lunes, 16 de enero de 2023

El efecto Homer Simpson: olvidarse de recordar

¿Alguna vez has tenido la sensación de que al aprender algo nuevo, olvidas otras cosas? Este curioso fenómeno tiene nombre: efecto Homer Simpson.

El efecto Homer Simpson define un fenómeno neurológico fascinante: para aprender el cerebro necesita “hacer espacio”. Este mecanismo implica, en ciertos casos, tener que eliminar parte del aprendizaje anterior. Este proceso descubierto en el 2015, ya fue descrito de manera icónica y divertida en la famosa serie creada por Matt Groening y que tuvo su lejano inicio en 1989.

Fue en un episodio en el que Homer le explicaba a Marge lo siguiente:”¿recuerdas cuando hice ese curso de elaboración de vino en casa y olvidé cómo conducir? (…). Cada vez que aprendo algo nuevo, desaparecen algunas cosas viejas de mi cabeza”. Este comentario tan divertido como descriptivo del carácter del propio personaje resultó ser cierto y muy recurrente.

Ha sido un grupo de científicos de la Universidad de Glasgow, en Escocia, quienes realizaron este descubrimiento. Fue a raíz de unas investigaciones sobre la memoria, combinadas con resonancias magnéticas, lo que permitió concluir con este dato. A veces, el simple acto de intentar recordar algo hace que el cerebro lo olvide. Explicamos a continuación este misterio tan curioso como familiar a la vez.

¿Qué es el efecto Homer Simpson?

Hay muchas teorías y mecanismos que explican por qué olvidamos ciertas cosas, tales como la hipótesis de la interferencia o la decadencia del olvido. Sin embargo, hay un fenómeno que resulta desconcertante. A veces, cuando más nos esforzamos en recordar algo, más inaccesible se vuelve. Es como una tela que se deshilacha entre nuestras manos hasta convertirse en polvo.

El efecto Homer Simpson nos dice que, cuando aprendemos algo nuevo, el cerebro intenta buscar espacio y, para ello, termina borrando aprendizajes previos. Ahora bien, ese proceso de borrado se lleva a cabo solo cuando la información es muy similar. Es decir, lo que hacemos inconscientemente es quedarnos con datos y experiencias más nuevas y eliminar las antiguas.

Por ello, cuando la mente intenta acceder a la información anterior, por mucho que se esfuerce en recordar, ese estrato se está desvaneciendo en el olvido porque el cerebro ya no lo considera útil. Estamos ante un órgano que intenta ser eficaz y ágil y, por ello, opta por destruir contenidos que procesa como obsoletos para actualizarlos por otros más novedosos.

Desaprender para aprender, cuestión de eficiencia

El efecto Homer nos recuerda que, como bien decía el propio personaje, cada vez que aprendemos algo nuevo, algunas cosas viejas desaparecen de la mente. Y es totalmente cierto. Fue la doctora Maria Wimber y sus colegas de la Universidad de Glasgow, quienes a través de un estudio demostraron este sofisticado, pero básico mecanismo cerebral.

Lo que sucede es que cuando almacenamos informaciones muy similares, siempre se tiende a conservar la más actual. Cada vez que intentamos recordar esos datos más pretéritos, el cerebro lo que hace es enviar una señal inhibitoria a la corteza frontal. Lo que procura entonces es suprimir esos recuerdos y evitar la recuperación. Cuanto más intentemos recordar, más la olvidamos.

Ahora bien, la pregunta que nos haremos ahora es por qué. Estamos en realidad ante un mecanismo básico de supervivencia y de eficiencia. Es desaprender para aprender mejor. Es integrar mejores aprendizajes, estrategias y experiencias para adaptarnos de forma óptima y rápida al entorno. Desechar lo viejo para quedarnos con lo nuevo nos ayuda a ser más eficientes.

Si estás aprendiendo una nueva habilidad que tiene similitudes con otra aprendida antes, tu cerebro acabará borrando aspectos de esta última para que te desenvuelvas mejor.

