jueves, 30 de junio de 2022

Según la ciencia, las personalidades psicopáticas logran más éxito profesional

Según el psicólogo Robert Hare, 1 de cada 100 personas cumple con los criterios de la psicopatía. Pero cuidado, muchos de esos hombres y mujeres pueden ser nuestros jefes en el trabajo.

Manipuladores, artífices de la mentira, expertos en seducción, amantes del riesgo y artesanos del narcisismo… Todos conocemos a alguien con este perfil y lo más seguro es que lo veamos a diario en nuestros trabajos. Al parecer, que sea así no es casualidad. De hecho, la ciencia nos dice que las personalidades psicopáticas logran más éxito profesional.

Robert Hare es posiblemente una de las figuras más destacadas en el estudio de la personalidad psicopática. A él le debemos libros como La sabiduría de los psicópatas o la escala PCL-R para la evaluación de este factor. De este modo, algo que destaca este doctor en psicología y profesor emérito de la Universidad de Columbia Británica es que 1 de cada 100 personas cumple con los criterios de la psicopatía.

Ahora bien, hay más. Disponemos también de estudios que inciden en el hecho de que es frecuente encontrarnos con este perfil en los cargos más altos de las organizaciones. Es un fenómeno que se aprecia desde los años 80. No importa que en la actualidad se enfatice la necesidad de desarrollar liderazgos más empáticos y hábiles en inteligencia emocional.

¿Por qué las personalidades psicopáticas logran más éxito profesional?

Si hay algo que define al mundo de las organizaciones y los negocios es su incertidumbre, además de su competitividad. Esto ha hecho que durante mucho tiempo se asuma que determinadas características de liderazgo son las más idóneas en dichos contextos. Por ejemplo, se entiende que tener un líder que asume riesgos, que es frío, persuasivo y controlador trae mayores beneficios a una empresa.

La Universidad Católica del Sagrado Corazón de Milán realizó un trabajo de investigación en el que acuñó el término “psicopatía corporativa”. Este concepto nos sirve para destacar e intentar comprender por qué las personalidades psicopáticas logran más éxito profesional.

Algo que ha podido verse es que este perfil florece atentando por completo al comportamiento empresarial ético en las últimas décadas. La cuestión es por qué ocurre. ¿Por qué logran tener puestos de mando y liderazgo en los entornos laborales? Lo analizamos.

Tienen “cualidades” psicopáticas que les permiten escalar posiciones

A primera vista, un perfil psicopático puede salir más airoso en procesos de selección para altos cargos. Como bien hemos señalado, a día de hoy aún se tiene una idea del todo equivocada de lo que es un buen líder. El hecho de que aún pervivan estos perfiles nocivos en muchas organizaciones es un ejemplo de ello.

Por término medio, estas son esas supuestas cualidades que pueden impulsarlos a la hora de tener mayor éxito profesional:
  • Son personas altamente competitivas e intrépidas. 
  • Mantienen la calma en situaciones de presión.
  • Son gerentes que priorizan la razón a la emoción.
  • Su falta de empatía les permite tomar decisiones rápidas priorizando siempre las necesidades de la empresa frente a las del capital humano.
  • Su orientación siempre es instrumental: solo buscan obtener beneficios.
  • No dudan en asumir riesgos.
  • Utilizan cualquier medio para lograr un objetivo (aunque sea poco ético)
  • Son grandes artífices de la mentira y la manipulación.
  • A menudo, son vistos desde fuera como estrellas organizacionales. Son carismáticos y saben ganarse la confianza de la gente mediante la falsedad.
  • Son buenos comunicadores y con grandes dotes de teatralidad.
  • Saben ejercer el control de los equipos de trabajo, pero ese control se basa en el autoritarismo.
Una de las razones por las que las personalidades psicopáticas logran más éxito profesional es por su hambre insaciable de poder.

Nunca dejan de competir. De este modo, mientras otras personas pueden sopesar otros factores (como los familiares) a la hora de optar o no un ascenso, el perfil psicopático solo tiene dicho fin.

El líder psicopático: problemas éticos y fracasos empresariales

Es cierto que las personalidades psicopáticas logran más éxito profesional, pero hay matices que debemos tener en cuenta. Esa falta de empatía, esa intrepidez y mentalidad fría que les hace asumir riesgos tiene un coste innegable para la organización. La psicopatía corporativa afecta de manera directa al clima emocional y social de la empresa, hasta el punto de poner en riesgo su estabilidad.

Un mal líder es como un mal capitán de un barco: hay mayor probabilidad de acabar a la deriva o de naufragar. Por tanto, debemos reformular por completo las características del buen liderazgo. El perfil psicopático no es apto para ningún escenario laboral y profesional. Las causas que lo explican son las siguientes:

Las personalidades psicopáticas logran más éxito profesional, pero pueden conducir al fracaso de una empresa

Sabemos que los perfiles psicopáticos se manifiestan de manera diferente entre sexos: los hombres evidencian un “patrón antisocial” y las mujeres un perfil más “histriónico”. Ambos tienen un serio impacto sobre el resto de trabajadores:
  • Suelen aplicar conductas de acoso, intimidación y amenaza.
  • El clima emocional que genera este liderazgo eleva el estrés y la ansiedad de los empleados. La productividad se reduce.
  • Aplican un trato desigual entre el personal.
  • Evidencian una seria dificultad para formar equipos.
  • Pueden mostrarse hostiles y agresivos.
  • El líder psicopático termina por perder la confianza de sus empleados y compañeros.
  • Pueden asumir decisiones de alto riesgo  y faltas de ética; ello trae serias consecuencias a la propia empresa.
Por último. Es cierto que los psicópatas corporativos gravitan en muchas organizaciones, sobre todo en las de mayor prestigio. Sin embargo, a largo plazo su personalidad y conducta resulta más contraproducente que beneficiosa.

Es momento de poner la mirada en otro tipo de líderes, en hombres y mujeres más empáticos, intuitivos y democráticos: hábiles en inteligencia emocional.

miércoles, 29 de junio de 2022

Insomnio, que tengas dulces sueños

Das otra vuelta más en la cama y cambias de nuevo la postura. Pruebas a contar ovejas…1…2…3… Nada. No hay manera.

Te levantas, vas al frigorífico y bebes agua. Recorres el pasillo con la convicción de que ahora sí que vas a conseguir conciliar el sueño…

Pero no. No hay forma. Mañana será otro día en el que me pesará mi rutina, volverá a llegar la noche y de nuevo a dar vueltas infinitas, ¿Qué es lo que no te deja dormir?

¿Qué no nos deja dormir?

Cuando padecemos insomnio, en muchas ocasiones no conseguimos dormir bien por el propio miedo a no dormir que se da antes de ir a la cama y que no permite conciliar el sueño.

Otras veces, es nuestra mente activa la que impide el sueño, rondando una y otra vez, trabajando en la resolución de problemas diarios, asuntos de familia, planes, preocupaciones y dolores corporales, trabajo…etc.

Hay creencias que no favorecen la conciliación del sueño, por ejemplo, considerar que es tiempo perdido o no hacer caso a tu cuerpo tomando sustancias que te mantienen despierto.

La importancia de dormir bien

Cuando se tiene sueño es importante dormir aunque sea una cabezada, incluso si aparece mientras se desempeña un trabajo muy importante, como conducir un tren o realizar una intervención quirúrgica, es importante parar unos minutos y dormir, pues de nuestros actos no solo depende nuestra vida sino la de otras.

Además de poner orden en nuestro estilo de vida, hacer ejercicio mejora a medio plazo la calidad del sueño, ejerce un efecto ansiolítico y antidepresivo, sobre todo si es de tipo aeróbico.

Hacer ejercicio mejora la latencia, duración y calidad del sueño y la capacidad para descansar y conseguir un sueño reparador.

Es importante no realizar una actividad física inmediatamente antes de acostarse, a menos que se trate, por ejemplo, de un paseo tranquilo al aire libre o de otras actividades recreativas que ayudan a aliviar tensiones, despejar la cabeza y mejora el humor.

Recomendaciones y técnicas para el insomnio

1) Valorar la importancia del sueño para una vida rica y feliz.

2) Reorganizarse: es importante dar tiempo a cada cosa (incluso tener tiempo para dormir), regular la vida y las actividades diarias. La forma de vivir está en relación con la forma de dormir y viceversa.

3) Definir unas metas de trabajo diario y tener la satisfacción de haberlas cumplido. Puede haber factores que imposibiliten planificar cómo será el día siguiente, pero en cualquier caso, ordenar la actividad es ordenar el sueño: agenda, horarios, cuadrantes…

4) Mantener horarios regulares: levantarse y acostarse todo los día casi a la misma hora, independientemente si se tiene sueño o no.

5) Suprimir el café y las bebidas de cola y cuidar la alimentación, especialmente lo que se cena.

Pueden entorpecer el sueño las bebidas estimulantes como el té, el café, el chocolate, el guaraná, la yerba mate o los refrescos de cola. También las comidas muy condimentadas con especias picantes o los alimentos que producen flatulencia, acidez, reflujo o diarrea.

El chocolate, la menta y las comidas grasas disminuyen la presión del esfínter, lo que causa reflujo del esófago en su interior en personas predispuestas.

En general, resulta aconsejable acostarse al menos 2 horas después de haber cenado para evitar problemas de reflujo.

MAL: los alimentos que poseen propiedades diuréticas, como el perejil, las endivias, el apio, el ajo, la berenjena o la cebolla pueden hacer que nuestro sueño se vea interrumpido.

BIEN: sin embargo, hay alimentos que favorecen el sueño por ser ricos en triptófano ( plátanos, pasta, arroz, cereales integrales, dátiles, higos secos, nueces) o en melatonina (maíz, tomates o patatas).

6) Buscar un mejor lugar para dormir y tenerlo como un refugio, como un rincón acogedor.

7) Sacar un pie de la sábana o manta, regula la temperatura corporal y ayuda a conseguir una mejor circulación.

8) Escribir: si aparecen nuevas ideas o planes una vez acostado, es bueno tener papel y lápiz a mano para plasmarlos. Al quedar escritos, uno se libera de ellos de alguna manera: desaparecen del pensamiento y se puede dormir tranquilo.

9) Meditar mejora la atención dirigida hacia la respiración y predispone a un estado de tranquilidad mental.

Os deseamos dulces sueños…


martes, 28 de junio de 2022

Ponernos límites también es parte del amor propio

Para quererte bien, has de estar dispuesto a cuidarte, a decirte "no" cuando sea necesario y a motivarte a cumplir con tus metas. Descubre la importancia de ponernos límites.

