domingo, 7 de marzo de 2021

Las 4 preocupaciones existenciales del ser humano según Irvin Yalom

¿Conoces las 4 preocupaciones existenciales a las que nos enfrentamos a lo largo de nuestra vida? Descúbrelo en este artículo en el que mencionamos a Irvin Yalom, uno de los pioneros sobre la psicoterapia existencial.

Una de las figuras más importantes en el plano de la psicoterapia existencial es la del catedrático de psiquiatría y psicoterapeuta Irvin Yalom. Acumula una gran cantidad de ensayos y novelas, entre las que se encuentran El problema de Espinoza, El día que Nietzsche lloró, etc. En sus obras suele plasmar de una manera sutil las 4 preocupaciones existenciales en el ser humano.

En su libro, psicoterapia existencial, Irvin Yalom alude a las 4 preocupaciones existenciales que causan conflictos internos en el ser humano. Estas se dividen en la preocupación sobre la muerte, la libertad, el aislamiento y la carencia de sentido vital.

Irvin Yalom y la psicoterapia existencial

La psicoterapia existencial es un término difícil de definir. Para hacerlo, adoptemos un enfoque filosófico en el que se contemplan las dificultades de las personas como agentes en proceso de evolución y de cambio, más que como meras categorías diagnósticas referentes a los modelos actuales basados en el enfoque biomédico.

Las personas se ven confrontadas con ciertos aspectos referentes a la existencia, algo a lo que alude Irvin Yalom con las 4 preocupaciones existenciales anteriormente referidas. Estas experiencias suelen generar angustia; una sensación muy particular que se convertiría en motivadora del crecimiento personal de aquellos que la sienten.

Las preocupaciones existenciales según Irvin Yalom

El enfrentamiento de los individuos con su propia existencia genera malestar y sufrimiento. De hecho, las 4 preocupaciones existenciales descritas a continuación por Irvin Yalom no dejan de ser inherentes en la vida de todos los seres humanos.

Estas cuestiones muchas veces se ven disfrazadas con ciertas distracciones que aparecen en el paso por la vida. No obstante, si bien las distracciones alejan la vista de estas preocupaciones, no dejan de estar presentes.

Irvin Yalom engloba en la terapia de grupo, la terapia individual y la relación terapéutica las 4 preocupaciones básicas y universales. ¡Vamos con ellas!

La muerte

La muerte, como fenómeno, nos pone cara a cara con nuestra existencia. Esta preocupación es la primera que escribe Irvin Yalom como fuente del malestar. Según el autor, la muerte es una fuente principal de angustia.

Así, la muerte puede volverse el manantial primario del desarrollo de psicopatologías. No obstante, también puede ser la condición por la que nos permitimos vivir una vida auténtica.

En otras palabras, el enfrentamiento con la muerte no solo tiene que ver con la consciencia de la finitud de la vida, sino también del incontrolable paso del tiempo y de lo que se hace con este, a sabiendas de que la vida no es ilimitada. Una de las novelas que enfatiza esta preocupación existencial es La muerte de Ivan Illich de León Tolstoi.

La libertad

Irvin Yalom explica la libertad como otra de las preocupaciones existenciales. Aquí se menciona el sentido de la voluntad, la libertad en la toma de decisiones y la gestión de la responsabilidad en el mero aislamiento existencial; la mayoría de las decisiones en el plano más inmediato, aun contando con la opinión de otras personas, las terminamos tomando nosotros.

Es decir, si bien la libertad tiene su cara, el desafío de hacernos cargo de nuestra propia existencia puede pesar, en ocasiones, como una cruz. En algunos casos, incluso paraliza, no tomando ninguna acción en concreto. Esto se ejemplifica con la metáfora de Aristóteles de un perro hambriento que es incapaz de elegir entre dos porciones de comida igualmente atractivas o el problema del asno de Buridán, que muere de hambre en medio de dos haces de heno igualmente apetecibles.

El aislamiento

Ante el conocimiento de que la vida no es infinita, que en algún momento se acaba y que no se puede escapar de las connotaciones (tanto positivas como negativas) de la libertad, Irvin Yalom llega al tercer punto que se caracteriza por el aislamiento. El aislamiento es un concepto que se conoce en términos generales como la ausencia de relaciones interpersonales.

Aquí, no obstante, se distinguen tres tipos de aislamiento: el aislamiento interpersonal bien conocido, el intrapersonal y el existencial.