Cuestionar lo que sabes también impulsa el efecto Homer Simpson

Todos, en algún momento, hemos sufrido el efecto Homer Simpson. Hay quien, por ejemplo, aprende a usar con solvencia programas como Adobe FrameMaker y después ya no recuerda muy bien cómo funciona Microsoft Word. Y están los que tienen dos títulos y tres másteres y, sin embargo, han olvidado hacer una división o calcular el mínimo común múltiplo de dos fracciones.

El cerebro necesita ser hábil, rápido y competente en aquello que necesita en su día a día. Lo que aprendimos hace tiempo, si no nos sirve para el aquí y ahora, se desvanece. Las vías neuronales vinculadas a las habilidades anteriores pierden fuerza para dejar espacio a nuevas conexiones, nuevas informaciones y competencias. Ese mecanismo de olvido es realmente útil.

Por ello, sería muy adecuado que nosotros mismos promoviéramos, de vez en cuando, el efecto Homer Simpson en nuestras vidas. Mantenernos actualizados y cuestionar creencias, determinadas ideas y perspectivas nos puede permitir asentar información más válida y también útil. En un entorno cada vez más complejo, necesitamos asentar nuevas habilidades y enfoques innovadores.

Desaprender para aprender es un ejercicio de gran valor que deberíamos aplicar en algunas áreas de nuestra vida. Por ello, no debemos asustarnos si, de vez en cuando, la memoria falla. Puede que el cerebro nos esté haciendo un favor y, cómo decía Homer, solo esté sacando de nuestra cabeza “cosas viejas”.

domingo, 15 de enero de 2023

La actitud positiva estimula la memoria

Ser positivo es saber posicionarse ante las adversidades, confiando en los propios recursos psicológicos. Desarrollar este tipo de actitud revierte de manera significativa en el cerebro y en los procesos cognitivos, como la memoria.

Arriesgarse, ver la oportunidad en medio de la dificultad, confiar en uno mismo, aprender de los errores, tener un buen sentido del humor…. Todas esas dimensiones actúan no solo como un buen sostén psicológico. Un estudio reciente nos revela además que una actitud positiva estimula la memoria y consolida los aprendizajes y las experiencias. 

Desde que Abraham Maslow asentara en 1950 las bases de la positividad como ciencia, este enfoque no ha hecho más que ganar fuerza. Fue en la década de 1990, cuando Martin Seligman quiso dar un giro a la psicología y, para ello, dejó de centrarla en el campo de los trastornos y los déficits. Decidió enseñar a las personas a desarrollar sus fortalezas para alcanzar una vida resiliente, feliz y satisfactoria.

Ahora bien, en la actualidad, hemos dado paso a una segunda ola de la psicología positiva. Figuras, como el psicólogo Paul Wong, van un poco más allá para recordarnos que la existencia humana tiene siempre un lado oscuro. La metáfora que se usa es la del ying y el yang, la luz y la tiniebla.

De este modo, la actitud positiva parte ahora de la capacidad para asumir y afrontar las adversidades cotidianas, aceptando aspectos como el fracaso, el error, la pérdida o incluso la muerte. Esas habilidades actúan, además, como valiosos mecanismos psicológicos para el cerebro. Tanto es así que este enfoque nos permite incluso proteger el deterioro cognitivo asociado al paso del tiempo.

La actitud positiva estimula la memoria: características que pueden ayudarte a lograrlo

Un estudio reciente revela que la actitud positiva estimula la memoria. Ha sido un equipo de investigadores de la Universidad Northwestern, en Illinois, Estados Unidos, el encargado de realizar este trabajo que ha tenido una duración de casi 19 años. Así, casi 1000 personas se sometieron a un riguroso seguimiento entre 1995 y el 2014 para averiguar la relación entre la mentalidad positiva y el rendimiento cognitivo.

Los resultados fueron muy indicativos y demostraron algo que, en cierto modo, ya venía intuyéndose. Las personas con adecuadas habilidades psicológicas para manejar las dificultades cotidianas con optimismo llegaban a edades avanzadas con un buen rendimiento en memoria. Es más, la actitud positiva también se correlaciona con una mejor salud física y esperanza de vida.