En los últimos tiempos, el amor propio es un concepto que se encuentra en auge. Cada vez más comprendemos su influencia en nuestro bienestar personal, en nuestras emociones y en nuestras relaciones con otros. Y aunque logremos detectar que presentamos ciertas carencias al respecto, no siempre sabemos bien cómo empezar a cultivarlo. Por ello, hoy queremos resaltar uno de sus aspectos más importantes: la capacidad de ponernos límites.

Piénsalo por un momento: ¿crees que cuentas con un amor propio saludable? Si tu respuesta es afirmativa, ¿de qué maneras lo trabajas en tu día a día?

Quizá te apliques cremas, selecciones cuidadosamente las personas de las que te rodeas y te dediques palabras amables cada día ante el espejo. Ahora bien, aunque todas estas actividades son importantes, con frecuencia olvidamos aquellas menos agradables, pero igualmente necesarias. Por ejemplo, aprender a ponernos límites.

La importancia de ponernos límites

Construir o recuperar el amor propio es un proceso que se asemeja en gran medida a criar a un niño. Los progenitores no solo garantizan la seguridad del menor, su aseo y su alimento, también le proveen de afecto, comprensión, consuelo y, por supuesto, normas.

En la educación de un infante estos límites pueden verse como tener un horario para acostarse, unas tareas asignadas en casa, unos momentos concretos en los que pueden utilizarse las pantallas o la prohibición de tomar golosinas a diario.

Todos somos conscientes de que estas directrices protegen al niño y le guían, procurando su bienestar. Ahora bien, cuando somos nosotros mismos quienes tenemos que cuidarnos, imponernos restricciones no nos parece necesario.

Tal como les sucede a los padres permisivos, en ocasiones pecamos de indulgentes con nosotros mismos. En nombre del supuesto amor que nos tenemos, nos permitimos alimentarnos mal, acostarnos tarde, perder las horas en las redes sociales y otro sinfín de transgresiones que, finalmente, van en nuestra contra.

“Por un día no pasa nada”, “ya lo haré mañana” o “me da miedo, no voy a forzarme”. Cuando se pronuncia con demasiada frecuencia estas y otras frases similares, existe un amor propio mal entendido. Y es que si realmente quieres lo mejor para ti, debes ponerte límites.

¿Cómo ponernos límites?

El amor propio no surge solo de intenciones y palabras bonitas, hemos de construirlo día a día con nuestras acciones. Este es un trabajo con el que debemos comprometernos, ser disciplinados y perseverantes; pues, con cada acto y decisión nos demostramos ese amor.

Existen multitud de aspectos en los que podemos aplicar estos principios, pero a continuación te mostramos algunos de los principales.

Alimentación

Los alimentos son la gasolina de nuestro organismo y cada uno de nosotros somos responsables de nutrirnos con las opciones más saludables y adecuadas.

Establecer un estilo de alimentación equilibrado y cumplirlo es un acto de amor y compromiso con uno mismo. Si cada día cedemos ante las tentaciones, nos escudamos en la falta de tiempo o en la pereza para optar por comidas que sabemos que nos dañan, no nos estamos amando.

Ejercicio físico

De manera similar, mantenernos activos puede ser uno de los propósitos que más nos cueste cumplir. Sin embargo, a pesar de la pereza, del cansancio o del poco tiempo libre, si nos hemos propuesto realizar ejercicio de forma regular, hemos de mantenernos fieles a este objetivo. Ponernos límites también es no permitirse permanecer en el sofá, aunque esto sea lo que más nos apetezca en ese momento.

Descanso

¿Estás comprometido con tu bienestar? Entonces, has de procurarte un descanso suficiente y de calidad; y, para lograrlo, quizá debas realizar algunos sacrificios.

Acostarte pronto en lugar de ver otro capítulo de tu serie favorita o dejar el teléfono móvil fuera del dormitorio son algunas decisiones sencillas que pueden marcar la diferencia.

Aseo e imagen personal

Lejos de caer en una visión superficial, es innegable que nuestro aspecto influye en nuestra autoestima y estado de ánimo. Cuando estamos aseados y arreglados, nos sentimos más seguros de nosotros mismos y más cómodos en nuestra piel; por el contrario, cuando descuidamos la higiene y el aspecto, el estado de ánimo decae y nos sentimos más apáticos e incluso menos válidos.

Así, ser determinados al ducharnos a diario, cuidar nuestra piel y cabello o escoger prendas de ropa que nos agraden y nos sienten bien es fundamental. Tal vez una noche no tengas ganas de desmaquillarte o de lavarte los dientes, pero es entonces cuando ponernos límites nos ayuda a no fallar.

Cuidado del entorno

El ambiente en el que te mueves impacta en tu estado interno. Un entorno sucio, abarrotado o desorganizado trae caos y ansiedad a tu mente. Por el contrario, un espacio limpio y ordenado genera armonía y paz mental. Toma la decisión diaria de mantener tu hogar en orden y te estarás haciendo un valioso regalo.

Obligaciones y proyectos

Existen pocos factores que contribuyan tanto al amor propio como el cumplimiento de metas. Cuando finalizamos tareas pendientes, el cerebro nos recompensa con agradables sensaciones generadas por la liberación de dopamina; pero, además, en estos momentos nos sentimos útiles, productivos y orgullosos de nosotros mismos.

Por el contrario, cuando procrastinamos y dejamos para después las obligaciones o los proyectos personales que nosotros mismos nos hemos marcado, comenzamos a sentirnos perezosos, fracasados y presionados. Tener asuntos pendientes de forma constante va en detrimento de nuestro autoconcepto; por ello, es importante que lo evites.

Salud emocional

Por último, es imprescindible ponernos límites con el fin de cuidar la salud emocional. Esto puede reflejarse escogiendo un diálogo interno amable y motivador y poniendo freno a las críticas y juicios internos. Pero también decidiéndonos a gestionar las emociones en el momento en que se presentan.

Reprimir lo que sentimos puede ser más cómodo en ocasiones porque nos evita el sentirnos vulnerables. Por otro lado, quedarnos atascados en las emociones negativas también puede parecer más tentador que procesarlas, ser resilientes y seguir adelante. Sin embargo, si queremos practicar el amor propio, solo hay un camino y es permitirnos sentir y aprender a lidiar con esos estados internos.

Aprender a ponernos límites es un proceso

Si eres una persona poco disciplinada, te costará implementar los anteriores principios en tu vida cotidiana. Más de un día sentirás la tentación de fallar en el cumplimiento de tus propósitos, te convencerás de que no son tan necesarios y de que puedes evadir las reglas por esta vez. Sin embargo, es importante que durante las primeras semanas seas constante y perseverante.

Con el tiempo esta dinámica se convertirá en un hábito y ya no necesitarás una motivación extra para cumplirla. Lo que es seguro es que te sentirás mucho más conforme con tu proceder y la forma en que te ves a ti mismo habrá cambiado radicalmente de forma positiva. En definitiva, si te quieres, demuéstratelo.

lunes, 27 de junio de 2022

La parresía, una actitud de valientes

La parresía es una virtud, pero también una actitud. No es muy común en el mundo de hoy, en el cual priman las palabras inofensivas y los discursos políticamente correctos, en lugar de la verdad.

La parresía es una palabra griega que significa ‘decirlo todo’. Se trata de un sinónimo de conceptos como hablar con libertad, decir las cosas con franqueza, ‘atreverse a decir lo que se piensa’ e ideas por el estilo. Hace referencia a ese difícil talento de expresar lo que uno piensa, incluso si es inconveniente o pone a una persona en peligro.

El concepto de parresía fue mencionado por varios filósofos griegos, como Sócrates o Platón. Con el tiempo, y en particular en la Edad Media, comenzó a dársele un significado despectivo. En lugar de la acepción de franqueza, se interpretó como hablar sin pensar o decir lo primero que se le viniera a la cabeza a una persona.

El filósofo francés Michel Foucault recobró el significado esencial de la parresía y trabajó este concepto en profundidad, en especial en sus obras El gobierno de sí y de los otros, El coraje de la verdad y Discurso y verdad. En la actualidad, este concepto está en el corazón de muchos movimientos de protesta.

La parresía o el coraje de hablar

En muchas épocas y en muchos lugares, hablar es peligroso. Es más evidente cuando el poder es ejercido de forma tiránica, bien sea en una sociedad o en pequeños núcleos de ella, como el trabajo o la familia. Aun así, también hay cierto riesgo al decir algo cuando esto va en contra de las mayorías o contradice un discurso dominante.

¿Por qué hablar puede representar un peligro para quien habla? ¿Por qué el que no quiere escuchar también ve como un riesgo lo que se diga? Estas preguntas conducen a la esencia de lo que es la parresía. No se trata de hablar por hablar, sino de hablar con la verdad. El vehículo de la verdad es precisamente la palabra.

La verdad, a su vez, se torna peligrosa cuando deja al descubierto algo que por manipulación o conveniencia quiere dejarse oculto. Las verdades incómodas desenmascaran, o sea, rompen el velo y hace que se vea algo que resulta inconveniente para alguien.

Los poderes suelen ser inclementes con quienes se atreven a desafiar sus mentiras con el arma de la palabra verdadera y franca. La respuesta suele ser el asedio, el descrédito, la persecución o el ostracismo. Deben pagar por haber dicho. A eso alude la parresía, y por eso se trata de un tipo de franqueza que demanda coraje.

Las tres coordenadas de la parresía

Según Foucault, la parresía es un concepto asociado a la ética y a la política. Este filósofo entendía la ética como el cuidado de sí, mientras que definía a la política como el cuidado de otros. En los dos ámbitos, la parresía era una conducta fundamental.

Así mismo, lo que definía a la parresía y a los parresiastés, o personas que la ejercen, son tres rasgos fundamentales. El primero es el que ya hemos mencionado: un sujeto que habla y dice la verdad. Sin embargo, lo importante ahí no es esa verdad, sino el compromiso que la persona tiene con ella. Así que este rasgo vendría a ser algo así como “voluntad para hablar con la verdad”.

El segundo rasgo es que esa verdad implique un riesgo. No puede tratarse de una verdad inofensiva y no tiene gracia que se le diga, por ejemplo, a alguien que esté en una posición de vulnerabilidad. En el compromiso de decir la verdad está implícito el valor ético de hacerlo “a pesar de todo”. El tercer rasgo se desprende de lo anterior: exige valor o coraje. No hay parresiastés cobardes.

La parresía colectiva

La filósofa Judith Butler, en su obra Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy, indica que la parresía también puede ser ejercida de forma colectiva. En el mundo actual hay personas que se aglutinan en torno a una verdad común, se enfrentan al poder y ejercen la resistencia a partir de la palabra.

Otros filósofos han llamado la atención sobre el hecho de que la parresía debería ser ejercida, en el mundo actual, sobre todo por los periodistas. Sin embargo, no es así. Edward Snowden o Julian Assange podrían ser excepciones.

