domingo, 7 de junio de 2020

La proyección, la represión y la negación según Sigmund Freud

Reprimir lo que duele, negar lo que molesta o proyectar las carencias propias en los demás, son ejemplos de esos mecanismo de defensa que definió Sigmund Freud en su momento y que siguen siéndonos de utilidad.

Cuando hablamos de mecanismos de defensa, casi de manera automática, visualizamos el rostro de Sigmund Freud. Hay quien opina que aquello que nos legó la teoría psicodinámica está más que obsoleto. Sin embargo, asumir esto sería un error. Procesos como la proyección, la represión y la negación son un legado directo de la escuela freudiana y que, a su vez, ha heredado la escuela cognitiva.

Aunque eso sí, la designación ha cambiado. Los mecanismos de defensa reciben ahora el nombre de cogniciones irracionales y nos ayudan a comprender, por ejemplo, muchos de los esquemas mentales asociados a la ansiedad.

Aunque Albert Ellis y Aaron Beck, referentes y promotores de la teoría cognitivo-conductual, rechazaran en un principio esos mecanismos inconscientes que definió Freud, lo que hicieron en realidad fue llamarlos de otro modo.

Por tanto, la idea de que las personas sufrimos conflictos internos y que muchos de estos tienen su origen quizá en nuestra infancia, educación o experiencias tempranas sigue estando vigente. Bien es cierto que muchos de los modelos freudianos como el desarrollo psicosexual son completamente caducos e inconsistentes, sin embargo, es inevitable dar por válidas realidades como el autoengaño.

Todos hemos hecho uso en más de una ocasión de algún mecanismo de defensa. La vida, nuestras relaciones y experiencias son en ocasiones tremendamente complejas. Utilizar estas estrategias nos ayuda a sofocar el sufrimiento y permitirnos sobrevivir en un entorno en ocasiones caótico. ¿Pero a qué coste? A uno inmenso. Porque a largo plazo nos sumen en estados de elevado desgaste psicológico.

La proyección, la represión y la negación ¿en qué consisten?

La proyección, la represión y la negación son posiblemente los mecanismos de defensa más conocidos y los más usados. No importa que haga más de un siglo desde que Sigmund Freud y su hija Anna Freud los definieran. Los seguimos aplicando sin darnos cuenta y aún más, muchas de las personas que conviven a nuestro alrededor los usan con nosotros también.

Estos recursos forman parte de la teoría de la personalidad que Freud definió en su día. En ella, explicó que la mente queda cautiva de tres tipos de fuerzas muy concretas: la de nuestros impulsos, los valores o normas sociales y el ego.

La escuela cognitiva, por su parte, deja a un lado ese tipo de conflictos mentales. Para ellos, la mente no está fragmentada en un ello, un yo o un superyó. La mente es una entidad unitaria que, debido a la educación, experiencias o interpretaciones propias, hace uso de unas ideas claramente irracionales.

Estas ideas sin sentido y dañinas, son las que nos sumen en los estados de ansiedad. Son también, esas interpretaciones erróneas que hacemos de las cosas y que, a corto plazo, merman nuestro potencial humano. También la capacidad de ser felices. Por tanto, hay algo evidente. Más allá de la teoría psicodinámica o la cognitivo-conductual hay algo claro.

Los mecanismos de defensa como la proyección, la represión y la negación nos ocasionan sufrimiento. Más que protegernos contra este lo que hacen en realidad es impedirnos el cambio. Por ejemplo, negarme a mí mismo que esa ruptura afectiva no me ha afectado no hace más que dejarme en la misma situación. Esa en la que desconfiar de todos, en la que negarme a amar de nuevo y a no reconocer, que estoy sufriendo. Analicemos por tanto estos tres mecanismos de defensa.

La proyección: cargo sobre ti aquello que no he resuelto de mí mismo

La proyección es ese mecanismo de defensa tan común entre las personas. Puede ser cargar al otro tanto a nivel positivo como negativo. En este último caso, lo que hacemos es atribuir a los demás carencias, culpas o defectos propios. Dicho de una manera sencilla: lo que uno critica en los demás tiene que ver con él mismo, con algo de su personalidad que le disgusta o de lo que carece.

Por contra, también hacemos uso de la proyección positiva de manera recurrente, sobre todo, cuando estamos enamorados. Lo hacemos al atribuir al ser amado dimensiones, capacidades y virtudes que no son reales. Todo ello es una forma inconsciente de hacernos daño, porque estamos creando una figura idílica que poco tiene que ver con la realidad.

La represión: cuando la mejor estrategia es esconder lo que duele

Cuando Freud y su hija Anna definieron la proyección, la represión y la negación no conocían aún la relevancia de las emociones en el bienestar humano. En el caso de la represión, es clave. Porque el ser humano no solo tiende a menudo a reprimir ideas, recuerdos o pensamientos. Si hay algo que hacemos con mayor frecuencia es reprimir lo que sentimos.