Esta conclusión no hace más que reforzar muchas de las conclusiones de otros trabajos. No obstante, y debido a la ingente cantidad de libros publicados sobre la psicología positiva, en ocasiones se tiende a distorsionar ligeramente lo que entendemos por positividad o actitud positiva. Por ello, merece la pena profundizar en esos aspectos que nos pueden permitir ver la vida de manera esperanzadora y, a su vez, contribuir al fortalecimiento de nuestros procesos cognitivos.

Ver la oportunidad en medio de la dificultad

Ser positivo deriva básicamente de un concepto: saber posicionarse. No estamos, ni mucho menos, ante un comportamiento pasivo, de ese que se limita solo a confiar en que el destino siempre le será propicio.

Al contrario, la actitud que nos permite desarrollar nuestras competencias psicológicas es aquella que se esfuerza, que idea, analiza, que reflexiona e intenta siempre ver la oportunidad en medio de las dificultades.

Focalízate en las posibles soluciones y no solo ante el problema

La actitud positiva estimula la memoria porque nos anima a mantener el cerebro activo, a afinar cada proceso cognitivo, a potenciar competencias como la observación, la deducción, la atención, el análisis… De este modo, los enfoques más derrotistas siempre tenderán a poner la atención en los problemas y no tanto en las posibles soluciones.

La negatividad solo ve muros, la mente positiva, en cambio, atisba posibilidades y para ello, diseña no una, sino múltiples soluciones, salidas y respuestas para afrontar ese desafío.

Amplía perspectivas, el valor de ver más allá de lo que tenemos en frente

En medio del caos y la dificultad es común que nos limitemos a ver lo que tenemos más cerca. Abruman las facturas por pagar, el trabajo que pende de un hilo y que se puede terminar. Asusta esa relación que está perdiendo complicidad, ilusión, afecto… Cuando el día a día no es fácil, la mente actúa en modo zoom: se centra en lo complicado y lo hace más grande.

Esa no es una buena estrategia. Lo más idóneo es ampliar perspectivas, crear un gran angular y ver las cosas en distancia y de manera más relativa. Al ver las cosas en distancia restamos intensidad negativa a lo que nos atasca con ello, se reduce el estrés.

Es así como deducimos, por ejemplo, que la dificultad en el trabajo puede ser algo temporal. Nos decimos también que quizá, si al final esa relación no madura y se rompe, tal vez sea lo mejor para nosotros a largo plazo. Toda tarea que nos permita reducir el estrés actúa como un mecanismo catártico para el cerebro. Todo ello revierte en nuestras funciones cognitivas como la memoria.

Errar y perder, una oportunidad para aprender

Uno de los principales propósitos de Paul Wong en su reformulación de la psicología positiva, era dotarla de adecuadas estrategias para la gestión del estrés y la capacidad para afrontar aspectos como la pérdida, las decepciones, los errores…

La actitud positiva estimula la memoria (y las relaciones estimulantes pueden ayudarte)

Hay personas que te estresan y personas que te inspiran. Si deseamos ganar en salud mental, es conveniente recordar un dato que nos revelan en el estudio citado. La actitud positiva estimula la memoria porque muchos de los que aplican esta mentalidad se rodean de figuras estimulantes.

¿Qué significa esto? Significa que el optimismo también se contagia y que siempre es bueno rodearse de gente que nos trae esperanza, que nos invita a aprender, a experimentar, a ser más flexibles en nuestras ideas… Las relaciones sociales de calidad, que nos estimulan mental y emocionalmente, también revierten en la memoria.

La mente positiva es aquella que, aun en medio de las dificultades, confía en sus propios recursos para hacer que las cosas vayan mejor o, al menos, que tengan un sentido. Todo ello enciende, activa y refuerza muchos de los procesos cognitivos más básicos. Vale la pena intentarlo, ponerlo en práctica…

Emociones intraducibles: sensaciones difíciles de explicar

Seguro que a ti también te ha pasado: a veces experimentas sensaciones que no puedes explicar con palabras. Las emociones intraducibles definen una realidad muy común. Profundizamos en ellas.