Esa franqueza de la parresía muchas veces tiene que ejercerse en ámbitos más privados. Su función no es la de desafiar como tal, sino la de combatir la mentira, que casi siempre sirve a intereses mezquinos. No es “sincericidio”, sino compromiso con la verdad.

domingo, 26 de junio de 2022

La pirámide del éxito de John Wooden

La pirámide del éxito de John Wooden es un magnífico compendio de valores. Fue elaborada para vencer en los deportes, pero con el tiempo se ha extendido a otros campos, incluyendo la vida personal.

La pirámide del éxito de John Wooden es un modelo de conducta que fue diseñado para jugadores de baloncesto. Con el tiempo, traspasó las canchas de juego, convirtiéndose en un esquema seguido y practicado por empresas y personas de todo el mundo como una herramienta para conseguir sus metas.

John Wooden fue un entrenador de equipos de baloncesto en la Universidad de UCLA. Bajo su dirección, el equipo ganó 10 de los 12 títulos que se disputaron en una final de universitarios. Sin embargo, no pasó a la historia por esos triunfos, sino por la filosofía que hubo detrás de ellos y que quedó sintetizada en la pirámide del éxito.

La pirámide del éxito no es un simple recetario para obtener logros. Tiene más que ver con los valores que están detrás de quienes consiguen lo que se proponen. No solo cambió la forma de ver el juego, sino que marcó una forma de entender la vida y de alcanzar los objetivos. Veamos de qué se trata.

La base de la pirámide del éxito de John Wooden

La pirámide del éxito de John Wooden se basa en la idea de que hay tres grandes áreas a trabajar cuando se pretende lograr un objetivo. Cada una de esas áreas coincide con una zona de la pirámide: la base, el cuerpo y el vértice. Los componentes que conforman la base son los que sostienen todo lo demás. Son los siguientes:

  • La laboriosidad. Por norma, el camino para el éxito es el trabajo. El esfuerzo debe ser diario. Solo lo que se consigue trabajando es perdurable; lo demás, viene y se va.
  • El entusiasmo. Para perseverar en el día a día es necesario tener convicción y deseo de hacer lo que se hace. A esos dos elementos unidos se les denomina entusiasmo en la pirámide del éxito.
  • La amistad. En los logros propios siempre están presentes otras personas. Cuando hay un sentimiento amistoso hacia ellas, se incrementa el entusiasmo y se facilita el esfuerzo.
  • La lealtad. Primero que todo con uno mismo y luego con las personas y las metas. La lealtad es coherencia con lo que se quiere.
  • La cooperación. Cuando cada persona se convierte en un estímulo para los demás y, a su vez, obtiene de los demás un estímulo, es más probable que consiga lo que busca.
El cuerpo de la pirámide del éxito

El segundo gran componente de la pirámide del éxito es el cuerpo. Este corresponde a los valores que ayudan a que un propósito se mantenga en el tiempo. Los elementos que integran este componente son los siguientes:

  • Iniciativa. Hay que ir por lo que uno quiere y no esperar que eso venga a uno. Se deben tomar decisiones y acciones para avanzar. Nunca se le debe tener miedo al fracaso.
  • Propósito. Hace referencia a la planificación necesaria, o sea, a una hoja de ruta que, de todos modos, no es inamovible, sino que puede irse cambiando según se requiera.
  • Autocontrol. Tiene que ver con mantener el equilibrio en los momentos difíciles.
  • Alerta. Nunca se debe caer en el exceso de confianza, sino que es necesario observar, en especial cuando se presentan cambios en los planes. Un objetivo no se alcanza hasta que realmente se alcanza. Aún a un paso pueden perderse.
  • Condición. Para lograr lo que se quiere hay que prepararse, aprender, desarrollar habilidades y corregir flaquezas. Es importante mantener una buena condición física, emocional y mental.
  • Destreza. Las tareas esenciales deben repetirse y practicarse hasta se puedan realizar de manera rápida y correcta.
  • Espíritu de equipo. Para conseguir un objetivo, se debe pensar en forma colectiva. Siempre se necesitará la ayuda de los demás y, a la vez, los mejores propósitos son aquellos que benefician a muchos.
El vértice: lo esencial

En el vértice de la pirámide del éxito terminan confluyendo todos los valores anteriores. Dan como resultado tres rasgos que resultan fundamentales para lograr todo lo que una persona se proponga. Esos tres elementos son los siguientes:

  • Carácter. Wooden denomina carácter a la fortaleza para mantener todos los valores expuestos, para cultivarlos e incrementarlos. También a la capacidad para ser auténticos en todas las circunstancias.
  • Confianza. Cada persona debe creer en sus propias capacidades. De este modo, consigue la confianza de los demás. Nunca se debe caer en la pedantería.
  • Competitividad. Saber competir es crecerse en los momentos de dificultad y responder con coraje a los retos. Las dificultades hacen más atractivas las metas.
La pirámide del éxito de John Wooden se ha convertido en el modelo para muchas organizaciones. Como se ve, se basa en valores, pero se orienta a los logros. Es un mapa mental que ayuda a centrarse en lo importante, dejando de lado lo aleatorio.

sábado, 25 de junio de 2022

Cómo superar el miedo a la oscuridad

¿Te da miedo la oscuridad? ¿Tienes pánico a la noche? El miedo a la oscuridad es algo bastante normal en la infancia. Sin embargo, no tratarlo adecuadamente puede derivar en una fobia. Si es tu caso, en este artículo encontrarás algunas estrategias para superar ese miedo.

El miedo a la oscuridad o nictofobia es un miedo irracional a la noche o a los espacios oscuros, generada por una percepción distorsionada del cerebro de lo que podría pasar en esas circunstancias. En realidad, en el miedo a la oscuridad no es la propia noche lo que te asusta, sino los riesgos que te imaginas que corres.

En los adultos el miedo a la oscuridad debe ser tratado como una fobia. Este miedo suele proceder de recuerdos traumáticos específicos que se produjeron en la oscuridad o de terrores de la infancia no superados.

Estrategias para superar el miedo a la oscuridad

Para superar el miedo a la oscuridad hay que aliviar el dolor de tiempos pasados, generalmente de nuestra infancia. Enfrentarte a tu miedo de forma racional es la vía para superarlo. Puedes hacerlo siguiendo las siguientes estrategias:

1. Apaga la luz voluntariamente

Las personas que sufren de nictofobia suelen estar cansadas y somnolientas. Esto se debe a que el sueño es mucho más reparador si se duerme a oscuras. Incluso la luz tenue impide conciliar un sueño profundo. El problema es que este cansancio puede acentuar la sensación de miedo.

Las personas con miedo a la oscuridad pueden empezar a reducir la luz paulatinamente a la hora de dormir. Al hacerlo poco a poco, a lo largo de varios días, es más fácil acostumbrarse y hacerse a la idea, mientras se trabaja en el resto de estrategias.

2. Busca un momento de relax para estar a oscuras durante el día

El día también puede brindar la oportunidad de estar a oscuras.  Busca un momento relajado y voluntariamente quédate en una habitación a oscuras. Pon música relajante e intenta pensar en algo positivo.

La ventaja de esta fórmula es que puedes controlar el tiempo que pasas a oscuras y que, al terminar, puedes disfrutar de la luz natural, que es muy reconfortante y estimulante. Pero recuerda que debe ser una opción personal y que debes aumentar el tiempo poco a poco a medida que te vayas sintiendo más seguro.

3. Desafía tus propios miedos

El miedo a la oscuridad no es el miedo a la falta de luz, sino a los pensamientos que ocupan tu mente. Descubre cuáles son esos pensamientos, los verdaderos miedos, y enfréntate a ellos. Si todo pasa en tu imaginación puedes tomar el control y derrotar esa amenaza. No te sientas avergonzado y desafía esos pensamientos.
 
4. Controla tu cuerpo

La imaginación puede estimular el miedo, pero necesita a tu cuerpo para confabularse con las fantasías de tu mente para que ese temor se apodere de ti.  Por lo tanto, aunque no consigas controlar tus pensamientos, sí que puedes controlar tu cuerpo.

Una forma de controlar el cuerpo es dejar de respirar y moverse durante unos segundos. Esto es lo que hacemos inconscientemente cuando queremos alejarnos de una situación incómoda sin que nos vean.

Pasados unos segundos, evita el jadeo habitual que sigue a esta situaciones y controla tu respiración expirando fuerte el aire, como en un suspiro. Esto estimula el corazón y te devuelve a la realidad. Además, esta forma de respirar exhalando despacio y fuerte el aire relaja.

Respirar lentamente, concentrándote en inhalar y exhalar despacio y con control también te ayudará a controlar los ataques de pánico y el miedo a la oscuridad, y te ayudará a adentrarte en las zonas oscuras controladamente.

5. Cambia tu concepto de “oscuridad”

A medida que vayas aprendiendo a sentirte relajado en ambientes oscuros, a controlar tus impulsos en ausencia de luz y a dormir con menos luminosidad podrás ir cambiando tu concepto de oscuridad como algo beneficioso para ti. La oscuridad pasará de ser una zona de negatividad a convertirse en una oportunidad para descansar y relajarse.

viernes, 24 de junio de 2022

La neurociencia halla pistas sobre el origen del miedo a la oscuridad

La neurociencia decidió investigar uno de nuestros temores más comunes: el miedo a la oscuridad. Hablamos sobre por qué surge y en qué nos ayuda.

El miedo a la oscuridad es un temor frecuente, que no solo afecta a niños, sino también a un buen número de adultos. Somos animales diurnos; el sentido que más utilizamos es la vista, un sentido que gana cuando lo que queremos ver está iluminado.

Muchas veces se ha asociado el miedo a la oscuridad con traumas de infancia o con cierto infantilismo. Sin embargo, la neurociencia ha descubierto que el tema puede ser mucho más profundo. Al parecer, ese miedo está inscrito de alguna manera en nuestra configuración como especie.

La ausencia de luz nos limita, nos vuelve torpes -aunque una abundancia extrema también puede hacerlo-. No sabemos dónde están los obstáculos, a veces ignoramos qué nos rodea y, en definitiva, tendemos a ponernos más a la defensiva porque aumenta la incertidumbre sobre lo que nos rodea. Todo indica que ese miedo a la oscuridad se asocia con cómo funciona el cerebro.

Una investigación sobre el miedo a la oscuridad

Frente al miedo a la oscuridad se ha realizado una investigación capaz de aportar datos interesantes. El estudio fue publicado en PLoS ONE, en junio de 2021. La investigación fue realizada por científicos de la Universidad de Monash, en Australia.