Dejar a un lado lo que duele es el recurso más económico y desesperado de la mente. Sin embargo, es el que mayor coste tiene para nuestro equilibrio psicológico; de ahí los trastornos de ansiedad, las depresiones…

La negación: lo que me duele o me molesta no existe

Entre la proyección, la represión y la negación podríamos decir que la más usada es sin duda esta última. Pero cuidado, no por usarla con mayor frecuencia es menos inocua; todo lo contrario.

En el tema de las adicciones es la más evidente y lesiva. La usa el adicto al alcohol cuando dice que lo tiene controlado. También el heroinómano ocasional que se dice aquello de que una dosis de vez en cuando y en momentos de ocio no hace daño.

Asimismo, la negación es muy común en esas relaciones de pareja dependientes y dañinas. Es esa mujer o ese hombre que niega la evidencia, que no quiere ver el maltrato o la manipulación emocional, porque para ellos el amor es eso.

Son como vemos, realidades tan complejas como lesivas en las que cae de manera frecuente buena parte de la población. Los mecanismos de defensa que nos dejó la teoría psicodinámica siguen muy vigentes.

Conocerlos, tenerlos en cuenta y sobre todo, detectarlos para desactivarlos, nos permitirá tener una mejor calidad de vida.

sábado, 6 de junio de 2020

La falacia del costo hundido: un factor de sufrimiento

No es fácil distinguir cuál es el momento de perseverar ante las dificultades y cuál es el momento de abandonar, porque ya las cosas no tienen manera de funcionar. La falacia del costo hundido habla acerca de la resistencia a aceptar los grandes fracasos y seguir adelante.

Para entender la falacia del costo hundido vale la pena traer a colación una historia que muchos conocen: la del Concorde, el avión supersónico que es recordado por todos como un gran fiasco. Este avión francés comenzó a pensarse en 1962 y desde el comienzo se anunció como una aeronave casi mágica, por sus lujos, su velocidad y cientos de detalles que lo hacían único.

El Concorde vio la luz en 1967, pero desde un año antes fue anunciado como un milagro de la aviación. Esta aeronave podía hacer en apenas 3 horas y media recorridos que normalmente tardan 8 horas o más. Todo el mundo estaba a la expectativa, pero pronto aparecieron los problemas. El costo de operación era tan alto que superaba con creces los ingresos.

El avión consumía combustible en cantidades industriales y, finalmente, de los 100 Concorde que se construyeron, solo 14 entraron en operación. El mantenimiento era una odisea y el 25 de julio del año 2000 hubo un accidente con saldo de 113 muertos. Allí también murió este modelo aeronáutico y se convirtió en uno de los grandes fracasos de la aeronáutica. Lo que sintieron sus creadores e impulsores ilustra el tema de este artículo: la falacia del costo hundido.

La falacia del costo hundido

La falacia del costo hundido es un sesgo de pensamiento, es decir, un error de apreciación que pasa desapercibido para muchos. Tiene que ver con lo que ocurre cuando se invierten grandes esfuerzos y recursos por sacar adelante alguna realidad y luego se hace todo lo humanamente posible por mantenerlo a flote, pese a que las evidencias indican que se trata de una pérdida y de un fracaso.

También podría definirse como un proceso de negación frente a una pérdida inminente. Aplica, como en el caso del Concorde, a proyectos empresariales, pero también a todos los aspectos de la vida. Esto incluye relaciones amorosas o familiares, asuntos laborales, planes personales, etc.

El sesgo de la falacia del costo hundido está en la incapacidad de reconocer la derrota a tiempo y, en lugar de ello, insistir hasta el cansancio en mantener la idea y la expectativa inicial. En general, esto suele agravar significativamente lo que ya es un gran problema.

El costo hundido y el estancamiento

La falacia del costo hundido lleva a alguna forma de estancamiento que, a veces, resulta muy nocivo para quien lo vive. Por ejemplo, cuando alguien estudia una determinada carrera y a la mitad se da cuenta de que la detesta, pero decide continuar para «no perder» lo que ya ha invertido en ella. Algo similar puede ocurrir con un matrimonio o con una relación de pareja.

También ocurre con pequeñas cosas como, por ejemplo, una compra cara y, en cierto modo, inútil. Un vestido por el que se pagó mucho dinero y que nunca terminó de quedarnos bien, pero permanece en el armario porque costó mucho y no existe la disposición psicológica para deshacerte de él.

La falacia del costo hundido también es conocida como falacia de las pérdidas imborrables o falacia del costo irrecuperable. Se ha establecido que el punto crítico en este tema es cómo incide en la toma de decisiones hacia el futuro. Afecta más a quienes no se permiten perder o tienen una fe irracional en lo que hacen, o simplemente son obstinados en extremo.