Yalom define el aislamiento intrapersonal como la división de ciertos acontecimientos negativos, dándose los procesos de disociación. El aislamiento existencial se define como la separación del individuo con el mundo. Un aislamiento que persiste a pesar del conocimiento de sí mismo y de establecer relaciones interpersonales gratificantes.

La carencia de sentido vital

El significado de la vida es una de las áreas importantes en toda vida personal y por tanto, la última de las preocupaciones existenciales descritas por Irvin Yalom. Los significados dan origen a los valores, los cuales actúan sinérgicamente para llevar una vida plena y con sentido.

Los valores además alivian las anteriores preocupaciones existenciales descritas. Es en el momento en el que se tiene un “para qué” en la vida, dando sentido y significado al resto de preocupaciones. De esta forma, proporciona al individuo un esquema de acción personal y un sistema de creencias.

Irvin Yalom representan uno de los principales referentes sobre la psicoterapia existencial y constituye uno de los referentes claves junto a Viktor Frankl y Rollo May. A pesar de haberse hecho referencia sobre estas 4 preocupaciones existenciales, estas han sido desarrolladas muy brevemente, pues su obra atesora una riqueza que es imposible abarcar en unas líneas.

sábado, 6 de marzo de 2021

¿Por qué cada día tengo menos paciencia?

Hay épocas en las que todo nos cuesta mucho más. La paciencia nos falta y cualquier cosa nos apaga el ánimo. ¿A qué se debe esta situación?

¿Por qué cada día tengo menos paciencia? El mundo parece avanzar ante mí con la lentitud de un paquidermo y esa parsimonia me desespera. Nada de lo que espero sucede, las metas puestas en el horizonte rara vez se cumplen y lo que es peor, me siento atrapado en un vórtice en el que todo gira alrededor de la negatividad y las expectativas frustradas.

¿Conoces esta sensación? No eres el único. Son muchas las personas que experimentan esta realidad psicológica, que se quejan de ese dolor en la mandíbula al contener la tensión, que sienten un vacío en el estómago y la mente más nerviosa y cavilosa de lo habitual. La impaciencia, decía Kafka, es el fruto de todos los errores humanos. Sin embargo, en ocasiones, esta realidad viene motivada por desencadenantes tan complejos como particulares.

A veces, uno puede definirse por tener una personalidad paciente y relajada, pero de pronto, y debido a determinadas circunstancias, ese enfoque se deforma y se agota. Es entonces cuando aflora la desazón y ese malestar en el que ya se desvanece el aguante, la esperanza y hasta el optimismo. ¿A qué se debe? ¿Qué explica esta situación?

Razones de por qué cada día tengo menos paciencia

Definir qué es la impaciencia es bastante fácil: caracteriza a la persona que es incapaz de esperar algo sin ponerse nerviosa. También a quien carece de la facultad de llevar a cabo tareas sin perder la calma. Ahora bien, quien más y quien menos ya sabe qué se siente y qué ocurre cuando esta dimensión toma el control. Lo que ya no queda tan claro es por qué.

¿Por qué nos impacientamos? ¿Por qué razón hay épocas en que cuesta más tolerar la espera, aceptar las manías ajenas o asumir que las cosas no siempre suceden como nosotros deseamos? Bien es cierto que hay impacientes de pura cepa. Personas que siempre evidencian este patrón de comportamiento. Sin embargo, en ocasiones, nos sorprendemos a nosotros mismos sintiendo que nos falta esta dimensión. Analizamos por qué.

El estrés y una amígdala cerebral hiperactiva

Hay épocas en las que las demandas externas superan en mucho a los recursos psicológicos de los que disponemos. El trabajo o la falta de él, la familia, el peso de las incertidumbres, las metas frustradas, etc., nos sumen en un estado de elevado estrés. En esas circunstancias, la amígdala cerebral, esa región vinculada al procesamiento emocional, empieza a estar más hiperactiva de lo normal.

Esto se traduce en tener una sensación de amenaza constante. En filtrar cada evento, circunstancia y estímulo desde la desconfianza, e incluso podríamos decir desde el miedo. Todo ello provoca que nuestro enfoque mental se tiña de angustia y no de calma, de necesidad de premura y no de una mirada relajada.

La depresión y un nivel más bajo de serotonina

¿Por qué cada día tengo menos paciencia? ¿Qué hace que además, me sienta más irritable y me cueste terminar las cosas o incluso ponerme con ellas? Muchas veces, tras este estado psicológico puede arrastrarse una depresión. Así, en un trabajo de investigación publicado en la revista Current Biology se demostró algo interesante al respecto.