Su muestra estuvo constituida por 23 voluntarios. En un entorno controlado de laboratorio, se les conectó a un sistema de escáner cerebral para monitorear lo que ocurría en sus cerebros durante el experimento. Luego se hicieron varios ciclos sucesivos de encendido y apagado de la luz. Los cambios de iluminación se producían cada 30 segundos.

Los investigadores encontraron que, mientras había oscuridad, la amígdala aumentaba su actividad. Después, al encender la luz, se veía un claro descenso de esta activación. Así mismo, se introdujeron lapsos de luz tenue, lo que hizo que la amígdala se mantuviera con niveles de actividad intermedios.

El miedo a la oscuridad, según la neurociencia

La amígdala forma parte del sistema límbico que, en conjunto, se encarga de nuestra reactividad emocional más primitiva. En concreto, esta zona del cerebro tiene que ver con las sensaciones asociadas al miedo. Allí se activa un mecanismo de alerta cuando surge algún estímulo que es percibido como peligroso o amenazante.

Por otro lado, la luz no es solo un factor que incide sobre la buena visibilidad, sino que también cumple otras funciones. Se sabe que es fundamental para regular los ritmos circadianos, que marcan los periodos de actividad y de descanso. Así mismo, se ha evidenciado que incide en el estado de ánimo, al punto que a veces es una diana farmacológica en los tratamientos contra la depresión.

El experimento llevado a cabo por los científicos de la Universidad de Monash corrobora el vínculo que hay entre la luz, la amígdala y la sensación de miedo. Cuando la amígdala se activa, en los lapsos de oscuridad, se incrementa la sensación de temor. Al momento de desactivarse, cuando hay luz, ese temor se diluye.

La investigación también encontró que la variaciones en el nivel de activación son muy rápidas. Estimaron que la amígdala responde a los estímulos en un lapso no mayor a 100 milisegundos. Es prácticamente automático.

Un miedo ancestral

Lo que los neurocientíficos descubrieron, en últimas, es que el miedo a la oscuridad tiene un referente fisiológico determinante. Describieron cómo opera ese proceso y sugirieron posibles explicaciones sobre su origen. Sin embargo, la razón para que la ausencia de luz sea tan significativa en los humanos podría ser más bien de índole evolutiva.

En la oscuridad somos mucho más vulnerables, y nuestro cerebro “lo sabe”. La vista pierde agudeza, algo que intentamos compensar aumentando el nivel de alerta -procesando de manera más rápida cualquier input, para reaccionar en caso de amenaza-.

Seguro que los primeros humanos ya sintieron cierta preocupación al ocultarse el sol. Esta fue una de las razones por las que aprender a controlar el fuego supuso una auténtica revolución.

Por lo tanto, el miedo a la oscuridad también puede considerarse un componente de instinto de supervivencia. El solo hecho de que no haya luz representa un riesgo y por eso se activan los mecanismos de alerta. Sin embargo, cuando no existe riesgo y, en cambio, está presente un temor considerable, podríamos estar hablando de un problema distinto.

jueves, 23 de junio de 2022

Daniel Batson y la «hipótesis de la empatía-altruismo»

Por norma, quienes experimentan una preocupación empática y auténtica por quienes tienen en frente son capaces de iniciar conductas altruistas. Una relación que es muy valiosa a la hora de plantear medidas de intervención social.

La hipótesis de la empatía-altruismo de Daniel Batson nos dice que la empatía favorece los llamados comportamientos prosociales. Es un sentimiento de doble vínculo y de gran valor que impulsa lo mejor del ser humano, puesto que tras muchos actos espontáneos y auténticos no esperan ganancia o recompensa más allá de la de ver cómo mejora el mundo que les rodea.

Cuando los protagonistas son el temor y la incertidumbre, este tipo de conductas se vuelven más necesarias que nunca. Sin embargo, si hay algo que vemos con frecuencia es que en épocas de crisis aparecen por igual tanto actos amables como despiadados.

Egoísmo y altruismo son manifestaciones que definen por igual al ser humano. En tiempos de cambios e incertidumbre, el altruismo es el valor moral más alto y el que todos deberíamos aplicar. Sin embargo, algo así solo suele suceder cuando somos capaces de sumergirnos en las realidades ajenas. Mirar al otro desde el corazón y no desde la suspicacia es clave para dar forma a una sociedad más cohesionada, respetuosa y amable.

La hipótesis de la empatía-altruismo: ¿en qué consiste?

La mayoría contamos con una inclinación que nos motiva a cuidar del bienestar de los nuestros. Nos preocupamos y realizamos notables esfuerzos con el objetivo de mejorar su situación. Sin embargo, no siempre sentimos esa necesidad.

Como suele decirse, no nos “nace”, no siempre experimentamos el deseo espontáneo por saber si un compañero de trabajo está bien, y tampoco por hacer algo amable por un desconocido. Cuando no existe empatía, no emerge la conducta generosa ni cooperativa.

La hipótesis de la empatía-altruismo nos dice que cuando conectamos con la realidad emocional del otro surgen los sentimientos de compasión, simpatía y ternura. Gracias a ellos activamos los comportamientos altruistas orientados a favorecer el bienestar de los demás. Esto explicaría por qué hay quien es no es capaz de ayudar a quien lo necesita, según Daniel Batson.

¿Ayudamos por un acto de generosidad auténtico o por puro egoísmo?

Lo opuesto a la hipótesis de la empatía-altruismo es la teoría del intercambio social. Este último enfoque recoge una visión que se defendía con frecuencia y que señala que el altruismo solo aparece cuando los beneficios superan a los costos. Es decir, para muchos el altruismo no existe porque en el fondo la persona siempre espera “recibir algo a cambio”. Hay un componente egoísta.

Sin embargo, el psicólogo social Daniel Batson no estaba de acuerdo con esta creencia. De hecho, en 1988 realizó un trabajo de investigación en el que analizaba cinco estudios sobre el altruismo. En todos ellos se validaba su hipótesis de la empatía-altruismo. La emoción empática evoca una motivación altruista, por tanto, el ser humano no siempre espera una recompensa cuando hace uso de la generosidad.

Esta conclusión coincide en realidad con lo que otras figuras de renombre ya nos dijeron en el pasado. Sentir empatía era para Charles Darwin o los filósofos David Hume y Adam Smith la base misma de las conductas altruistas.

La hipótesis de la empatía-altruismo puede relacionarse con una sensación de angustia

Este dato no deja de ser interesante. Con frecuencia ayudamos a los demás porque en nuestro interior se refleja ese sufrimiento, angustia o dolor emocional -reconocemos a un nivel emotivo, y no solo cognitivo, que el otro se siente mal-. Así, la empatía deja ese sustrato de incomodidad en nosotros al sentir como propias las necesidades y sufrimientos ajenos.

De este modo, la hipótesis de la empatía-altruismo asume también esa compleja realidad emocional. Si bien es cierto que actuamos casi siempre de manera espontánea al buscar el bienestar del otro, también lo hacemos para aliviar el malestar ajeno y propio.

Asimismo, al comprobar que esa persona se siente mejor con nuestra ayuda, también nosotros empatizamos con su bienestar. Es decir, surge una retroalimentación emocional muy intensa.

El altruismo nos beneficia a todos, el egoísmo nos aísla

Las buenas acciones no solo ayudan a los demás y crean escenarios sociales más amables. Todos salimos ganando con las conductas altruistas: mejoran nuestro autoconcepto y clarifican la jerarquía de nuestra escala de valores. En este contexto, es más fácil que lo genuino prime sobre lo superficial, y que seamos capaces de dar forma a vínculos más significativos.

Por contra, las actitudes individualistas, egoístas y narcisistas generan hostilidad y suspicacia. Quien no empatiza con las necesidades de los demás, actúa en contra de las esencias mismas de lo que somos: criaturas sociales orientadas a la conexión.

Si hemos sobrevivido como especie es por esos actos altruistas, por ese pegamento emocional que orquesta la reciprocidad y las acciones bondadosas con las cuales, favorecer el bienestar y supervivencia del grupo. Sigamos, por tanto, favoreciendo esta conducta, más allá de las críticas de algunos.

martes, 21 de junio de 2022

La teoría del juicio social: tener la razón no basta

La teoría del juicio social es muy potente a la hora de explicar cómo funciona la persuasión. Además, es explotada por muchos especialistas en marketing o en política para ganar consumidores o electores afines.

La teoría del juicio social es una interesante propuesta en torno a las creencias de las personas y la posibilidad de que estas cambien. Todo ello está asociado a dos factores fundamentales: la comunicación y la persuasión. Podría decirse que esta teoría responde a la pregunta: ¿qué permite y qué obstaculiza el cambio de opinión y de actitud de una persona hacia algo?

Como se puede inferir, la teoría del juicio social se orienta a desentrañar los fenómenos de la persuasión. Esto tiene aplicabilidad en numerosos campos, pero en particular en el marketing y la política. Sin embargo, también es posible aplicarlo a la pedagogía, a la psicoterapia e incluso directamente a la vida cotidiana.

La teoría del juicio social fue propuesta por Muzafer Sherif, un psicólogo turco al que se le considera uno de los pioneros de la psicología social en el mundo. También participaron en su formulación Carolyn Sherif y Carl Hovland. Esta teoría permite prever el éxito que tendrá un mensaje, con base en el contenido de dicho mensaje y las creencias del receptor.

La teoría del juicio social

Como el nombre lo indica, la teoría del juicio social se ocupa de los juicios que elaboran las personas. Un juicio se forma a partir de la percepción y evaluación de una idea. Esta se contrasta con el punto de vista que el individuo tiene aquí y ahora. Fruto de esto, la idea se ubica en una escala de actitud en la mente de la persona; esto es, se asume una postura frente a ella.

En todo ese proceso influyen más las creencias previas de una persona que la lógica o solidez misma de la idea. Sherif señala que esto se debe a que, en algunos aspectos, existen unas creencias preestablecidas que están muy arraigadas, con o sin razón. A esas creencias se las denominó “anclas”.

A partir de esto, las personas tienden a ver las ideas cercanas a su ancla como más semejantes de lo que son en realidad. Por lo tanto, las aceptan más fácilmente. En la teoría del juicio social esto se llama “asimilación”. A la vez, las ideas que están más lejos de su ancla serán percibidas como más diferentes y poco comunes de lo que realmente son. Por lo tanto, serán confrontadas y contrastadas.

Por ejemplo, una persona católica ve más próximas las ideas de un protestante o un judío que de un budista. Aun así, es posible que en algunos aspectos haya más coincidencia con el budismo que con el calvinismo, entre otros, pero no será percibido de esta manera.