Aprender a perder

Volvamos al comienzo. Las compañías aeronáuticas no hacen inversiones descomunales, como la del Concorde, sin antes evaluar muy bien la situación. Sin embargo, hasta en esos casos hay errores: aspectos que se pasan por alto, previsiones mal construidas o circunstancias fortuitas que no se han contemplado. En pocas palabras, ningún proyecto, personal, laboral o empresarial tiene total garantía de éxito.

Si alguien se aferra tercamente a la negación de un fracaso, es muy probable que de allí en adelante inicie una cadena de nuevos fracasos. Así como se necesita valor para iniciar un proyecto, también se requiere de mucha valentía para abandonarlo cuando ha llegado el momento. De todos modos, es mejor asumir la pérdida de expectativas, esfuerzos o dinero a tiempo, en lugar de prolongarla.

Resistirte a perder es entrar en un callejón sin salida. Más tarde o más temprano vas a tener que aceptarlo, pero si es temprano, mucho mejor para ti. En todos los aspectos de la vida hay que aprender a admitir que el fracaso existe y que la actitud más inteligente frente a este es aprender de ello y pasar la página a tiempo.

viernes, 5 de junio de 2020

Las buenas intenciones si se acompañan de acciones, cambian el mundo

¿Sabías que aunque una imagen se vea cientos de veces, muchos detalles de la misma pasan completamente desapercibidos? Te lo contamos.

El experimento Branded in memory pone en primer plano el hecho de que la memoria humana no es simplemente un almacén donde se guardan los datos. El cerebro humano no funciona como una máquina y funciones como la memoria también están dotadas de imaginación y creatividad. En otras palabras, hay grandes variaciones en la forma como cada persona que recuerda las cosas.

Las grandes empresas del mundo ponen mucho énfasis en fomentar el recuerdo de sus marcas. Por eso, diseñan logotipos y crean eslóganes que se fijen rápida y fácilmente en la memoria de todo el público. El objetivo es que, por ejemplo, con tan solo mirar un logo, ya se identifique la empresa a la que pertenece. Sin embargo, el experimento Branded in memory prueba que no siempre esto funciona.

El hallazgo del experimento Branded in memory es interesante porque muestra que la mente humana no es tan maleable como algunos lo suponen. Esos baches o esas tergiversaciones en la memoria muestran que las personas apropian y adaptan los contenidos que reciben y los organizan a su modo. Por más esfuerzo que se haga por imprimir un sello en la mente, no se logra del todo.

El experimento Branded in memory

El experimento Branded in memory fue publicado por el portal Sings. Tras una exploración al respecto, determinaron que las marcas Apple, Ikea, 7-Eleven, Starbucks, Target, Wallmart, Adidas, Burger King, Domino’s y Foot Locker tenían un amplio potencial de recuerdo entre los usuarios y estaban muy presentes en la vida cotidiana de muchos ciudadanos estadounidenses.

Para ellos, se reclutó a 156 voluntarios, la mitad de ellos hombres y la mitad mujeres, de diferentes edades con una media de 34 años. A todos ellos, se les pidió que dibujaran, con la mayor precisión posible, los logotipos de alguna de estas empresas. Lo que se quería verificar era el grado de recordación de esos símbolos.

Recordemos que un logotipo es un símbolo empleado en publicidad para representar e identificar una marca. Se diseñan con mucho cuidado, con el objetivo de que sean fácilmente reconocibles por los usuarios y que transmitan determinadas sensaciones. Por lo mismo, los logotipos están presentes en todos los productos de una compañía, así como en sus piezas publicitarias, etc.

La visualización frecuente de esos logotipos hace que la gente se familiarice con ellos e identifique la marca con solo mirarlo. Este símbolo, a su vez, transmite determinada imagen de la compañía y determinados valores en torno a la misma.

Los resultados iniciales

El equipo de Sings logró recopilar un total de 1 500 dibujos de logotipos elaborados por los voluntarios. Los mismos fueron cuidadosamente examinados por los investigadores que encontraron en ellos varias sorpresas. La primera de ellas fue que, en efecto, la gente recuerda los logotipos y los asocia con las marcas correspondientes, pero a la hora de dibujarlos son muy inexactos.

El logotipo que los voluntarios reprodujeron mejor fue el de Ikea, pero solo un 30 % de quienes participaron en el experimento Branded in memory lograron dibujarlo correctamente. El logo que menor nivel de aciertos tuvo fue el de Starbucks: únicamente un 6 % de los sujetos fue capaz de reproducirlo fielmente. El error más frecuente fue el de dibujar a la sirena sin corona.

Los investigadores detectaron que, en realidad, esos logotipos se graban borrosamente en la memoria. No es algo a lo que se le preste mucha atención. Se concluyó, en todo caso, que cuanto más simple es un logo, más fácilmente se recuerda. Por ejemplo, una de cada cinco personas fue capaz de reproducir fielmente el logo de Apple, aunque un 15 % de ellos dibujaron el mordisco en la manzana al lado opuesto.