El doctor Zachary Mainen y su equipo del Centro Champalimaud de la Universidad de Lisboa (Portugal) descubrieron una relación entre la baja activación de las neuronas de la serotonina y la falta de paciencia. Como bien sabemos, estas células nerviosas y su neurotransmisor se relacionan con el bienestar, la motivación, la capacidad de logro y la felicidad.

Así, un nivel bajo de este componente neuroquímico se vincula sobre todo con los trastornos depresivos. Por tanto, si percibimos que nos falta cada vez más la paciencia, que la apatía nos carcome y aparecen las alteraciones del sueño o de la alimentación es recomendable consultar con un profesional.

¿Por qué cada día tengo menos paciencia? Acumulación de esperanzas frustradas

Hay un hecho innegable que todos habremos comprobado en piel propia: a día de hoy, necesitamos ser más pacientes que nunca. En la actualidad, alcanzar una meta requiere mucha más perseverancia. La consecución o realización de nuestros proyectos necesita más meses que hace unos años. También las relaciones afectivas y la vida social en general son más desafiantes.

Y esa visión, ese panorama nos llena a menudo de amargas frustraciones. Así, cuando uno lleva tras de sí más de un fracaso, más de un objetivo perdido en el camino o sueño desvanecido, es común que se pregunte por dentro “¿por qué cada día tengo menos paciencia?”. La acumulación de experiencias frustradas termina dañando el músculo de la calma, de la tolerancia, de ese equilibrio interno que nos dota de mesura y reflexión.

Revertir el proceso, es decir, pasar de la impaciencia a la paciencia no es fácil, pero tampoco imposible. Porque la buena noticia es que el arte de la paciencia puede entrenarse. De este modo, algo que debemos comprender es que no podemos adelantar el tiempo para que las cosas avancen más rápido. Tampoco es posible manipular la realidad, los eventos o a las personas para que todo sea como nosotros queremos que sea.

Estamos obligados primero a asumir que no tenemos el control de casi nada. También que el mundo es falible, como lo son quienes nos rodean y a su vez, nosotros mismos.

Por ello, aprender a ser más paciente pasa por alimentar la esperanza, por asumir que si bien las cosas, en ocasiones, no son como queremos o esperamos, ello no quiere decir que en otras circunstancias futuras, sí lleguen a serlo.

viernes, 5 de marzo de 2021

5 tipos de personas que irritan a los demás

El tipo de personas que irritan a los demás son quienes ven en los otros un instrumento para llenar sus carencias, encubrir sus vacíos o satisfacer sus complejos.

En las relaciones sociales no es bueno tratar de complacer a todo el mundo, pero tampoco de descomponer a quienes nos rodean. Hay personas que irritan a los demás con sus actitudes, pero muchas veces se niegan a reconocerlo. Tampoco interpretan las señales que les envía el entorno y lo cierto es que les cuesta mantener buenas relaciones con quienes les rodean.

Las personas que irritan a los demás tienen problemas con la empatía. Les cuesta entender que generan situaciones tensionantes o desagradables. Incluso muchas veces se sienten orgullosos de dar lugar a rechazos en otros y justifican ese rechazo en función de una cierta superioridad.

Lo cierto es que para la mayoría de las personas hay actitudes y conductas que son molestas. Bloquean la comunicación con los otros y generan emociones negativas. Para que no queden dudas, enseguida hablamos de algunos tipos de personas que irritan a los demás.

1. Los mandones

Corresponde a ese tipo de personas que no necesariamente gritan, pero que sí suelen hablar en forma imperativa. De una u otra manera, piensan que los demás están a su servicio. No piden, sino que ordenan. Tampoco aconsejan, sino que señalan el camino a seguir. Algo o alguien les ha hecho creer que tienen derecho a ello.

A veces son muy sutiles, pero aún así no pueden evitar su tendencia a dirigir a los demás. No son líderes, en el estricto sentido de esa palabra. Eso es precisamente lo que los convierte en “mandones”: nadie les ha conferido ese papel. Se trata de personas que irritan a los demás porque pocos o ningún adulto disfruta sintiéndose controlado.

2. Los que alardean son personas que irritan a los demás

Estos son primos hermanos de los anteriores, pero en ellos es más claro que los inspira un sentimiento de inferioridad. Suelen alardear de todo. Si se levantaron temprano, porque son muy disciplinados. Si se levantaron tarde, por su desapego a las rutinas.