Las latitudes

La teoría del juicio social señala que además de tener su propia opinión, las personas también tienen un rango para establecer lo que es aceptable o inaceptable en la opinión de los otros. Esto lleva a que dos personas con opiniones muy parecidas o en el fondo iguales puedan no estar de acuerdo.

Por ejemplo, ocurre cuando alguien es radical en algún aspecto y percibe a quien no lo es como portador de una postura inaceptable.

Según esta teoría, esto se explica a partir del concepto de “latitud”. Sherif plantea la existencia de tres latitudes:
  • Latitud de aceptación. Es el conjunto de opiniones que una persona considera aceptables.
  • Latitud de rechazo. El conjunto de opiniones que considera inaceptables.
  • Latitud de no compromiso. Las opiniones que no generan aceptación o rechazo.
La teoría del juicio social señala que las latitudes tienen básicamente dos grados de involucramiento:
  • Alto involucramiento. El rango de aceptación de opiniones diferentes es muy limitado. Así mismo, el grado de rechazo a mínimas diferencias es más alto. Corresponde a lo que Sherif llamó “pertenencia de un grupo con conocimiento de causa”.
  • Bajo involucramiento. La latitud de aceptación es amplia y la de rechazo es baja. O sea, se está más abierto a opiniones diferentes.
El proceso de persuasión

La teoría del juicio social señala que para lograr un cambio de opinión y de actitud es necesario tener en cuenta todas las variables señaladas. Alguien que quiera persuadir a otro tiene mucho ganado si conoce sus “anclas” y “latitudes” para saber cómo debe abordar la situación.

De este modo, una persona o un grupo muy radical responderá con rechazo a todo mensaje que pretenda “deshacer” sus anclas. Un mensaje muy contrastado solo incrementará la postura confrontativa. Por lo tanto, lo indicado es diseñar mensajes que se ubiquen en la latitud de aceptación del interlocutor o, cuando menos, en la de no compromiso.

Así mismo, no se puede esperar que haya un cambio de postura automático. Si la fe del individuo en una determinada idea es muy alta o esta es el pilar de muchos de sus esquemas, la persuasión va a ser complicada, aunque nos coloquemos en la zona de no compromiso.

Por otro lado, estas zonas son dinámicas; es decir, nuestro sistema de creencias cambia y, por lo tanto, también las zonas en las que pueden estar determinados axiomas. De esta forma, una idea que ahora está en la zona de no compromiso, puede estar, por ejemplo, mañana en la de no rechazo.

Muchos estrategas explotan de la persuasión explotan este fenómeno. Lo que hacen es intentar pasar ideas que estén en la zona de no rechazo a la zona de compromiso, de manera que otras ideas que estén en la zona de rechazo pasen a las de no compromiso y de ahí, influir, para que terminen pasando a la de compromiso.

lunes, 20 de junio de 2022

La personalidad y el efecto placebo: una relación llamativa

El efecto placebo ha sido objeto de distintas investigaciones. Sin embargo, hasta el día de hoy no se ha logrado explicar del todo el mecanismo con el que opera. Una investigación en Estados Unidos aporta datos interesantes.

El efecto placebo es uno de los fenómenos más interesantes y enigmáticos. De hecho, la ciencia no cuenta con una explicación precisa, aunque sí con un boceto muy aproximado. En este sentido, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Michigan encontró que está relacionado con la personalidad de un individuo.

Recordemos que se le da el nombre de efecto placebo a los cambios que esperaríamos que se produjesen en la persona en una condición similar a la que la persona piensa que está viviendo. Por ejemplo, es muy común que en las investigaciones exista un grupo control al que se le diga que se le está aplicando una intervención -fármaco- cuando no es así. Lo curioso es que en muchos casos este grupo no tratado experimenta una mejoría.

Del efecto placebo se habla desde el siglo XVIII, cuando los médicos de la época notaron que algunas sustancias o intervenciones producían resultados positivos en los pacientes, aunque fueran inocuos. Sin embargo, solo hasta 1955 Henry Beecher demostró el efecto como tal y lo registró dentro de las prácticas investigativas y médicas.

El efecto placebo

En general, desde el siglo XX se habla del efecto placebo como una suerte de cura por sugestión. Se produce por la ingestión de supuestos medicamentos, pero también a partir de fisioterapia, procedimientos médicos e incluso cirugías.

Se ha comprobado que este efecto produce variaciones sobre parámetros tan objetivos como la presión arterial, frecuencia cardiaca, temperatura corporal y otros -es decir, no se trata solamente de que la persona piense que está mejorando-.

También se ha verificado que se puede traducir en cambios fisiológicos complejos, como liberación de endorfinas para la reducción del dolor, o de dopamina para el control de síntomas en párkinson o asma.

Además, hay evidencia de que el efecto placebo puede mantenerse en el tiempo. En pocas palabras, en algunos casos puede ser tan eficaz y duradero como un “tratamiento real”.

La relación entre la personalidad y el efecto placebo

Una investigación llevada a cabo por la Universidad de Michigan en colaboración con la Universidad de Carolina del norte y la Universidad de Maryland concluyó que existe una relación consistente entre la personalidad y el efecto placebo. Al parecer, cuanto más hostiles son las personas, menos opera el efecto placebo; a la vez, cuanto más resilientes, más eficaz es este.

Para realizar este estudio se trabajó con 50 voluntarios, hombres y mujeres sanos, con edades comprendidas entre los 19 y los 38 años. A todos se les practicó un cuestionario para identificar sus rasgos de personalidad.

Luego se les pidió que se acostaran en un escáner de tomografía y se les dijo que les aplicarían una inyección de solución salina, que les provocaría algo de dolor. En algún momento de la prueba, también se les aplicaría un anestésico para aliviar este síntoma.

Así mismo, se les pidió que clasificaran cuánto alivio esperaban que les produjera el anestésico. Debían responder a esta pregunta antes de iniciar la prueba. Como se podrá suponer, tal anestésico era el placebo.

Los resultados del experimento

La prueba duró 20 minutos, y durante ese lapso los participantes recibieron la inyección de solución salina y el supuesto anestésico, de forma alternada. Mientras tanto, se observó la actividad cerebral.

En particular, se hizo un seguimiento sobre la cantidad de opioides naturales que se liberaban en ciertas zonas. Este era un indicador tanto de la experiencia de dolor, como de su alivio. Así mismo, se tomaron muestras de sangre de algunos de los voluntarios, con el objetivo de medir sus niveles de cortisol, la hormona del estrés.

En los resultados finales se encontró que en las personas con ciertos rasgos de personalidad el efecto placebo parecía tener mayor eficacia. Los rasgos decisivos eran la resiliencia, honestidad y altruismo. A la vez, en quienes menos operaba este efecto era en quienes tenían como rasgos dominantes la ira y la hostilidad.

Los investigadores son conscientes de que el experimento se hizo con un número muy pequeño de voluntarios. Por eso, han advertido que se deben hacer pruebas con un mayor número de personas, con el objetivo de llegar a conclusiones más confiables. Sin embargo, este estudio por sí solo es muy sugerente y arroja nuevas luces sobre este fenómeno tan interesante: el efecto placebo.

domingo, 19 de junio de 2022

La frónesis, o el encanto de la sabiduría práctica

Uno de los aspectos interesantes de la frónesis es que se trata de un concepto que no tiene una traducción precisa. Es algo así como saber leer las situaciones específicas y tomar decisiones acertadas en función de un fin loable.

La frónesis, o phronēsis, es un concepto de la ética que estuvo muy presente en la filosofía griega. Fue evolucionado especialmente por Aristóteles en su Ética a Nicómaco, donde se consideraba una de las grandes virtudes del ser humano. No existe una traducción exacta para esta palabra, pero podría decirse que se trata de “sabiduría práctica”.

Los griegos pensaban que la frónesis formaba parte de las artes del buen vivir. Quien tenía esta propiedad era capaz de desenvolverse en diversas situaciones con total éxito. El primero en referirse a ella fue Sócrates, quien la consideraba una especie de sumatoria de todas las virtudes.

Platón también hizo alusión a la frónesis en su obra Menón. Allí la define como “entendimiento moral” y la considera el atributo más importante de todos cuantos se pueden aprender. Sin embargo, aclaró que esta virtud no puede ser enseñada, sino que es fruto de un profundo conocimiento de uno mismo.

La frónesis, una gran virtud

Como ya lo anotábamos, Aristóteles fue quien desarrolló más a fondo el concepto de la frónesis. Para él, era una forma de sabiduría diferente a la de “sofía”, una palabra que hacía alusión al conocimiento universal más propio de la ciencia. Esta vendría a ser una suerte de “sabiduría teórica”.

En cambio, la frónesis correspondía a la sabiduría materializada. No era simple aplicación del conocimiento, sino que exigía la capacidad de decidir para lograr un fin determinado. También la virtud para elegir la aplicación del conocimiento en función del mayor bien posible, en concreto, para una vida plena. Por lo tanto, se trataba de una virtud ética.

La frónesis también está asociada a la política en Aristóteles. En este terreno, la sabiduría se aplica al bien común. Así mismo, quien posee ese atributo se convierte en el líder ideal para las comunidades y los colectivos. Implica que hay conocimiento, sensatez y prudencia en las decisiones que se toman.

La relación con la ética

Aristóteles señalaba que hay tres formas de apelar al carácter, al que los griegos denominaban “ethos”. Esta última palabra significa ‘costumbre’ o ‘conducta’ y hace referencia a la manera de ser, en particular al comportamiento moral. Los tres componentes del ethos son, según los griegos, la frónesis, el areté y la eunoia.

La areté es la voluntad de excelencia. Es propio de las personas que están formadas para pensar, hablar y obrar con éxito. Estaba determinada por tres virtudes: andreía, o valentía; sofrosine, o equilibrio; y dicaiosine, o justicia.

Por su parte, la eunoia hacía referencia a la buena voluntad hacia la gente. Podría ser un sinónimo de nobleza, o de lo que hoy conocemos como empatía. La triada se completa con la frónesis. Esta no sería fruto de la buena formación del carácter, como las otras dos, sino de la experiencia. Por eso Aristóteles pensaba que no podía estar presente en una persona joven.

Una virtud del intelecto

Aristóteles señaló que la frónesis era una “virtud de la inteligencia”, la cual permitiría “deliberar rectamente respecto de los bienes y de los males” en función de lograr la felicidad personal y colectiva. Por lo tanto, se trataba de un atributo intelectual que se hacía presente en hechos concretos y no potenciales. Supone conocimientos, pero no universales, sino anclados en un tiempo y un lugar, o sea, en situaciones específicas.

Mientras que la virtud, o areté, permite establecer altos fines o nobles propósitos, la frónesis permite elegir medios justos y realizar procedimientos adecuados para lograrlos. No es una habilidad, porque la habilidad es suficiencia para realizar algo que ya está predeterminado. En este caso, se requiere reflexión aguda antes de la acción y esta no es repetitiva.