Otros resultados

Otra de las conclusiones de este estudio señala que la gente tiende a recordar los logos iniciales de la compañía. Por ejemplo, en el caso de Burger King, una buena cantidad de voluntarios pintaron una corona, pese a que ese elemento fue retirado del logotipo hace 50 años. Asimismo, muchos de los participantes dibujaron el logo de Apple con colores, aunque estos fueron suprimidos en 1998.

Por otro lado, se detectó que lo que más se recuerda de los logos son los colores de estos. Este era el aspecto en el que había mayor cantidad de aciertos, lo que hace suponer que tiene un alto nivel de recuerdo. En cambio, la gente tiende a suprimir de su memoria los detalles como mayúsculas y minúsculas, figuras pequeñas, etc.

En realidad, lo que se graba en la memoria es lo que despierta gran interés y los logotipos no son precisamente lo que más exige atención de la gente. No obstante, es claro que muchas personas recuerdan globalmente las marcas, a través de sus logotipos y que estos constituyen un elemento de identidad muy fuerte para las empresas.


jueves, 4 de junio de 2020

El lastre del auto-sabotaje

El auto-sabotaje comprende todas aquellas acciones que realizamos para entorpecer o anular nuestros objetivos. Estos objetivos frustrados son precisamente los que nos permitirían alcanzar logros importantes en nuestras vidas y rozar el éxito. Las formas más comunes de auto-sabotaje involucran conductas como la indecisión, la postergación, las adicciones de cualquier tipo, dormir poco o comer en exceso.

De otro lado, las personas también se auto-sabotean cuando niegan sus sentimientos, se comparan con otros para sentirse inferiores o establecen relaciones que los derriban emocionalmente. En muchos casos, este comportamiento parte de ignorar lo que uno quiere y lo que uno necesita.

Hay personas que se someten a dietas exigentes para bajar de peso y gozar de una buena salud, e incluso las acompañan con una serie de ejercicios físicos. Sin embargo, al terminar el día se auto-sabotean consumiendo cualquier cantidad de comida chatarra y muchas veces en exceso, con cualquier tipo de  excusa. El resultado final es que mandan al traste todo el esfuerzo desplegado durante la jornada.

En otros casos, nos preparamos a conciencia para optar a un ascenso laboral, porque consideramos seriamente la posibilidad de mejorar nuestra calidad de vida o porque tenemos inquietud por enfrentar retos mayores. Sin embargo, a la hora de concretar el deseo por el que tanto hemos trabajado sobreviene el auto-sabotaje.

Un estado de indecisión y de angustia nos asalta y hace que desistamos de la idea inicial y continuemos igual que antes: las dudas de si estamos preparados o no, de si seremos capaces o no nos terminan dejando en el sitio en el que estábamos al principio, sin más responsables de nuestra estaticidad que nosotros mismos.

Origen del auto-sabotaje

Cuando nos proponemos alcanzar una meta y saboteamos nuestro progreso, nuestra auto estima se ve seriamente comprometida. En el fondo lo que se impone es un miedo que tiene un origen inconsciente. Es seguramente el resultado de una experiencia negativa adquirida durante la niñez, que aún no hemos logrado clarificar y, mucho menos, resolver.

Muchos de estos patrones de conducta se originaron durante la niñez. Probablemente están asociados con el tipo de relación que establecimos con nuestro progenitor de sexo opuesto. Es decir, de la niña con su padre, o del niño con su madre. Nos convertimos en el centro de atención de nuestro progenitor del sexo opuesto, mientras nuestro otro progenitor era desplazado.

De esta fantasía, que se asume como real, se desprenden dos consecuencias reales. La primera es que no podemos ser la pareja de nuestro progenitor, pese a que haya un fuerte deseo inconsciente de serlo. Y la segunda, que se genera un estado de culpa insostenible, porque hemos desplazado del plano afectivo a nuestro progenitor del mismo sexo. Sea de un lado o del otro, si participamos en esta dinámica desde pequeños cargaremos con una peso que no existe, pero que sí tendrá efectos en la realidad actuando como un poderoso lastre.

¿Cómo evitar el auto-sabotaje?

Lo primero es ser conscientes de que nos estamos saboteando. Esto no es tan fácil como parece, porque recordemos que se trata de un comportamiento inconsciente. El fracaso inicialmente nos genera culpa y frustración. Tenemos la tendencia a ser implacables con las evaluaciones que hacemos de nosotros y de nuestros resultados. Por eso resultaría positivo ser flexibles y tratar de identificar con mayor precisión lo que nos induce al fracaso.