Sus auto-alabanzas son un verdadero fastidio. En realidad, representan una forma de envidia pasiva. Quieren despertar la envidia de los demás, porque ellos mismos envidian mucho. Envían un mensaje tóxico y son muy pocos los que los aguantan más de media hora.

3. Los que son excesivamente solícitos

Estos están en el extremo opuesto a los anteriores. Son persona que irritan a los demás porque se autoanulan. Quieren complacer, excesivamente, a los otros. Los llenan de halagos, de atenciones y los ensalzan. Al principio pueden resultar agradables y acogedores, pero con el tiempo se tornan molestos.

Una persona que no se siente digna, ni valiosa, genera una sensación de incomodidad en los demás. Implícitamente, se sabe que están buscando aprobación. En general, las personas sanas mentalmente no se sienten cómodas aprobando o desaprobando a los demás. Por eso ese tipo de actitudes terminan irritando.

4. Los acusetas

Los acusetas son esas personas que quieren quedar maravillosamente bien con las figuras de autoridad, especialmente si es en detrimento de sus pares. Desean formar parte del círculo de los poderosos, aunque sea de una manera servil. En el fondo, se desprecian y, por eso mismo, deprecian a quienes son como ellos.

Este tipo de personas son irritantes por su servilismo y deslealtad. Generan desconfianza en los demás y terminan convirtiéndose en instrumentos de sus superiores. Merodean el poder porque lo temen. Complacen a quienes detentan alguna autoridad para ganar su favor y evitar ser víctimas de este.

5. Los “chistines”

Los “chistines” son aquellas personas que siempre están haciendo bromas acerca de todo sin tener en consideración a los demás. Con frecuencia se ríen de los demás y no con los demás. Intentan ser ingeniosos, pero más bien son desfachatados. Tocan temas que podrían ser sensibles para otros, sin que le den importancia a lo que ellos sienten.

Estos bromistas crónicos suelen acudir a contenidos agresivos en sus chistes. Disfrutan desconcertando o molestando a quienes les rodean. Piensan que la impertinencia es una virtud y la falta de consideración una forma de reafirmarse. Los “chistines” se ocultan detrás de las bromas para no relacionarse genuinamente con nadie.

Estos son solo algunos de los tipos de personas que irritan a los demás. Lo común entre ellas es la falta de autoestima y de empatía. La mala relación con ellos mismos les lleva a una relación tensa con los demás.

jueves, 4 de marzo de 2021

Víctima, perseguidor y salvador: tres posiciones existenciales

En las relaciones humanas en las que prima la manipulación suelen tomar forma tres posturas existenciales: víctima, perseguidor y salvador. Los tres roles son máscaras que algunas personas adoptan para encubrir sus inseguridades y frustraciones.

El psicólogo Stephen Karpman fue quien postuló la idea de que en las relaciones humanas poco genuinas, con frecuencia se instalan mecanismos de manipulación que él llamo “juegos de control”. En los mismos, los involucrados terminan adoptando básicamente tres roles o posturas existenciales: víctima, perseguidor y salvador.

Esas posturas existenciales son propias de relaciones humanas que carecen de autenticidad. No hay un vínculo basado en la verdad, sino, precisamente, en un “juego de control” mutuo. Nos impide ver quiénes somos en realidad y quiénes son los otros. Víctima, perseguidor y salvador son máscaras para encubrir nuestro deseo de no crecer.

Definiciones de víctima, perseguidor y salvador

Cada una de las posturas existenciales, según Karpman, tiene unos rasgos característicos. De este modo, víctima, perseguidor y salvador muestran unos patrones de comportamiento más o menos estables, que, como se dijo antes, no eliminan el hecho de que puedan intercambiarse entre sí. Las características de cada uno de ellos son las siguientes:

  • Víctima. Corresponde a quienes se relacionan con los demás adoptando una actitud de indefensión. No saben, no pueden, no logran. Buscan que los demás les ayuden, o los apoyen, pero al mismo tiempo se quejan de su condición. Ponen sobre los hombros de los otros sus responsabilidades.
  • Perseguidor. El perseguidor es aquel que se mantiene al margen de las situaciones, al menos en apariencia. Lo suyo es juzgar a los demás, cosa que hacen con extrema severidad. Le señalan a todos los errores y gozan, de algún modo, generando sufrimientos emocionales en los otros.
  • Salvador. Tiene que ver con la actitud que se caracteriza por tomar sobre los hombros las responsabilidades que les competen a otros. Ofrecen una ayuda falsa, pues su contribución no hace que los demás crezcan, sino que, por el contrario, fomentan la dependencia.
Un triángulo dramático

Víctima, perseguidor y salvador son máscaras con diferentes facetas. La víctima, por ejemplo, puede llegar a manipular y a aprovecharse de los demás, amparada en su supuesta indefensión. Al mismo tiempo, nutre su sentimiento de falta de valía y su inseguridad. Piensa que por ser alguien carente, merece comprensión incondicional. Fácilmente se convierte en agresor.