Aristóteles llegó a decir que la frónesis es una condición necesaria para ser feliz. Así mismo, una característica fundamental para tener credibilidad en lo social. Implica una mente formada, lúcida, pero práctica a la vez, y con una alta dosis de sentido común. Por lo mismo, esta es una virtud propia de los líderes y de quienes tienen la capacidad para persuadir a otros.

Pericles fue considerado la materialización misma de la frónesis. Se le vio como un gobernante con enorme capacidad para persuadir y lograr que otros le siguieran, gracias a que empleaba estrategias que le permitían obtener lo que se proponía.

sábado, 18 de junio de 2022

La espiral del silencio: cuando callamos por miedo al rechazo

¿Alguna vez te has callado tu opinión porque era diferente de la mayoría que te rodeaba? La espiral del silencio es una teoría que define una realidad muy común en nuestra sociedad.

La espiral del silencio define una conducta en la que alguien (una minoría) opta por callarse su opinión por temor a las represalias del grupo dominante (la mayoría). Si lo pensamos bien, este fenómeno social es algo que todos hemos experimentado alguna vez. Es la inquietud soterrada que uno siente al percibir que su punto de vista difiere del que asume el resto del entorno.

Para dar un ejemplo de esta teoría, Hans Christian Andersen nos dejó una curiosa fábula. Imaginemos a dos tejedores que se presentan ante un poderoso emperador y su corte. Le explican que han elaborado la ropa más hermosa del mundo, una cuyo tejido solo es visible para las personas inteligentes.

Lo cierto es que esos dos tejedores eran unos embaucadores que van de reino en reino engañando a los incautos. Sin embargo, a pesar de ello, siempre tienen éxito, porque nadie se atrevió nunca a decir que no veían nada. Así, cuando el emperador se colocó aquellos ropajes inexistentes, todos elogiaron sus vestiduras a pesar de que lo único que veían era su desnudez.

El temor a ser señalados, rechazos y ser las voces que difieren ante una mayoría nos aboca irremediablemente a esa espiral silenciosa tan habitual en nuestra sociedad. Lo analizamos a continuación.

¿En qué consiste la espiral del silencio?

La espiral del silencio es una teoría que tiene su origen en la comunicación de masas y la ciencia política. Fue propuesta por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann en 1977, a raíz de su exitoso libro La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social. 

La intención de la autora con este trabajo era comprender por qué algunas personas optan por callarse determinadas opiniones, hechos o vivencias frente a grupos que intuyen que no van a compartirlas. Así, lo primero que nos puede venir a la mente es por “miedo”. Porque esta dinámica de comportamiento es algo que muchos vemos con frecuencia en los entornos laborales.

Por ejemplo, ante situaciones de acoso, abundan los que prefieren callar lo que ven por temor a la presión del grupo, perder el trabajo o, más aún, ser el próximo en sufrir esas conductas de intimidación. En efecto, Noelle-Neuman explicó que la espiral del silencio se alimenta en realidad de dos tipos de miedo: el de quedar aislados y el de sufrir posibles represalias.

Una de las teorías más investigadas de la psicología de la comunicación

La teoría de la espiral de silencio nos dice que lo más probable es que estemos dispuestos a comunicar nuestras opiniones si creemos que coinciden con las de la mayoría. Por contra, si tenemos la sensación de que aquello que sentimos u opinamos no está en consonancia con aquello que asumen los demás, lo común es no decir nada. Por no expresar y refugiarnos en el silencio.

Este tipo de reacción tan recurrente entre los grupos sociales siempre ha sido objeto de estudio por parte de la psicología de la comunicación. De este modo, estudios más recientes, como los realizados por la Universidad de Viena, señalan algo interesante.

Las personas que se sienten parte de la mayoría se perciben a sí mismas más dominantes. Además, sus opiniones se tornan ruidosas y persistentes. Lo curioso es que esas opiniones de la gran masa no siempre son verídicas ni consistentes. Sin embargo, basta con que un grupo amplio defienda algo para que ese enfoque se vuelva más mayoritario. A pesar de que exista una minoría que opine lo contrario y opte por guardar silencio.

¿La ley del silencio es reflejo de nuestra cobardía? En absoluto

Llegados a este punto es posible que más de uno asuma que la ley del silencio es el reflejo de nuestra cobardía. Nada más lejos de la realidad. Fingir que estamos de acuerdo con la mayoría es el reflejo de nuestro instinto de supervivencia.

La politóloga Noelle-Neumann explicó que las personas disponemos de un sexto sentido: el órgano cuasi-estadístico. Este radar interno nos permite sondear el clima de opinión de nuestro entorno para meditar nuestras actuaciones y respuestas. Si percibimos que hay una opinión dominante, lo más común es que nos ajustemos a dicha perspectiva.

La razón de por qué aplicamos la espiral del silencio responde a nuestra necesidad básica por no sentirnos aislados. También por no sufrir las posibles represalias de los demás. Recordemos una vez más que los seres humanos somos criaturas sociales, y pocas cosas son tan traumáticas como ser rechazados, vivir en el aislamiento… O ser atacados.

El poder de los medios para manipular nuestra percepción social

Este dato no deja de ser interesante. Los medios y la publicidad son grandes hostigadores y moldeadores de la espiral del silencio. Pensemos en ello. Las redes sociales son a día de hoy nuestra ventana para ver y entender el mundo. Es muy frecuente que en ese escenario digital fluyan opiniones que de pronto se vuelven mayoritarias.

Vemos mensajes y noticias que se vuelven virales e incluso a influencers defender determinados puntos de vista. De pronto, ese sexto sentido que Noelle-Neumann definió como órgano cuasi-estadístico se da cuenta de que el clima de opinión va en una dirección muy marcada. ¿Qué pasa si nos atrevemos a ofrecer un punto de vista del todo opuesto?

Lo más probable es que seamos víctimas de una campaña de acoso y derribo en redes sociales. Por ello, en muchas ocasiones, optamos por caer en picado en esa espiral del silencio que, como los tres monos sabios de Confucio, eligen no ver, no oír y callar.

Aunque, tengámoslo presente: hay veces en las que merece correr el riesgo. Seamos una voz solitaria en medio de la gran masa, porque al fin y al cabo vale la pena ser coherentes con nuestros principios y valores.

viernes, 17 de junio de 2022

Mi pareja me estresa: ¿qué puedo hacer?

Puede que nuestra pareja nos estrese porque lleva una época complicada a nivel personal. Aunque también es posible que, por su personalidad, estemos chocando demasiado. ¿Qué podemos hacer en estas circunstancias?

“Mi pareja me estresa. Lleva una temporada de muy mal humor, se enfada por casi todo, apenas descansa y solo se fija en las cosas que hago mal”. Son muchas las personas que se sienten atrapadas en esta espiral emocional al ver cómo el ser amado les atosiga, les presiona o les “contagia” sus emociones de valencia negativa en un momento dado.

Por norma, si hay algo que nos gustaría es que nuestra relación de pareja no nos planteara desafíos tan demandantes. Los escenarios idílicos solo existen en las mentes de quienes aún no saben qué es la convivencia. Convivir es entender que las personas somos complejas y que siempre existirán factores internos y externos que pongan a prueba ese vínculo.

Sin duda, el más común es el estrés. Todos lidiamos con épocas más o menos complicadas en las que no podemos dar lo mejor de nosotros mismos a esa relación. Las preocupaciones, la angustia psicológica, las presiones o la incertidumbre pueden hacernos difíciles de soportar.

Estresarnos entre nosotros es algo muy recurrente. ¿Qué podemos hacer en estas circunstancias? Lo analizamos.

Cuando tu estrés o tu forma de ser me estresan

El estrés puede ser potenciado en una relación de pareja de muchas maneras. Por lo general, sucede poco a poco, como una niebla que al final todo lo opaca. Cuando uno o ambos miembros de un vínculo afectivo se encuentran supeditados en un estado mental de estas características, lo primero que aparece es la frialdad emocional. Las actividades placenteras se reducen y se apagan las emociones positivas.

Nuestra pareja nos puede estresar por su forma de ser o por estar lidiando con un problema personal. De este modo, cuando este estado psicológico aparece y se mantiene en el tiempo suceden muchas cosas en nuestro cerebro. Los recursos cognitivos se agotan, dejamos de pensar con claridad, nos volvemos hipervigilantes, irritables, falla la comunicación, la empatía…

Todo molesta, todo preocupa… En este escenario mental resulta muy complicado cuidar del afecto, ser receptivos, cariñosos o estar disponibles emocionalmente el uno para el otro.

Trabajos de investigación, como los realizados en la Universidad de Florida, destacan algo importante. El estrés, y cualquier efecto estresante -externo o interno-, puede ser objeto de ruptura en determinados casos. Todo depende de cómo se manejen esas situaciones.

Cuando tu pareja te estresa, esto es lo que puede ocurrir

Por lo general, cuando uno siente aquello de que “mi pareja me estresa” es muy común experimentar las siguientes realidades:
  • Sentir inquietud y malestar al ver que la otra persona no tiene en cuenta tus necesidades.
  • Sensación de que el otro solo prioriza sus preocupaciones.
  • Ansiedad cuando tienes a tu pareja al lado. Te sientes hipersensible y temes que en cualquier momento saque a relucir una crítica o algo que has hecho mal a su parecer.
  • Te sientes solo.
  • Tiendes a analizar cada una de sus palabras y conductas. Ese sobreanálisis al intentar comprender por qué hace lo que hace te agota.
  • Percibir que ya no pasáis ningún momento de calidad juntos.
  • Los enfados y las discusiones surgen cada vez con más frecuencia.
  • El estrés propio y ajeno te desgasta emocional y físicamente.

¿Qué hacer cuando tu pareja te estresa?

“Cuando mi pareja me estresa me siento vulnerable y solo. Su sola presencia me pone a la defensiva”. Esta percepción es muy recurrente entre quienes experimentan esta situación. Es prioritario en todos los casos poner en práctica una serie de estrategias para abordar este problema.

Definir el origen de esa sensación de estrés: ¿cuál es el problema?

Cuando surge un problema en una relación de pareja, lo primero que hacemos es buscar culpas. Y por lo general, se las atribuimos al otro. Esta no es una buena estrategia. Lo recomendable es realizar un acto de autorreflexión:

  • ¿Qué es lo que me estresa de mi pareja en concreto? –> La forma de comunicarse, la actitud ante los problemas, determinadas conductas, la forma en cómo me trata, etc.
  • ¿Hay algún factor externo que medie en esa situación? (problemas económicos, personales, etc.)
  • ¿Está atravesando mi pareja por alguna situación estresante a nivel personal?
  • ¿He hablado con él/ella sobre lo que está sucediendo?
Tal y como nos explican en un estudio de la Universidad de Georgia, la comunicación es clave para la satisfacción en una relación.