Todos experimentamos sensaciones muy difíciles de explicar, de poner en voz alta y aún menos de describir con palabras. Las emociones intraducibles son estados que uno no sabe muy bien cómo definir. Esto sucede porque o bien se carece de la habilidad para expresarlas o porque no existen términos en el propio idioma. Ambas realidades son igual de comunes.

Ejemplo de ello es el niño de tres o cuatro años que estalla en rabietas, lloros y frustaciones porque carece aún de una adecuada inteligencia emocional. Sabe que está sintiendo muchas cosas a la vez, pero no puede y no sabe decir en voz alta qué es lo que le sucede. Adquirir una adecuada solvencia en el vocabulario de las emociones nos facilita la vida y hasta la convivencia.

Ahora bien, a menudo también aparece un fenómeno no menos interesante. Cada uno de nosotros lidiamos con experiencias psicofísicas que cuestan interpretar y comunicar porque no hay términos que los describan en nuestra lengua. Dicho de otro modo, hay estados para los cuales no existen entradas en nuestros diccionarios.

Como muestra ilustrativa, en alemán, podemos encontrar palabras como sehnsucht. Significa ‘anhelos de vida’ y define el deseo de otras realizaciones de vida, de otros propósitos existenciales, aún sabiendo que son inalcanzables. Algo que, sin duda, la mayoría hemos sentido alguna vez, pero que en español no sabríamos como etiquetar o describir sin recurrir a más de una frase.

Emociones intraducibles, sensaciones sin palabras que las contengan

A las personas nos puede costar más de una década desarrollar de una adecuada conciencia emocional. La capacidad para reconocer las propias emociones y las de los demás, discernir entre todo el espectro de sentimientos y saber cómo etiquetarlos requiere tiempo. Tanto es así que son muchos los que llegan a la edad adulta sin lograrlo. Porque, al fin y al cabo, esta aptitud no va de edad, sino de habilidades personales.

Ahora bien, hay un hecho innegable: lo que podemos etiquetar con algún término nos permite comprender mucho mejor lo que nos sucede. Es ahí donde entra en valor el idioma. Disponer de una serie de palabras que ya describen por sí mismas diferentes estados de ánimo nos confiere alivio y facilita la autorregulación.

Sin embargo, y esto nos ha pasado a todos, hay veces que se arremolinan en nosotros extrañas sensaciones que no encuentran un canal expresivo. No encontrar el molde de un sustantivo al que acogerse, como “miedo”, “tristeza” o “pesadumbre” provoca frustración. Por ello, denominamos emociones intraducibles a esos estados internos que no podemos trasladar en palabras.

Emociones más allá del lenguaje

Una de las tareas más esenciales de todo padre, madre y educador es desarrollar la capacidad lingüística de los niños en materia emocional. Comprender palabras como “alegría”, “enfado”, “miedo” o “asco” les permite a los pequeños comprender cómo se sienten en determinados momentos.

Ahora bien, no todos los estados emocionales caben o están presentes en cada idioma. Y este tema resulta cuanto menos tan singular como fascinante. Por ejemplo, el japonés es esa lengua que designa y describe estados emocionales tan sutiles como extraordinarios. Esos que hemos sentido muchas veces, pero que somos incapaces de clarificar porque no existen en nuestra lengua.

Ahí tenemos términos como natsukashii, una mezcla entre nostalgia, alegría y hasta tristeza a la vez por lo vivido con intensidad en el pasado, y que ya no volverá a ser. También shinrin-yoku, que define la sensación placentera de pasear y disfrutar de un “baño” de bosque.

Hay emociones intraducibles que, por lo general, no hallan su referente en las lenguas indoeuropeas. Sin embargo, en el mundo oriental se encuentran terminologías de lo más surtidas para evidenciar sentimientos y emociones altamente complejos.