El perseguidor, por su parte, vuelca sobre los demás sus propias frustraciones. Busca que los otros le otorguen cierta autoridad o relevancia por la vía de erigirse en juez y parte. Aprende a visibilizarse ante los demás a través de sus crueldades y sus intimidaciones. En general, se muestran muy cobardes en el momento de enfrentar sus miedos.

El salvador, que parece ser el más simpático de la triada, necesita que lo necesiten. Sin embargo, su ayuda no es desinteresada. También se siente insignificante y busca que los demás dependan de él para sentirse reconocido o ganar el afecto de otros. Sin embargo, se queja porque a veces se siente explotado. Pasa fácilmente a la posición de víctima.

Salir de los juegos de control

Aunque el “juego” de control entre víctima, perseguidor y salvador tiende a convertirse en una situación estructurada, también se puede salir de ellos. Obviamente se requiere de honestidad con uno mismo y de un deseo por tener vínculos más genuinos con los demás. Hay formas de transformar los tres roles dramáticos en actitudes más saludables. Veamos:

  • De salvar, a prestar una colaboración empática. No se trata de cargar con los problemas de otros, sino de estar en la capacidad de reconocer las carencias propias y dificultades y contribuir a que esa persona, por sí misma, las supere. Que adquiera mayor confianza y autonomía en lugar de cederla.
  • De perseguir a promover la asertividad. Lo que le falta al perseguidor es dejar de mirar tanto a los demás y volver la mirada hacia sí mismo. Puede ser un ejemplo de autonomía, en la medida en que tiene una semilla de asertividad. Sabe poner límites, aunque no se le da tan bien respetar los límites que ponen los demás.
  • De victimizarse a responsabilizarse. En lugar de esperar a ser rescatada, la víctima debería concentrarse en asumir plenamente lo que le compete. Puede que necesite ayuda, pero no debe solicitarla ilimitada e incondicionalmente. Primero debe ayudarse a sí mismo.
Las tres posturas existenciales dan lugar a lo que se llama “el triángulo dramático de  Karpman”. Es un triángulo, porque los tres vértices que lo componen, es decir, víctima, perseguidor y salvador, están estrechamente ligados entre sí. Los unos no existen sin los otros. Además, pueden intercambiarse los roles. Así, la víctima pasa a perseguir, el perseguidor a salvar, el salvador a perseguir, etc.

miércoles, 3 de marzo de 2021

3 hábitos matutinos para controlar la ansiedad

Aunque la ansiedad pueda parecernos a todas luces un elemento que nos distorsiona y nos aleja de la “jornada ideal”, este estado puede darte la oportunidad de entender quién eres y qué necesitas en determinados momentos de tu existencia.

Así, entender la ansiedad como una llamada de atención va a hacernos reflexionar sobre algunos hábitos que, de forma directa o indirecta, pueden estar alimentándola sin que nos hayamos dado cuenta.

Es cierto que la ansiedad en muchas ocasiones no pasa de ser un ruido sordo, constante y monótono al que terminamos aislando en un lugar de nuestra conciencia. Sin embargo, por mucho que nosotros lo ignoremos esta existe y realmente notaremos la libertad que supone alejarla cuando esta ya no esté.

Por otro lado, las primeras horas del día suponen el punto de partida, los minutos en los que vamos a crear la inercia para el resto del día. Si ya nos levantamos alterados o si las primeras tareas las hacemos corriendo, difícilmente vamos a poder reducir este nivel de estrés a lo largo de la jornada.

Romper una dinámica cuesta siempre más que crearla desde cero. De esta manera, hoy compartiremos contigo 3 hábitos matutinos que te ayudarán a comenzar tu día con la mente despejada y lejana de cualquier ritmo frenético y carrera detrás del reloj.

Contra la ansiedad, tómate tiempo para reflexionar

Hablamos de realizar tanto actividades como momentos de silencio que te permitan conectar con tus pensamientos, contigo mismo y tu esencia vital. Mantener un tiempo para “reconectar” con aquello que deseas sentir a lo largo del día te permitirá separar fácilmente las tensiones que puedan presentarse en el mismo.