Nos falta identificar con claridad el problema. Convencernos de que realmente somos buenos en algo y merecedores de ese algo que mejoraría significativamente nuestras vidas. Aunque nos preocupa fracasar, pareciera que todos nuestros esfuerzos se encaminan a que se produzca es to que no queremos.

Cabe agregar, aunque resulte paradójico, que las personas que fracasan después de triunfar. Así, el logro inicial genera sentimientos de satisfacción y placer momentáneos. Sin embargo, luego se transforman en estados de angustia y, en algunos casos, llegan a somatizarse. Esta situación desaparece cuando logran destruir los logros que con tanto esfuerzo consiguieron.

Puntos clave para no sabotearnos

Es importante reconocer lo que queremos en nuestra vida, por eso es bueno establecer objetivos específicos. No hay nada de malo por permitirnos soñar a lo grande y superar nuestros miedos, sabiendo que nada nos protegerá de las decepciones. Cada reto constituye una experiencia nueva y un riesgo calculado que hay que correr para ganar en confianza, para alcanzar nuestros propósitos.

Resulta clave rumiar menos las ideas y actuar más. De ahí la importancia de un dialogo interno y reflexivo que aleje de nosotros los pensamientos catastróficos. La idea es liberarnos de todos esos lastres que nos frenan en el propósito de conseguir nuestras metas, de hacer realidad todos nuestros sueños.

Finalmente, hagamos ejercicios de honestidad con nosotros mismos. Somos muy hábiles a la hora de auto-engañarnos y culpar a otros o buscar excusas cuando no conseguimos alcanzar lo que nos propusimos. Por esta razón es bueno apropiarnos, gobernar nuestra vida y asumir la responsabilidad que implica cada una de nuestras decisiones.

miércoles, 3 de junio de 2020

He aprendido a valorar mis pequeñas victorias

Todo avance, por pequeño que sea, es una gran victoria y más cuando pasamos por un mal momento. Entender que cada uno tenemos nuestros nuestros tiempos y que para lograr algo a veces no hace falta correr como lo hacen otros, es clave de salud.

Concédete el reconocimiento que mereces. Da valor a tus logros, a tus pequeñas victorias cotidianas, a esas metas conquistadas que te demuestran que vas en la buena dirección. Hacerlo, elevará tu autoestima y capacidad de logro, pero, eso sí, evita ante todo compararte con los demás. Porque en materia de avances cada uno lleva un ritmo y marca sus propios tiempos; sin prisas ni presiones.

Admitámoslo, vivimos en una sociedad altamente competitiva en la que destaca el que más tiene, el que llega antes, el que más seguidores acumula, el que logra objetivos en las más complejas circunstancias. Todas esas personas, evidentemente, nos llaman la atención e incluso las admiramos por su excelente rendimiento. No obstante, no podemos tenerlos como ese referente constante en el cual reflejarnos.

Habrá, por ejemplo, quien supere su depresión en poco más de seis meses. Otros, en cambio, necesitan años debido a que cada poco tiempo sufren alguna recaída, algún retroceso. Asimismo, hay quien se habitúa a su enfermedad crónica (diabetes, fibromialgia, enfermedad de Crohn…) con rapidez y eficacia, asumiendo su nueva realidad con ánimos y aceptación. En cambio, otras personas, necesitan más tiempo y más apoyo.

En esa materia por alcanzar el bienestar no hay ganadores de primera o perdedores de segunda. No hay prisas. Hay logros cotidianos que nos permiten avanzar y cada uno lo hace a su ritmo particular; ni mejor ni peor.

Tus pequeñas victorias construyen los grandes avances

Frederic Skinner, psicólogo y referente del enfoque conductista, dijo una vez que establecer metas es el único modo de hacer que lo invisible sea visible. Establecerlas en el día a día es igual de importante que saber reconocer cuándo las conquistamos. Menospreciar nuestros logros, sean grandes o pequeños, es una forma de autosabotaje y de menosprecio a nuestra propia persona. Pocas cosas pueden ser más lesivas.

Así, el niño que va asentando nuevas competencias a su ritmo no merece menos elogios que el que los alcanza en menos tiempo. Todo conocimiento comprendido e interiorizado es una victoria porque gracias a esos pequeños cimientos se van viendo más progresos poco a poco.

El problema, sin duda, es que tendemos a homogeneizar y estandarizar cuándo debe alcanzarse tal meta, tal logro, tal competencia lectoescritora. Se nos olvida que cada mente es un mundo y cada mundo tiene sus tiempos.

En materia de bienestar psicológico y crecimiento personal sucede casi lo mismo. Valorar nuestras pequeñas victorias sin ponernos referencias y sin compararnos con otros es lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos. Sin embargo, en ocasiones nos cuesta y si esto ocurre se debe sobre todo a aspectos relacionados con nuestra autoestima. Veámoslo a continuación.