Si tu pareja te estresa, es necesario que hables sobre ello para comprender el origen de esa situación. Con independencia de si ese estrés se debe al choque de vuestras personalidades o a factores externos, es necesario abordarlo.

Dejar de reaccionar para actuar: ¿qué podemos hacer?

El estrés aparece cuando sentimos que carecemos de recursos para afrontar una situación. Si tu pareja te estresa, es que hay algo que no puedes manejar en vuestra relación, y como tal hay que abordarlo. Debes actuar y dejar de reaccionar a esa situación de manera negativa, echando culpas.

  • Si el origen de ese estrés se debe al choque de personalidades, es momento de tratar esa situación. ¿Qué debería hacer/cambiar mi pareja para mejorar la convivencia? ¿Qué debería hacer yo también para optimizar la armonía?
  • En el caso de que exista un factor externo que eleve el estrés de tu pareja y que eso te afecte a ti, también debe solucionarse. El apoyo al otro y trazar estrategias en conjunto para manejar esa situación puede servir de ayuda.

Aumentar las experiencias positivas frente a las negativas: ¿y si reformulamos esta situación?

Cuando estamos sumidos en una atmósfera de estrés, las experiencias negativas dejan sucederse. Aún más, el coste físico también se nota: se descansa peor, hay mayor tensión física. Si tu pareja te estresa, es momento de iniciar nuevas conductas, de regalaros tiempo en común de calidad.

La comunicación, promover cambios que mejoren la convivencia, apoyaros mutuamente y romper la rutina para disfrutar son aspectos fundamentales. Por ejemplo: hacer algo divertido juntos, sorprendeos el uno al otro, planear una escapada…

Aumentar las experiencias positivas amortigua la sensación de estrés e intensifica el vínculo. Tengámoslo presente.

jueves, 16 de junio de 2022

Inteligencia emocional práctica: oxitocina frente a cortisol

¿Qué podemos hacer para devolver a nuestro sistema nervioso la calma después de haber vivido una situación estresante? Esta es la gran pregunta que vamos a responder en este artículo.

Hace tiempo, navegando por la red, encontré un vídeo que me llamó la atención sobre inteligencia emocional práctica. Era una breve, pero interesante conferencia de Marian Rojas-Estapé. En ella contaba que una vez, en un aparcamiento subterráneo, volviendo a su coche, la habían intentado atracar y había conseguido escapar. Lo más interesante no fue cómo consiguió librarse de la amenaza, sino cómo consiguió tranquilizarse después.

Marian confiesa que la experiencia la alteró mucho. Regresó a casa conduciendo muy nerviosa y por el camino habló con su marido de manera poco coherente, empleando frases cortas y desconectadas. Como si su cerebro hubiera sido secuestrado por el cortisol, producto del estrés.

Cortisol y oxitocina (inteligencia emocional práctica)

Todos hemos vivido situaciones de este tipo. Esas en las que sentimos que el corazón se pone a latir tan fuerte que parece que se nos va a salir por la boca. Son momentos en los que actuamos de manera poco consciente, instantes en los que fiamos prácticamente todo a nuestra intuición. Porque es más rápida y es buena procesando una enorme cantidad de información, y en esos momentos los detalles pueden ser muy importantes.

Marian escapó de la situación diciéndole al atracador que el coche de lujo que había aparcado al lado del suyo pertenecía a otra persona. Probablemente, su afirmación, su reacción, desconcertó al atracador, que esperaba lucha, rendición o huida, no esa afirmación.

Los expertos dicen que cuando el cortisol se dispara de esta manera, tardamos horas en recuperar nuestros niveles basales. Eso que hemos escuchado alguna vez, o dicho, de que “todavía no me he recuperado del susto”. No se trata de una metáfora, sino de algo literal. Nuestro cuerpo necesita tiempo para volver a sus niveles basales de activación después de una alteración de este tipo, con el desgaste energético que esto supone.

Esto es así porque a lo largo de la historia ha hecho que nos adaptemos mejor al medio. “Nuestra biología ha aprendido” -la selección natural ha hecho su efecto- que para escapar de amenazas importantes necesitamos mucha energía, de ahí que nuestro cuerpo se prepare para gastarla. También ha aprendido que cerca de una gran amenaza pueden existir otras importantes, por lo que se prepara para gastar energía durante un periodo relativamente prologado de tiempo.

Sin embargo, en el mundo moderno, para sobrevivir a estas amenazas no necesitamos correr, sino inteligencia emocional práctica. Además, una vez que entramos en un espacio seguro, la amenaza suele desaparecer de manera instantánea.

Por otro lado, vivimos en un mundo tan sobreestimulado, que tenemos un tanto desquiciado nuestro sistema de alerta. Es como si viviéramos en una hipervigilancia continua.

Por ejemplo, mirando el teléfono, por si nuestro jefe nos escribe. En este sentido, el condicionamiento aversivo puede ser tan poderoso que antes de leer ese mensaje que nos ha mandado nuestro jefe, nuestro cuerpo se haya puesto en el mismo estado en que entraría si tuviéramos un atracador al lado.

Actuar para recuperar el control

Ahora, ¿qué podemos hacer para volver a la calma? A partir de nuestra inteligencia emocional práctica, ¿con qué recursos podemos contar para volver a nuestro estado basal?

Marian no se propuso este objetivo de manera consciente, solo amamantó a su bebé al llegar a casa y se dio cuenta del efecto que tenía sobre su sistema nervioso. Sus niveles de oxitocina subieron y su cuerpo se relajó.

La cuestión es que esta no es una medida que podamos tomar todos en cualquier momento. Luego, la pregunta es qué otras cosas podemos hacer (inteligencia emocional práctica) que hagan que suban nuestros niveles de oxitocina para conseguir el mismo efecto relajante y anestésico (sabemos también que niveles altos de oxitocina reducen la intensidad del dolor).
  • Círculo social: de manera individual, podemos contar con muchos recursos. Sin embargo, si contamos con personas a nuestro alrededor estos se multiplican. Vivir con la sensación de que hay personas que, llegado un momento de apuro, nos pueden echar una mano, hace que muchas situaciones potencialmente amenazantes dejen de serlo.
  • Contacto físico: los abrazos que duran calman. Los brazos del otro, rodeándonos, actúan como una bombona de oxígeno, permitiéndonos respirar mejor.
  • La vuelta tranquila a nuestro interior: siempre podemos intentar recuperar el control de nuestra a tención, dejar de enfocarla al futuro o al pasado si de ahí proviene aquello que nos angustia.
  • El llanto en cuanto a liberación emocional: llorar actúa como un liberador de emociones, disminuyendo de esta manera los niveles de cortisol en sangre (hormona del estrés) y aumentando los de oxitocina. Es por esto que, tras un episodio de llanto, encontramos alivio y calma.
  • La bondad y la generosidad: ofrecer, dar, prestar, en definitiva, hacer que la vida de otros sea más fácil también nos ayuda a liberar oxitocina.
Nuestras emociones pueden ser automáticas. El miedo lo es. La activación de nuestro sistema parasimpático hace que el cortisol aumente.

La buena noticia es que nosotros contamos con posibilidades naturales, constructivas y que refuerzan los lazos con los demás (inteligencia emocional práctica) para ayudarnos a volver a un estado basal después de haber sufrido una activación importante.

miércoles, 15 de junio de 2022

10 patrones tóxicos en la relación de madre e hija

Para sanar la relación madre-hija es preciso identificar posibles patrones tóxicos. Este será el primer paso para empezar a reparar el vínculo.

El vínculo que construimos con nuestra madre es, tal vez, el más importante a lo largo de nuestra vida. No obstante, no siempre las relaciones entre madres e hijas son positivas y constructivas; de hecho, en muchos casos, pueden aparecer ciertos rasgos que ponen en evidencia la existencia de patrones tóxicos.

La aparición de este tipo de comportamientos puede afectar a la seguridad y la autoestima de las hijas y dejar profundas secuelas en el autoconcepto. En este artículo vamos a explorar diez patrones tóxicos en la relación madre e hija, buscando identificar sus principales características y algunos consejos para restaurar el vínculo o, al menos, sanar las heridas y perdonar.

Por supuesto, todas las interacciones entre madre e hija son diferentes y los conflictos entre estas son, en general, normales. No obstante, la presencia de los siguientes patrones en la relación y la prevalencia exagerada de uno o más de ellos puede ser un campanazo de alerta que nos invite a revisar la relación que, siendo hijas, hemos construido con nuestra madre y busquemos sanarla y encaminarla al mutuo bienestar.

1. Menosprecio

Un primer rasgo tiene que ver con el hecho de desdeñar o quitar mérito a todo lo hecho por la hija. Las madres que recurren a este comportamiento suelen hacer sentir insignificantes a sus hijas, haciéndolas dudar constantemente de sus propias capacidades.

Esto, a su vez, puede generar en las hijas la creencia de que nada de lo que hagan será suficiente para satisfacer a sus madres, emprendiendo una búsqueda infructuosa de amor y reconocimiento.

2. Narcisismo

En segundo lugar y profundamente ligado al rasgo anterior, las madres narcisistas pueden generar también patrones tóxicos en la relación con sus hijas.

Por un lado, este tipo de madres pueden ver a la hija como una proyección de ella misma, como una extensión de su propia vida, lo que puede motivar que menoscaben la identidad de sus hijas y les impidan su desarrollo interior. En el intento de hacer de sus hijas una versión ideal de ellas mismas pueden provocarles un profundo daño en su autoestima.

Por otro lado, la relación estará centrada la madre, es decir, tenderán a ignorar las emociones de la hija y a buscar ser el centro de atención.

3. Madres competitivas

Sumado a lo anterior, otro rasgo problemático en la relación entre madre e hija es la presencia de sentimientos de celos y envidia de las madres hacia las hijas. Esto genera comportamientos competitivos que pueden afectar a la autoconfianza de las hijas.

Son madres que perciben a sus hijas como una amenaza o como una rival a derrotar, por lo cual pueden llegar a acciones como sabotearlas en sus relaciones o su trabajo y menospreciarlas en público.

4. Madres invasivas

Por otra parte, las madres invasivas e irrespetuosa de los límites también suelen generar un vínculo tóxico con sus hijas. Conductas como leer su diario personal e invadir su privacidad serían ejemplos de este rasgo. En este tipo de casos suele verse afectada la confianza y el respeto entre las dos partes.