Acompaña este momento de “reconexión” contigo mismo con una bebida caliente, como un té o una infusión de hierbas, ya que te facilitarán el calmar la mente para el día que se te aproxima. Además, este momento de relajación lo asociarás sencillamente a ti mismo, a desconectar y podrás emplearlo cuando sientas que comienzas a dejar paso a la ansiedad.

Estira tu cuerpo y equilibra tu mente

Estirando nuestro cuerpo nada más levantarnos permitimos que se prepare para la acción que vendrá a continuación. Nos acostumbramos así a escuchar qué necesita, cómo nos encontramos y vamos a sentirnos. Es importante que te preocupes tanto de tu El poder de la mente como de tu cuerpo.

Para ello, puedes realizar actividades como el yoga, el tai-chi o cualquier práctica de ejercicio físico siempre de forma moderada. Además de permitir estirar tus músculos, estas actividades te proporcionan ejercicios mentales y físicos que ayudan a encontrar el equilibrio aportando grandes mejoras vitales.

Dedica tiempo a tus emociones y las metas propuestas para tu día

Un ejercicio estupendo para evitar caer en la ansiedad es ordenar nuestra mente nada más despertarnos. De esta forma nos permitimos adaptarnos a las tareas que tenemos pendientes.
Puedes darte tiempo para revisar los objetivos que pretendes conseguir, incluso para determinar cómo te gustaría sentirte. Haciendo esto estarás generando cambios positivos en tu existencia más importantes y con mayor proyección.

También puedes llevar a cabo un diario emocional, investigando y apuntando cómo te vas sintiendo a lo largo de la jornada. De esta forma entenderás cómo funciona tu sistema emocional y te ayudará a poner en práctica diferentes recursos que impidan que alcances esa sensación de bloqueo interior que suponen los puntos más altos de ansiedad.

martes, 2 de marzo de 2021

El origen del trastorno de la personalidad narcisista estaría en la infancia

Si bien es cierto que el trastorno de la personalidad narcisista no se puede diagnosticar hasta que una persona es mayor de edad, es en la infancia cuando ya se manifiesta este comportamiento.

Sentimientos de superioridad, falta de empatía, mentiras recurrentes, reacciones agresivas cuando se sienten humillados o infravalorados… La mayoría sabemos reconocer los rasgos del narcisismo, lo hemos sufrido alguna vez y comprendemos sin duda el impacto de esta conducta. Sin embargo, ¿cuál es el origen del trastorno de la personalidad narcisista?

A día de hoy existe cierto consenso en entender que un narcisista no nace, se hace. Asumir esto sitúa toda la responsabilidad en los padres, lo que no deja de ser un tanto polémico para muchos. Ellos serían a fin de cuentas esos moldeadores directos de esta realidad que, más allá de los evidentes problemas ocasionados a nivel relacional, no deja de ser también una fuente de malestar para el propio narcisista.

Sabemos, por ejemplo, que ese patrón consistente la grandiosidad o fantasías de poder asociado al trastorno de la personalidad narcisista se correlaciona con una elevada angustia psicológica y también con un mayor riesgo de sufrir determinadas enfermedades. Estamos ante una condición mental de elevada trascendencia, tanto para el entorno de la persona como para ella misma.

Un narcisista ¿nace o se hace? El origen del trastorno de la personalidad narcisista

Ser una persona narcisista no es lo mismo que evidenciar un trastorno de la personalidad narcisista. Es decir, si bien es cierto que hay hombres y mujeres que pueden, en un momento dado, demostrar conductas egoístas o manipulativas, no tiene nada que ver con evidenciar esta condición recogida en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM- 5).

Así, estudios como el realizado en la Universidad de Florida nos indica que la incidencia de este patrón de personalidad estaría entre el 1 y el 6 % de la población. Lo llamativo es que este trastorno termina siendo comórbido con otros problemas, como el abuso de sustancias, los trastornos de ansiedad o las depresiones. Así, un interés ya clásico por el campo de la ciencia es comprender el origen del trastorno de la personalidad. Lo analizamos.

El origen genético no es significativo

Un factor que a menudo se ha tenido en cuenta es el genético. ¿Podríamos asumir la posibilidad de que existiera un gen asociado al narcisismo capaz de heredarse de padres a hijos? Aún más… ¿Y si hay alguna anormalidad cerebral que derivara en este tipo de patrón de la personalidad? Lo cierto es que a día de hoy no hay conclusiones significativas de que exista un origen genético para el narcisismo.