Cuando la baja autoestima no nos permite ver lo que valemos

En un estudio llevado a cabo en la Universidad de Barcelona por parte del doctor Carlos Freire, se demostró algo que desde el campo de la psicología se ve con frecuencia: la baja autoestima actúa como un mecanismo defensivo. Nos impide ver nuestras valías y capacidades. No solo eso, nos coloca ante nosotros esa visión de túnel en la cual, ver solo el aspecto negativo de las cosas.

Resulta por tanto muy complicado valorar las pequeñas victorias cotidianas cuando ni tan solo somos capaces de verlas. Esto se da mucho por ejemplo entre las personas que padecen depresión. Su enfoque mental permanece velado por ese negativismo tan inflexible que les impide apreciar parte de los progresos que hacen en terapia.

Por ejemplo, el hecho de que alguien con depresión mayor se vista, se arregle y coja el metro para ir terapia psicológica es un gran logro. Hemos conseguido que salga de casa, que se ponga ropa de calle, que se sienta con fuerzas para coger el transporte público y caminar.

Sin embargo, cuando le destacamos ese logro, a menudo, son incapaces de valorarlo. Suelen insistir en que están mal y en que desearían estar en la cama. La baja autoestima actúa, a menudo, con ese mismo mecanismo: ese que nubla nuestra capacidad de ver los propios progresos.

Estás avanzando, aprecia tus pequeñas victorias porque te conducen hacia algo más grande

Desde el campo de la neurociencia nos señalan que es la corteza prefrontal medial la que orquesta el establecimiento de objetivos. Una vez formulados, faltan los componentes más importantes: la emoción, la motivación, el compromiso con nosotros mismos. Necesitamos, por tanto, un nivel emocional óptimo no solo para hallar ánimos y fortalezas para alcanzar esas metas.

Hace falta también esa combinación excepcional en la que la buena autoestima, la ilusión y la esperanza nos permiten a su vez apreciar esas pequeñas victorias. Y no importa si son casi inapreciables para los demás. En ocasiones, lo que para otros es un simple paso para nosotros es una línea de salida o la primera baldosa dorada de ese puente que nos llevará hacia el bienestar, hacia ese cambio que tanto anhelamos.

Seamos, por lo tanto, capaces de apreciar esos avances, de dar gracias por ese logro, esa pequeña meta superada. Todo ello son nutrientes para el ánimo, fortalezas para la mente y raíces para seguir floreciendo con la vida. A nuestro ritmo, con nuestros tiempos.

martes, 2 de junio de 2020

La zona roja del estrés: cuando llegamos al límite

El estrés tiene una zona roja. Es ese límite que no conviene sobrepasar porque de hacerlo, el cerebro cambia: cuesta tomar decisiones, concentrarnos, prestar atención, etc.

La zona roja del estrés delimita una barrera mental que no es conveniente sobrepasar. Es ese horizonte en el que nuestra sensación de control se desvanece, nuestros recursos cognitivos se deshilachan dando paso a los problemas de atención, memoria, reflexión… El mundo adquiere entonces una tonalidad amenazante promovida por unas emociones adversas que alimentan el malestar constante.

Todos hemos experimentado estrés en numerosas ocasiones. Algo que debemos tener claro en primer lugar es que sentirlo, sufrirlo y pasar épocas determinados por su presencia es algo perfectamente normal.

El estrés es, al fin y al cabo, una reacción psicológica y física habitual ante estímulos de gran intensidad, ya sean negativos o incluso positivos. A veces, hasta algo que nos genera una gran ilusión lo acabamos viviendo con ciertas dosis de estrés.

Ahora bien, el problema llega cuando esa situación se vuelve persistente. Nuestro organismo, nuestro cerebro, no está preparado para «cohabitar» con esa activación psicofisiológica de manera permanente. Es más, la mayoría de nosotros desconocemos el impacto que tiene sobre la persona, cómo nos cambia y cómo altera desde el rendimiento, el estado de ánimo o la salud.

William James dijo una vez que el mejor remedio para el estrés es saber elegir bien nuestros pensamientos. Sin embargo, sabemos que esto no siempre es tan fácil. No cuando nuestra mente ha llegado a esa zona roja en la que cuesta mucho tener el control sobre la mente. El cerebro se ha habituado ya un tipo de patrón mental dominado en exclusiva por unas emociones del color del miedo y de la angustia constante.

La zona roja del estrés, cuando la mente actúa como nuestra peor enemiga

La zona roja del estrés define un estado en que acabamos respondiendo por debajo de nuestra inteligencia. Es decir, es llegar a un nivel en que no actuamos, reaccionamos. Se trata de un estado en el cual, no razonamos de manera lógica sino que casi sin darnos cuenta, nos dejamos llevar por las emociones más adversas. Todo ello, como podemos suponer, tiene un riesgo y un coste inmenso.