En busca de una lexicografía intercultural

La universidad de Harvard publicó hace unos años un estudio vinculado a las emociones intraducibles. Algo evidente es precisamente esa inmensa variedad en la lexicografía intercultural. En cada idioma existente en nuestro planeta, se cristalizan a menudo palabras que describen realidades psicológicas que, aunque son universales, no son accesibles en cada registro lingüístico.

Por ejemplo, en inuit encontramos la bellísima palabra iktsuarpok, que describe la anticipación que uno siente cuando espera a alguien querido. Esa experiencia emocional la hemos sentido todos, pero no todos podemos expresarlo en una palabra porque no existe en nuestros diccionarios. En este trabajo se profundizó en algo tan ilusionante como prometedor.

Sería interesante enriquecer nuestro paisaje emocional aprendiendo términos como estos. Integrar en nuestro lenguaje palabras de otras lenguas para describir cómo nos sentimos sería algo positivo y terapéutico.

Las emociones intraducibles y la granularidad

Todos experimentamos emociones intraducibles. Cada uno de nosotros sentimos a diario sensaciones que se arremolinan y que cuesta definir. Entonces, ¿qué hacemos cuando no podemos describir cada sentimiento o emoción? Recurrimos a la granularidad. Se trata de un recurso en el que usar varios sinónimos para definir un estado concreto.

Uno puede hablar con un amigo para decirle que ese día siente, por ejemplo, una mezcla de nostalgia y tristeza por algo que, en realidad, nunca ha sucedido. Esa descripción tan desconcertante tiene un término en portugués (saudade).

En esencia, aunque el ser humano lidie a menudo con emociones que no tienen traducción, nos las ingeniamos para transmitirlas a los demás de varias formas. Y eso también es positivo. Porque lo importante, es comunicar, desahogar, compartir…

sábado, 14 de enero de 2023

¿Dónde está mi viejo yo?

¿Dónde está mi viejo yo?: una pregunta que nos puede hacer replantearnos nuestra existencia y nuestra identidad, si miramos nuestro recorrido vital.

Un accidente, una ruptura o un cambio estético que no aceptamos puede hacer que nuestra identidad se resienta. De repente, nos repensamos y, dependiendo del día, no nos reconocemos en la persona que somos hoy. Ya no tenemos los mismos sueños ni los mismos referentes. Sin embargo, sí muchas más resignaciones.

Preguntarnos dónde está nuestro viejo yo no es una cuestión de edad. Puede que nos reconozcamos extraños con nuestro pasado desde muy jóvenes. Ya en la pubertad, nuestra transición de niños a adolescentes puede ser más o menos traumática, dependiendo de cómo se vayan asumiendo cambios, interiorizando nuevos roles y renunciando a ciertos privilegios de la infancia.

Quizás no nos recuperemos del todo del hecho de haber sido niños o quizás en esa etapa sentimos ser nuestro verdadero yo, a la hora de vivir nuestras ilusiones, pasiones y miserias. Lo cierto es que en el camino hacia la madurez, vamos perdiendo nuestra espontaneidad.

La necesidad de reconocernos por dentro y por fuera

Todos necesitamos referentes. Padres, hermanos, amigas, compañeras de clase, etc. Luego nos asomamos más allá de nuestro contexto inmediato y queremos ver “qué tal va” el mundo ahí fuera. Observamos a los famosos, influencers, leemos biografías sobre personajes históricos y analizamos qué nos atrae de ellos.

La curiosidad por el mundo social no nos aleja de nuestro mundo interior, pero a veces sí lo perturba. Es en plena adolescencia, en la construcción de nuestro “avatar social”, cuando entendemos qué podemos tener interesante para el mundo y qué puede tener el mundo de interesante para nosotros.

Es una época en la que se está disparando la incidencia de algunos trastornos, muchas personas van a sufrir porque van a sentir que su imagen corporal está muy lejos del ideal social. Otras van a sentir que quizás no son tan masculinas o femeninas como los demás esperan o desean. Muchas van a enfrentarse a la difícil tarea de ser aceptadas por ellas mismas como seres diferenciados de la familia…

En plena lucha por la identidad personal, vamos a tener que lidiar también por la aceptación social dentro de un grupo social de referencia. Dependiendo de cómo nos vaya en esta construcción de doble sentido, llegaremos a una representación del “yo mismo” más o menos consolidada.