Esta propuesta por tanto no es del todo válida.

Así se crean los narcisistas según la ciencia: dos teorías

La revista PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) realizó un interesante estudio con el que comprender el origen del trastorno de la personalidad narcisista. En su análisis partió de dos hipótesis significativas:

  • Teoría del aprendizaje social. Según este enfoque, los niños desarrollan una visión de sí mismos con base a cómo los traten sus progenitores. Por tanto, una atención sobrevalorada y desmedida en la que no hay límites, ni filtros y en la que reciben en todo momento aquello que desean germina y edifica bloque a bloque el palacio (o la cárcel) del narcisismo.

Los pequeños se habitúan desde bien temprano a nutrirse de opiniones infladas sobre su persona: eres el más guapo, el más inteligente… La internalización de esos mensajes acaba siendo altamente peligrosa para la construcción de su identidad.

  • La teoría psicoanalítica. Por contra, el enfoque psicoanalítico parte de la idea de que hay niños que crecen sin refuerzo alguno por parte de sus padres. Esa carencia afectiva y frialdad en la atención hace que, en ocasiones, la persona necesite colocarse en un pedestal para recibir la aprobación que no obtuvieron de sus padres.
El problema de no atender al egocentrismo y la falta de empatía en la infancia

Sabemos que el origen del trastorno de la personalidad narcisista tiene una etología multifacética. Sin embargo, se da ya por sentado que las raíces del mismo residen en la infancia.

Las primeras experiencias en el desarrollo infantil pueden ser determinante. De este modo, sabemos que hay dos áreas clave que deberían atenderse para amortiguar y frenar la posible aparición de este tipo de personalidad. Son las siguientes:

Desactivar el egocentrismo para tener en cuenta el derecho de los demás

Sabemos que ser egocéntrico no es lo mismo que ser narcisista. A esta última dimensión se le añade un componente manipulador e instrumental. Sin embargo, en muchos casos, la primera dimensión (egocentrismo) es el germen del segundo (narcisismo) en el desarrollo del niño.

Es esencial que los pequeños vayan poco a poco desactivando esa visión egocéntrica de las primeras etapas que definió Piaget. Aprender a tener en cuenta los puntos de vista de otras personas es algo que deben promover padres y educadores lo antes posible. Esto garantizará que dejen de anteponerse en cualquier situación y circunstancia, hasta el punto de pisotear los derechos ajenos.

La empatía: el reconocimiento de las emociones ajenas

A la hora de fomentar la empatía en el niño, es necesario trabajar a su vez la autoestima saludable. El pequeño debe reconocerse y verse a sí mismo como alguien importante y amado, pero no hasta el punto de entronarse por encima de los demás. La autoestima sana es aquella que nos permite apreciarnos como merecemos, pero sin descuidar la realidad del otro.

Asimismo, y del lado de este tendón psicológico indispensable, es prioritario fomentar la competencia empática. Saber, entender y fomentar una conducta capaz de interesarse por las emociones del otro revertirá en su correcto desarrollo social y emocional.

Dejar de “fabricar” narcisistas requiere conciencia y responsabilidad

Dar al mundo un narcisista es más fácil de lo que pensamos. Basta con darle a un niño todo lo que nos pida, con adorarlo hasta la extenuación, con apagar sus lágrimas, protestas y berrinches con regalos y con horas ante las pantallas y privilegios. Pocas cosas resultan más fáciles que decir “sí” a cada momento cuando lo decisivo es saber tolerar la frustración y entender que el mundo tiene límites.

Algo que debemos saber sobre el origen del trastorno de personalidad narcisista es que, a día de hoy, no podemos diagnosticar esta condición hasta que la persona es mayor de edad. Sin embargo, ya podemos intuir comportamientos narcisistas en niños y adolescentes.

Si deseamos dar forma a una sociedad más cohesionada, empática y cooperativa hay que educar a nuestros niños en la empatía y el respeto. También en el respeto y la autoestima. Dinámicas como la crianza autoritaria y la educación basada en la exigencia y la frialdad emocional también son peligros potenciales para la aparición del narcisismo.

Tengámoslo presente y promovamos una infancia que garantice el bienestar y la salud mental del niño y el adulto del mañana.

lunes, 1 de marzo de 2021

¿Cuándo ayudamos? ¿Qué nos incita a la colaboración?

¿Qué hace que ayudemos a los demás incluso en contra de nuestros propios intereses? Hoy hablaremos de las circunstancias, tanto personales como del entorno, que favorecen el altruismo.

