras lo que deseas. Hacerte consciente de esas conductas que van en contra de ti puede ser un buen punto de partida para una vida más plena.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Cómo potenciar tu motivación intrínseca: cuando la recompensa eres tú

Cuando nos mueve la motivación intrínseca, dejamos de guiarnos por recompensas externas. En estos casos importa el trabajo bien hecho y esa inyección de satisfacción para la propia autoestima.

Potenciar la motivación intrínseca supone empezar a disfrutar de aquello que nos proponemos sin buscar otra recompensa que el propio placer de la tarea bien hecha (placer intrínseco). La simple ejecución de esa actividad ya nos refuerza, nos gratifica y nos motiva. El tiempo suele pasar volando cuando nos encontramos inmersos en nuestras metas, no hay presiones externas y todo fluye mejor.

Todos conocemos los beneficios de orientar nuestro enfoque mental hacia este tipo de motivación. Sin embargo, seguimos educando a los niños en el premio, en el refuerzo o en ese regalo prometido. En ocasiones, crecer esperando una recompensa por cada esfuerzo realizado supone pasar por alto el mero deleite por el trabajo bien hecho e incluso la monitorización del propio rendimiento.

Se nos olvida que llegamos al mundo siendo curiosos. El placer de descubrir tiene, como refuerzo, una naturaleza muy especial. La meta debería ser crecer, las notas son solo un aliciente. El propósito original es el de aprender. No es extraño que nos sintamos bien cuando estamos alineados con él. Ahora bien, no deja de ser cierto que intervenir de manera inteligente sobre la motivación no es una meta sencilla. Factores como el estrés, la baja autoeficacia y el entorno que nos rodea pueden mediar en su debilitamiento. Lo analizamos.

Claves para potenciar tu motivación intrínseca

Buena parte de nuestro comportamiento está guiado por objetivos. Orientamos nuestra conducta cotidiana para lograr algo: un salario, un ascenso, un reconocimiento, etc. Ahora bien, esto no está en contra del simple placer “de hacer las cosas bien”, de poner la mirada en el proceso y no tanto en la meta final.

De hecho, solo cuando situamos toda la atención en el proceso, el desempeño mejora y damos siempre lo mejor de nosotros mismos. Así, quien se limita a alzar la mirada pensando solo en la recompensa final correrá el riesgo de cometer errores, de ofrecer algo de baja calidad. Esto te obliga, sí o sí, a potenciar tu motivación intrínseca para prosperar y desarrollarte personal y profesionalmente.

En un entorno social cada vez más cambiante solo este tipo de motivación te permitirá tomar ventaja para obtener beneficio (Ryan y Deci, 2017). Veamos por tanto cómo conseguirlo.

La teoría de la autodeterminación de la motivación de Deci y Ryan (2008)

La teoría de la autodeterminación nos dice que las personas nacemos siendo curiosas y automotivadas. Sin embargo, tal y como explican Deci y Ryan en un estudio, nuestros entornos nos alienan, nos vuelven apáticos, mecánicos y nos apagan la motivación. ¿Qué podemos hacer ante esto?

  • Debemos reformular nuestras metas y objetivos. En la medida de lo posible, es necesario involucrarnos en tareas que nos sean significativas para nosotros, que nos ilusionen y nos den sentido.
  • Otro aspecto de gran trascendencia es la autonomía. Percibir que tenemos control sobre aquello que hacemos, que disponemos de cierto margen de libertad para trabajar, decidir y actuar es altamente valioso. Es otra variable que te permitirá poder potenciar tu motivación intrínseca.
  • Sensación de progreso. Una vez te involucras en un proyecto, disciplina o tarea es importante que percibas avances. Ese desempeño eficaz del día a día va inyectando energías a tu autoestima y con ello elevas tu autoeficacia. Así, poco a poco se activa tu disfrute al ver que estás haciendo algo interesante que se te da bien y que te permite desarrollarte.
La luz en medio del bosque: ser único en medio de la multitud sabiendo cuál es tu propósito

Para potenciar tu motivación intrínseca debes reformular tus propósitos para dar con uno que te defina, que te haga destacar en medio de la multitud. Una de las causas por las que perdemos la motivación y nos limitamos a trabajar por metas externas es el aburrimiento, el diluirnos en escenarios normativos llenos de personas iguales.

Nos limitamos a hacer lo mismo que el resto porque es para lo que nos han educado. Es de este modo como nos hundimos en la rutina y perdemos el foco, nos apartamos de nuestro potencial. Sin embargo, todos podemos hacer aportaciones de valor a nuestro entorno.

Compromiso y resistencia a la frustración para potenciar tu motivación intrínseca

Para potenciar tu motivación intrínseca necesitas habilidades de persistencia, compromiso y resistencia a la frustración. Te has marcado propósitos que te motivan, pero hay días en los que aparecen los errores y los fracasos y de pronto percibes que no avanzas. ¿Es momento de rendirse? En absoluto, porque este tipo de enfoque psicológico le define también la resistencia y el optimismo.

Cuando la confianza en uno mismo es fuerte, la frustración no bloquea ni induce al abandono; más bien todo lo contrario. Ante cualquier error se activa esa cabezonería propia de las personas autosuficientes y meticulosas que no se echan atrás, que aprenden del fallo y monitorizan su conducta para mejorarla.

Para concluir, siempre estamos a tiempo de hacer cambios, de activar ese motor interno que nos permitirá vernos a nosotros como la mejor recompensa en ese viaje a la hora de conquistar propósitos.