Esta motivación por ser “uno mismo” se verá desafiada. Vamos a sentir cómo se disuelve o desaparece si hacemos cosas con las que nuestra identidad nunca antes ha tenido que enfrentarse. Por otra parte, vamos a sentir que nuestro “yo mismo” se va a refrendar y fortalecer si hacemos cosas que nuestra identidad reconoce como valores que hemos ido trazando nosotros mismos y no desafíos o pruebas que nos resultan ajenos para la construcción de la identidad.

La identidad, un viaje hacia nosotros mismos que durará toda la vida

Encontrarse a uno mismo puede sonar como un objetivo inherentemente egocéntrico, pero en realidad es un proceso desinteresado que está en la raíz de todo lo que hacemos en la vida. Para sentirnos como una persona valiosa debemos saber qué valoramos y qué tenemos para ofrecer.

Es un proceso que implica derrumbarse, despojarse de capas que no nos sirven en nuestras vidas y que no reflejan quiénes somos en realidad. Sin embargo, también implica un tremendo acto de construcción: reconocer quiénes queremos ser y emprender apasionadamente el cumplimiento de nuestro destino único, sea lo que sea.

Es una cuestión de reconocer nuestro poder personal, pero siendo abiertos y vulnerables a nuestras experiencias. No es algo que temer o evitar, sino más bien algo que buscar con la curiosidad y la compasión que tendríamos hacia un nuevo amigo fascinante.

La sensación aterradora de que no somos “nada” de lo que fuimos

Existe una sensación muy angustiante que puede aparecer en determinadas épocas de nuestra vida y es la de “no reconocerse”. Ya sea por haber ejecutado muchos cambios, por no haber hecho ninguno o por haberlos realizado en una dirección que consideramos poco valiosa para nosotros.

Estos momentos son muy delicados, ya que podemos sufrir episodios de despersonalización y desconexión de la realidad que vivimos. Hay numerosas causas que nos pueden despertar esta sensación de haber perdido parte de nuestra identidad.

Hay experiencias sensoriales, sociales o ecmnésicas que nos producen desazón y desarraigo respecto nuestra vida sentimental, social y laboral. Algunas de las experiencias que nos pueden hacer dudar sobre el sentido de nuestra identidad son las siguientes:
  • Ver una fotografía del pasado: una fotografía es una visión de nosotros mismos “desde fuera” que nos proporcionan un contexto inmediato de lo que vivíamos en determinada época, en qué estábamos envueltos, cuánto de dichosos estábamos en ese momento, etc. Sentir que hemos desconectado nuestra vida de cierta imagen pasada que nos agradó nos puede inducir una sensación de desesperanza y fracaso personal.
  • Un trozo de papel que resuma una época de nuestra vida: un billete de avión, las indicaciones de una operación o las anotaciones de qué tenía qué hacer durante la semana. No hace falta abrir un diario para remontarnos a un momento pasado que nos recuerde qué hacíamos o dónde nos dirigíamos en nuestra vida.
  • Encontrarnos con una persona que hace mucho tiempo que no veíamos: esta es una de las experiencias más gratificantes o dolorosas que podemos experimentar. Fuera de los filtros visuales y relatores de las redes sociales, cuando nos encontramos con alguien estamos expuestos durante algunos minutos a un “examen” visual y experiencial para el que quizás no nos habíamos preparado y en una situación no planeada.
Estas son algunas de las situaciones que nos pueden hacer sentir que nuestra identidad está perdida o alterada porque no nos reconocemos respecto a los grandes temas y valores vitales que un día tuvimos.

Tener grandes proyectos vitales es igual de inspirador que de problemático para la identidad personal. Nos pueden ayudar a construirnos, pero también a proyectar demasiado de lo que creemos que somos, ignorando las circunstancias que son cruciales para entender lo que hacemos y por qué lo hacemos.