¿Significa esto que cada vez que uno sufra estrés actuará de este modo? La respuesta es no. Insistimos, se llega a la zona roja del estrés cuando esta dimensión se vuelve crónica; cuando pasamos meses o años sufriendo sus efectos sin gestionarlo. Esto se puede ver por término medio, en personas que llevan mucho tiempo sumidos en un trabajo muy demandante o bajo situaciones de mobbing.

Niños y adolescentes que padecen bullying también pueden llegar a estos extremos, al igual que cualquiera de nosotros en que, por las circunstancias que sean, acabamos experimentando esta realidad psicológica de manera constante. Así, algo que conviene recordar y tener presente es que bajo circunstancias de estrés constante, el cerebro cambia. Y lo hace del siguiente modo.

En la zona roja del estrés, el cerebro deja de recibir el aporte energético que necesita

El cerebro consume cerca del 20 % de nuestros recursos energéticos. Necesita un aporte de flujo sanguíneo, glucosa y otros nutrientes de manera constante. De hecho, en relación a otros órganos es, con diferencia, el que más consume. Ahora bien, hay un dato que puede sorprendernos. En situaciones de estrés elevado se reduce el aporte de energía al cerebro. 

¿La razón? Hay otras partes de nuestro cuerpo que se priorizan, como por ejemplo, los músculos. Ellos necesitan mayor energía para ayudarnos a escapar o a defendernos. Recordemos que el estrés activa estas respuestas y por tanto, la distribución de nutrientes, de flujo sanguíneo y de oxígeno varía por completo en estas situaciones. Lo más importante no es pensar ni razonar, es escapar, actuar por instinto.

El estrés crónico e intenso no quiere que pienses, quiere que reacciones

Señalábamos anteriormente, que el aporte en este estado se distribuye de diferente manera. Uno de esos efectos es el siguiente: en la zona roja del estrés se deja de dar prioridad a la corteza prefrontal; el aporte energético que recibe en estas situaciones es menor. Algo así se traduce en lo siguiente:
  • Fallos cognitivos: dejas de pensar con claridad, te cuesta tomar decisiones, concentrarte, recordar datos, reflexionar…
  • Visión de túnel. Empiezas a centrarse solo en lo negativo, ves solo los problemas y eres incapaz de pensar en soluciones. Todo son amenazas, inquietudes, miedos, desconfianzas…
  • El laberinto de las emociones. En la zona roja del estrés emociones, como el miedo, la tristeza, la angustia o la indefensión son la pauta y esa constante en nuestra mente.
El estrés crónico y la depresión: el cerebro sin defensas

De sobrepasar la zona roja del estrés y quedarnos en este escenario durante mucho tiempo caeremos en un estado de indefensión. No solo nuestra salud física se verá afectada: agotamiento, taquicardias, problemas digestivos, cefaleas… Algo que nos señalan en estudios, como los llevados en la Universidad de Montreal por la doctora Sonya Lupien, es que es común sufrir un trastorno depresivo.

Según este trabajo publicado en la revista Nature Neuroscience, esa exposición continua en el cerebro a los glucocorticoides asociados a la respuesta de estrés se relaciona con la depresión. Es un tema de relevancia y que deberíamos tener muy presente.

Ante estos datos solo nos queda entender un hecho. Todos podemos sufrir estrés, sentirlo, experimentarlo durante una época puntual y limitada en el tiempo, es por tanto algo normal.

Ahora bien, debemos aplicar estrategias para manejar ese estrés cotidiano, esas preocupaciones puntuales del día a día, ese malestar que hoy me quita la calma. En caso de dejarlo pasar y no actuar, ese ovillo se hará más grande, inalcanzable a veces.

Cruzar la zona roja del estrés es más fácil de lo que podamos pensar. Y más en tiempos difíciles. Tengámoslo en cuenta.



lunes, 1 de junio de 2020

Cómo usar la bondad para tratar a las personas difíciles

Usar la bondad para tratar a las personas difíciles puede ofrecernos un gran beneficio. Gracias a ella, conseguiremos esa calma interna y esa claridad mental, con la cual, lidiar mejor con las frustraciones y negatividades del otro.

Todos podemos usar la bondad para tratar a las personas difíciles. Porque más allá de lo que podamos pensar, la bondad es un escudo y también un canal. Con ella, vemos las cosas con mayor calma y claridad, equilibramos emociones e impedimos que las frustraciones y mal humor del otro nos acaben minando. Asimismo, logramos también manejar con mayor eficacia situaciones a menudo complejas.

No nos equivocamos si decimos que hay quien mantiene una idea errónea sobre la bondad. Se la asocia, quizá, a esa imagen en la que uno renuncia o deja a un lado parte sí mismo por el bienestar del otro. Se asume quizá, que la persona bondadosa carece de ese carácter con el que defender sus derechos, su dignidad, y donde terminar dándolo todo a cambio de nada.