El altruismo y las conductas de ayuda son temas muy estudiados en la psicología social: descubrir qué nos incita a la colaboración es clave para desarrollar estrategias que ayuden a crear una cultura de empatía. Muchas veces ocurre que un corro de personas rodea a alguien que necesita ayuda, pero rara vez alguien se adelanta a hacerlo. ¿Qué mueve a esa persona?

Pues bien, a lo largo de estos párrafos podrás descubrir qué razones y circunstancias motivan a una persona a ayudar a los demás. A dejar a un lado los intereses individuales, sacrificar una parte y fusionarlos con los de otras personas.

¿Qué nos incita a la colaboración?

¿Cuándo ayudamos? La actitud de trabajo en equipo es sensible al contexto, pero también a las inclinaciones individuales. Vamos a verlas por separado.

Circunstancias que nos invitan a ayudar

Muchas veces es la propia urgencia de la situación la que nos incita a la colaboración o al auxilio. Dejando a un lado momentos de emergencia, como desastres o accidentes, las siguientes circunstancias del contexto nos invitan a ayudar:

  • Que exista una recompensa: el feedback positivo es esencial para mantener conductas altruistas. El análisis de los costos de la ayuda está moldeado principalmente por los patrones de recompensa y castigo manejados desde la infancia.
  • Que otros ayuden: observar que la ayuda es algo que se espera de nosotros también nos motiva a hacerlo. Numerosos estudios confirman esta teoría del modelado, en la que tener un ejemplo de una conducta funciona como desencadenante para la misma.
  • Que tengamos tiempo para hacerlo: cuando una persona dispone de tiempo libre, es más fácil que lo dedique a los demás. Por el contrario, la sobrecarga o la acumulación de tareas pendientes nos vuelve más egoístas.
  • Que existan normas culturales de responsabilidad social y reciprocidad: solo hay que comparar las sociedades individualistas con las colectivistas. En las últimas, la presión social es mucho mayor que en las individualistas cuando se trata de colaborar y trabajar por lo demás.
  • Por existencia de semejanza cultural: por lo general, estamos más predispuestos a ayudar a una persona que comparta algún rasgo ideológico, racial con nosotros. Es más fácil que nos veamos a nosotros en el otro, y por lo tanto, es más fácil que le ayudemos.
Disposiciones que favorecen el altruísmo

No todo es la situación. Las personas pueden elegir colaborar o ayudar a alguien guiándose en mayor medida por su historia vital, rasgos o disposiciones que por el contexto. En este sentido, queremos destacar los siguientes aspectos:

  • El buen humor: en ciertas ocasiones, estar contento aumenta las probabilidades de colaborar con los demás. Sentimientos personales sobre uno mismo, como sentirse afortunado o agradecido, fomentan el altruismo, pero cuando la felicidad es por otro esto no se cumple tanto.
  • Considerar que la víctima lo merece: la atribución causal de los problemas que la víctima está sufriendo puede condicionar al observador. En líneas generales, si se considera que la víctima ha tenido mala suerte es más probable que reciba ayuda que si se percibe como que su problema es culpa suya.
  • Que la persona nos agrade: obviando a los seres queridos, es más fácil que se ayude a alguien que agrada en el primer vistazo, como alguien atractivo físicamente.
  • Pensar que uno mismo es altruista: si una persona se atribuye esta cualidad, será más proclive a ayudar a los demás. De hecho, dan más peso a estar haciendo algo desinteresado o lo conciben como una recompensa en sí misma.

Altruismo o egoísmo

Como conclusión, piensa en el debate del altruismo y el egoísmo. ¿Por qué ayudamos? La hipótesis del altruismo y la empatía dice que el primero está motivado siempre por la segunda y que sin ella no puede ocurrir. Es de esperar que las personas más empáticas sean más propensas a prestar ayuda, en especial, cuando nuestra colaboración en necesaria con urgencia.

Sin embargo, el egoísmo también tiene cabida en las relaciones de colaboración. Existe la situación clásica en la que ayudar a otro tiene beneficios para uno mismo, pero el egoísmo también nos incita a la colaboración a través del alivio de sentimientos negativos -como angustia o tristeza- y la conciencia.

En cualquier caso, todo aquello que nos incita a la colaboración siempre es bienvenido cuando se trata de mejorar la sociedad. Sean circunstancias o disposiciones internas, deseables socialmente o no, siempre será más fácil que nos ayuden si nos mostramos dispuestos a ayudar a los demás.