Un viaje o una parada…

Preguntarnos “¿dónde está mi viejo yo?” puede ser uno de los primeros interrogantes que nos lleve a un reencuentro con nosotros mismos aceptando lo sucedido en nuestro pasado; o, por el contrario, puede ser el primer formato de una serie de reproches hacia nosotros mismos que no nos conduzca a ninguna parte.

Para que el viaje de la identidad sea creativo y no represivo, tenemos que dotarnos de herramientas para ello. Un buen profesional de la psicología te dará las herramientas necesarias para resignificar algunas de tus experiencias diarias y volverlas a dotar de sentido, en lugar de perseguir un ideal totalmente ajeno a la realidad que vives.

viernes, 13 de enero de 2023

5 claves para saber si eres una persona madura

Nunca terminamos de madurar emocionalmente. Sin embargo, hay ciertas actitudes y conductas que indican que ya hemos recorrido buena parte del camino. ¡Descubre si cumples con todas!

Normalmente, pensamos que la madurez es una cuestión de edad, que el paso de los años nos convierte en seres más conscientes, asertivos y resueltos. Sin embargo, no se trata del tiempo que transcurre, sino de las experiencias que tenemos y, sobre todo, de lo que hacemos con ellas. Por esto, para saber si eres una persona madura, tendrás que ir más allá.

A nivel físico, la madurez designa el momento en que el organismo ha completado el desarrollo, en especial, a nivel de talla, peso y maduración sexual. A nivel cognitivo, nos habla del punto en el que el cerebro ha completado su evolución y el funcionamiento mental es óptimo, especialmente en cuanto a funciones mentales superiores.

Estos dos procesos suelen llevarse a cabo durante la adolescencia y la edad adulta, y no requieren un esfuerzo deliberado por nuestra parte. Sin embargo, la madurez emocional puede tardar mucho más tiempo en adquirirse y, en este caso, sí dependerá de nosotros trabajar y favorecer este camino.

¿Crees que ya lo has completado? Entonces, analiza las siguientes claves e identifica en qué grado reflejan tu realidad.

¿Cómo saber si eres una persona madura?

Los principales indicadores de que una persona ha madurado a nivel emocional serían los siguientes:

1. Eres capaz de tomar decisiones

Nuestra capacidad para tomar decisiones es una excelente forma de medir nuestra autonomía y madurez emocional, y es que refleja el grado en que hemos aprendido a valernos por nosotros mismos. Tomar una decisión implica escoger una opción, renunciar al resto y asumir las consecuencias de este acto. Y, para muchas personas, constituye un auténtico reto.

Se ha encontrado que quienes tienden a ser indecisos tardan más en escoger un camino, necesitan más información para hacerlo y se muestran reticentes a decidir. En realidad, se sienten abrumados al percibir las situaciones como más amenazantes de lo que son y al no confiar en sus propios recursos para hacerles frente. Así, es común que busquen un apoyo excesivo en su entorno.

Por el contrario, la madurez emocional nos permite afrontar la incertidumbre con serenidad y hacernos cargo de ella, sabiendo que, aunque nuestra elección sea errada, podremos asumir las consecuencias y cambiar el rumbo.

2. Sabes decir “no” y “basta”

Este es uno de los aprendizajes más valiosos en la vida de toda persona y, sin embargo, a muchas de ellas les cuesta casi una vida adquirirlo. Decir “no quiero”, “no me apetece”, “no estoy de acuerdo”, “ya no acepto esto” puede resultar muy complicado, ya que la mayoría de nosotros crecemos con la idea de que debemos complacer a los demás.

Sabrás que eres una persona madura cuando te veas negándote con naturalidad a peticiones, situaciones y eventos que así lo requieran. Negarse a realizar un favor, declinar la invitación a una reunión que no nos apetece, abandonar una relación abusiva, defender nuestros derechos… Todas estas pequeñas acciones suelen ser la consecuencia de un gran trabajo interior.