Dar por ciertas estas ideas es un error. Porque la bondad es algo más que ser generoso, considerado o amable. En realidad, es una de las mejores habilidades interpersonales, además de una valía psicológica que confiere bienestar a quien la practica. Un ejemplo, Dacher Keltner profesor de psicología y director del Greater Good Science Center de la Universidad de California, en Berkeley, nos señala algo interesante.

En su libro Nacido para ser bueno, nos habla de muchas de las teorías que Charles Darwin defendió y que con el tiempo, se fueron modificando o asumiendo de otro modo. Por ejemplo, él nunca dijo que la evolución humana dependiera en exclusiva de la competividad o de quien es el espécimen más fuerte. En realidad, Darwin se interesó más por la supervivencia desde el marco de la cooperación social.

Así, en libros como La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, llega a ensalzar la importancia de la bondad para lidiar con las dificultades cotidianas del ser humano.

Cómo usar la bondad para tratar a las personas difíciles

A la hora de usar la bondad para tratar a las personas difíciles debemos entender primero algunos sencillos aspectos. En estudios como los llevados a cabo por Kanako Otsuko y Barbara L. Fredrickson de la Universidad de Tokio (Japón) se nos recuerda que esta dimensión parte de los siguientes principios:
  • Bondad es saber ver de manera objetiva las necesidades del otro.
  • Implica, a su vez, ser proactivo. No basta con desear «ser bueno», la bondad se practica activamente.
  • Asimismo, la bondad es hacer uso de la verdad. Ser sincero es una valía indispensable.
  • Las personas que practican esta dimensión, hacen uso a su vez de un pensamiento flexible. Aplican una mentalidad de crecimiento.
  • Por último y no menos importante. Bondad es también ser bondadoso con uno mismo, saber respetarse para poder respetar a los demás.

Veamos a continuación qué dimensiones nos pueden ayudar a la hora de usar la bondad para tratar a las personas difíciles.

La bondad nos permite evitar ser permeables a la negatividad del otro
Bondad es paz interna. Es hacer uso de ese equilibrio donde no dejarse avasallar por lo que otros nos digan. De este modo, a la hora de tratar a las personas difíciles, este estado personal nos permitirá poner límites y adecuadas barreras de contención.

Esa serenidad de carácter nos permitirá también que no nos afecten determinadas palabras y comportamientos. Asimismo, seremos menos vulnerables a los estados de estrés.

Comprender para actuar mejor
La bondad es empatía. Solo cuando somos capaces de ponernos en la realidad del otro (sin que esta nos afecte) entenderemos y podremos reaccionar mejor. No podemos olvidar que detrás de las personas difíciles se esconden a menudo realidades muy complejas.

Así, es muy común que estos perfiles arrastren consigo el peso de la baja autoestima, de un pasado complejo, de rencores no afrontados así como infinitos miedos. Ser capaces de comprenderlos es siempre un buen paso.

Te comunicarás mejor
A la hora de usar la bondad para tratar a las personas difíciles, la comunicación lo es todo. Si lo hacemos desde la calma, el respeto y el deseo expreso de generar un bien o una mejora, pueden verse buenos resultados.

Tal y como hemos señalado con anterioridad, la persona bondadosa siempre hace uso de la sinceridad. De ese modo, aunque no lo creamos, la verdad es siempre una buena estrategia con la que ir por delante ante las personas difíciles. Ser asertivos, pero respetuosos, ser cálidos pero firmes, amables pero rigurosos en nuestros argumentos, nos permitirá lidiar con ellos de manera efectiva.

Sabrás cuándo irte y cuándo quedarte
La bondad es cabezona. Sabe cuándo algo merece la pena, entiende en qué momentos y en qué personas si vale la pena invertir tiempos y esfuerzos. Hay perfiles difíciles que actúan de ese modo porque lidian con algún trauma o con situaciones personales que no saben cómo manejar.

Ayudarlas, ser respetuosas y capaces de entender sus perspectivas es algo que sin duda merece la pena poner en práctica. Lo hacemos además, porque nos hace sentir bien, porque la bondad genera siempre beneficios y aumenta el bienestar.

Ahora bien, a la hora de usar la bondad para tratar a las personas difíciles, también deberemos saber en qué momentos es mejor desistir en nuestro intento. Lo queramos o no, hay situaciones capaces de romper esa calma interna. Experiencias que a largo plazo no nos generarán beneficio alguno, sino todo lo contrario.

Por tanto, saber en qué momento es mejor poner distancia también es sabiduría. Es más, nadie es menos bueno si en un momento dado decide mirar por él y no por el otro, no si esa otra persona no tiene voluntad para cambiar ni para ejercer el respeto.

Para concluir, no descuidemos nunca el auténtico valor y anatomía de esta dimensión. La bondad es ese prisma desde el cual, mirar el mundo para actuar en consecuencia. Siempre con sabiduría, siempre con acierto.