5. Ser demasiado controladora

Otro patrón tóxico aparece cuando la madre es en demasiado controladora, teniendo serias dificultades para reconocer la validez de sus hijas como personas autónomas y libres.

Con la excusa de preocuparse por ellas y de hacer todo “por su bien”, son madres que no permiten que sus hijas tomen decisiones ni que se reafirmen como individuos. Esto termina traduciéndose como falta de confianza en el criterio de la hija, lo que a largo plazo puede generarle inseguridad y pérdida de la autoconfianza.

6. Vínculo ambivalente

De manera adicional, las madres que generan vínculos ambivalentes y ambiguos con sus hijas también pueden provocar afectaciones negativas en la relación. Estamos hablando de madres que suelen ser pasivo-agresivas en su comunicación y que algunos días son amorosas y consideradas y otros días son indiferentes o crueles. Este tipo de trato genera incertidumbre e inestabilidad emocional en sus hijas.

7. Distancia emocional

Otra forma de vínculo tóxico entre madre e hija se da cuando las madres no exhiben sentimientos ni muestras de cariño hacia sus hijas. Es decir, no hay contacto físico como caricias o abrazos e incluso no hay palabras afectuosas ni manifestación explicita de amor.

Esto provoca una desconexión emocional que puede desencadenar secuelas en la vida adulta, como incapacidad de conectar emocionalmente con otras personas o, por el contrario, excesiva dependencia emocional.

8. Madres dependientes

También puede generarse un vínculo negativo cuando las madres son en exceso dependientes de sus hijas. En estos casos, son las hijas quienes se convierten en cuidadoras de la propia madre, incluso desde edades muy tempranas.

Esto erosiona la relación entre madre e hija, pues se invierten los roles y se genera en la hija una sobrecarga en relación a las tareas del cuidado. El fenómeno suele darse sobre todo en madres jóvenes con muchos hijos y con una hija mayor.

9. Chantaje emocional

Otra forma de dependencia es la de tipo emocional, la cual también puede convertirse en un rasgo nocivo de la relación entre madres e hijas.

En este tipo de situaciones, las madres consideran a las hijas responsables absolutas de su felicidad y sus tristezas. Hay constantes reproches y manipulación, e incluso suelen mencionar cómo tuvieron que sacrificar su juventud y sus sueños por cuenta de la maternidad.

10. Madres autoritarias

Finalmente, las madres en exceso autoritarias también generan una relación nociva con sus hijas. Por ejemplo, cuando manifiestan una fuerte fijación a los roles tradicionales de género y esperan que sus hijas mantengan la actitud sumisa históricamente atribuida a las mujeres. O también cuando exhiben comportamientos intransigentes o violentos cuando se sienten desautorizadas o desobedecidas.

Este tipo de relación hace que las hijas puedan crecer con una relación de sumisión o de rebeldía hacia las figuras de autoridad.

¿Cómo restaurar el vínculo entre madre e hija?

Por último, no olvides que ninguna madre es perfecta y todas cometen errores. Aun así, es importante identificar este tipo de patrones tóxicos para reparar el vínculo y evitar repetirlos en la relación con nuestras hijas.

Entender que ahora somos adultas y que podemos poner límites en la relación con nuestra madre es un paso fundamental para sanar la relación. Adicional a esto, también resulta necesario superar la sumisión infantil y reafirmar nuestra autonomía para tener un vínculo más afectuoso, basado en el cuidado y respeto mutuo.

Finalmente, y teniendo en cuenta la historia particular de cada una, es posible que sea necesario buscar ayuda profesional para las dos y así reconstruir poco a poco la relación madre e hija.

martes, 14 de junio de 2022

12 tipos de actitudes del ser humano

Conoce cuáles son las actitudes más comunes, así como los contextos en los que suelen darse y las circunstancias más favorecedoras.

En nuestras vidas podemos encontrar diferentes actitudes que dan lugar también a distintos comportamientos. Una de las conferencias más vistas y reseñadas de lo que va de siglo tiene que ver precisamente con la actitud como motivadora del cambio.

Así, entendemos que hay variables que no podemos controlar. Partiendo de esta aceptación, se trata de cómo nos posicionamos frente a eso que ocurre, qué hacemos con lo que sí podemos controlar y qué significado le damos a la adversidad. Esto es en buena medida lo que nos define, el hilo que une a los grandes eventos de nuestra vida.

Definición de actitud

Cada uno de nosotros viaja con un conjunto de creencias, emociones y comportamientos que condicionará nuestra manera de posicionarnos ante los cambios en el entorno. De hecho, nos permite responder de manera más rápida y controlada a la incertidumbre.

Es precisamente a esta forma que tenemos de actuar y de disponernos frente a determinados estímulos a lo que llamamos actitud. En palabras más concretas, una actitud es una organización de creencias y cogniciones equipadas de una carga afectiva en favor o en contra de un objeto social definido, que predispone a una acción (Rodríguez, 1987).

La actitud siempre remite a algo más allá de sí misma, a un objeto de actitud. Estos objetos pueden ser concretos o abstractos (la libertad, la igualdad), pueden ser ideas, opiniones o conductas, personas o grupos. La actitud puede desarrollarse ante cualquier cosa y puede ser positiva (favorable) o negativa (desfavorable).

La estructura que da origen a una determinada actitud es básicamente la integración de las evaluaciones basadas en uno, dos o tres de sus componentes (creencias, emociones y conductas). Los juicios de cada uno de ellos pueden no coincidir.

Por ejemplo, las creencias pueden ser favorables al objeto, mientras que los sentimientos son desfavorables. Cuando los elementos de uno de los componentes, o los componentes entre sí, no son consistentes en acción, las actitudes son ambivalentes (Orduña, 2020).

Funciones de las actitudes

¿Qué función tienen las actitudes en nuestras vidas? ¿Por qué son tan importantes? De acuerdo con Katz (1960), son cuatro las funciones básicas que podemos destacar de las actitudes:

  • Organización del conocimiento: constantemente estamos siendo estimulados por el entorno, por lo que nuestra mente necesita estructurar, organizar y darle coherencia a la información. Las actitudes nos ayudan en esto, estructurando y organizando la información en términos positivos y negativos. Así, gracias a ellas podemos predecir lo que podemos esperar ante determinadas situaciones.
  • Función instrumental: las actitudes nos ayudan a obtener refuerzos o evitar castigos. Nos permiten lograr nuestras metas y tener ciertos beneficios. Por ejemplo, tener una buena actitud para trabajar puede ayudarnos a que el empleador se fije en nosotros.
  • Función de identidad y expresión de valores: solemos manifestar nuestras actitudes expresando opiniones sobre diferentes asuntos. Estas expresiones nos sirven para informarles a los demás sobre quienes somos en lo que se refiere a valores y principios.
  • Función defensiva del yo: las actitudes también nos pueden ayudar a defender nuestro yo. Nos ayudan a mantener nuestra autoestima y autoconcepto de tal manera que nos sintamos satisfechos y en consonancia con lo que somos.

12 tipos de actitudes

Existen varios tipos de actitudes clasificadas según diferentes criterios. Esta clasificación no implica que sean excluyentes. Las actitudes son dinámicas e interactúan unas con otras.

1. Según su valencia
  • Actitud positiva: este tipo de actitud nos permite realizar evaluaciones favorables sobre el objeto de actitud. Nos acerca a él y nos ayuda a la consecución de los objetivos que nos hemos propuesto. Induce en nosotros optimismo, aunque las circunstancias sean desalentadoras.
  • Actitud negativa: es una predisposición desfavorable y pesimista ante el objeto de actitud. Puede llevar a rendirnos antes las dificultades y a no luchar de manera activa por el cambio en caso de ser necesario. Puede propiciar en nosotros un comportamiento evitativo y una respuesta quejumbrosa.
2. Según la orientación a la actividad
  • Actitud proactiva: es una de las actitudes que nos ayudan a tomar la iniciativa. Promueve la creatividad y la innovación.
  • Actitud reactiva: a diferencia de la anterior esta actitud no es activa, sino pasiva. Es una disposición a simplemente reaccionar a la estimulación externa. Con ella no tenemos la voluntad de actuar de manera proactiva.
3. Según la motivación para actuar
  • Actitud interesada: es aquella en la que solo nos interesamos en realizar nuestros propios objetivos sin tener en cuenta las necesidades de las otras personas. Buscamos un beneficio para nuestras vidas a expensas de los demás.
  • Actitud altruista: nos lleva a beneficiar a los demás, incluso colocando en un segundo plano nuestras necesidades y deseos. No hay interés en conseguir un beneficio propio a través de la labor que se realiza para los demás.
4. Según la relación con los demás
  • Actitud colaboradora: entre los diferentes tipos de actitudes esta nos ayuda a promover la interacción con las personas y a buscar en conjunto soluciones ante las adversidades. Promueve el trabajo en equipo para la consecución de objetivos compartidos.
  • Actitud manipuladora: esta actitud nos lleva a considerar a los demás como un instrumento o herramienta.
  • Actitud agresiva: es una manera de comportarnos donde provocamos, ofendemos o irrespetamos a los demás. Con ella podemos llegar a subvalorar a las personas y a pasar sobre ellas.
  • Actitud pasiva: a nivel relacional, este tipo de actitudes nos llevan a no tomar iniciativas y a esperar que sean las otras personas quienes lo hagan. Puede incluso propiciar dependencia.
  • Actitud asertiva: es un tipo de actitud en la que defendemos nuestros derechos y principios sin irrespetar a nadie. Nos ayuda también a expresarnos sin pasar por encima de otros.
  • Actitud permisiva: nos puede llevar a ser personas que toleran la trasgresión de la norma. Es una actitud en la que consentimos las cosas sin ofrecer resistencia, aunque sea perjudicial.
¿Las actitudes se aprenden o se heredan?

Las actitudes tienen un gran componente de aprendizaje. En nuestra interacción con el contexto y con las experiencias que hemos ido acumulando a lo largo de los años, vamos construyendo ciertas actitudes ante la vida y el mundo. Este aprendizaje puede darse por asociación, reforzamiento, observación o modelamiento.

También hay evidencia de que ciertas actitudes pueden tener un correlato genético que ha favorecido nuestra supervivencia, como el miedo a las serpientes o el asco ante ciertos olores. De hecho, se ha encontrado que, en gemelos idénticos, las actitudes correlacionan a niveles más altos que en gemelos no idénticos, incluso si han sido separados al nacer (Baron y Byrne, 2005).

Las actitudes son una interacción de factores ambientales (aprendizajes) y genéticos (herencia) que determinan la conducta que se tendrá antes ciertas circunstancias, con la finalidad de organizar el conocimiento, reafirmar nuestra identidad, expresar nuestros valores o proteger nuestra autoestima y autoconcepto.