3. Te haces responsable de ti

Ser una persona madura implica hacerse responsable de uno mismo, del propio bienestar y no colocar ese peso en manos ajenas. Significa abandonar el papel de víctima, dejar de culpar a los demás o a la vida por nuestra situación y tomar las riendas. Esto no quiere decir que todo deba acomodarse a nuestro favor, siempre hay elementos que escapan a nuestro control, pero sí requiere asumir un papel activo en la consecución de nuestras metas.

Así, quien ha madurado emocionalmente logra encontrar en sí mismo su propio centro, no busca cambiar a otros ni espera que estos le aporten la felicidad que no se ofrece a sí mismo. Al contrario, se ocupa de convertirse en un ser completo que pueda compartir con los demás esa plenitud desde la libertad.

Además, es capaz de asumir sus errores y rectificar cuando sea necesario. Comprende que no es un ser perfecto y no teme trabajar en sus vulnerabilidades.

4. Tienes una alta inteligencia emocional

La gestión de las emociones es un indicador clave de la madurez, siendo uno de los aspectos que más influye en el bienestar personal y en las relaciones sociales. El desarrollo de la inteligencia emocional tiene mucho que ver con la educación temprana que recibimos, pero también con el trabajo posterior que hacemos para compensar esas posibles carencias.

Así, si deseas saber si eres una persona madura, pregúntate cómo te relacionas con las emociones propias y ajenas. ¿Sueles sentirte secuestrado por estados emocionales muy intensos?, ¿actúas de modos que te llevan después a arrepentirte?, ¿sabes escucharte y actuar en coherencia con lo que sientes? Y no menos importante: ¿eres capaz de ver, entender y respetar las emociones de otros?

Cuando huimos de los sentimientos a través de adicciones, fiestas, compras compulsivas, deporte o cualquier otra actividad que empleamos como evasión, es evidente que nos falta un trabajo por hacer. Y lo mismo sucede si no somos capaces de lidiar con las emociones de quienes nos rodean, si nos incomoda ser empáticos, mostrarnos vulnerables o ceder y negociar en nuestros vínculos.

5. Has integrado tu pasado

Por último, para identificar si eres una persona madura, analiza la visión que tienes respecto a tu pasado. Todos hemos cometidos errores, hemos dañado y nos han herido, hemos enfrentado la frustración, la decepción y el fracaso. Ahora bien, la madurez nos permite comprender, integrar y liberar ese pasado doloroso.

Desde este punto, ya no lo recordamos con rencor, rabia o tristeza, sino como parte de un gran aprendizaje. Con el paso del tiempo y la introspección, hemos logrado extraer una lección de cada evento y hemos podido perdonar y perdonarnos.

Así, no cargamos con duelos sin resolver, odios enquistados ni culpas patológicas. Echando la vista atrás, podemos percibir un cambio notorio en nosotros mismos y somos capaces de agradecer, en cierta medida, como todas esas experiencias contribuyeron a convertirnos en quienes somos.

La madurez emocional es un crecimiento constante

¿Crees que has alcanzado la mayoría de los puntos anteriores? Si no es así, no te preocupes, pues en realidad la madurez emocional no es un destino, sino un camino. Todos tenemos algo que aprender, algún área por pulir, una nueva y mejorada versión de nosotros mismos que desarrollar.

Así, no se trata de buscar la perfección, sino de disfrutar del camino de crecimiento, de apreciar y celebrar nuestros avances y, sobre todo, de disfrutar la paz que llega con la madurez emocional; esta es la verdadera base de la felicidad.

jueves, 12 de enero de 2023

¿Es posible encontrar un trabajo no estresante?

El único modo de encontrar un trabajo no estresante es reformulando por completo los entornos laborales. Si un empleado percibe su puesto como una amenaza o se vulneran sus derechos, el impacto psicológico siempre estará presente.

Puede que pienses que el único modo de tener un trabajo que no sea estresante sea creándolo, siendo el CEO. Ahora bien, lo cierto es que ni siendo el jefe u optando por desarrollar la actividad laboral en casa, nos libramos de las tensiones emocionales y físicas.

Parece que toda profesión y cargo en una organización deja, en mayor o menor grado, una impronta en nuestra salud psicológica. Por otro lado, si buscamos esos empleos que según diversas estadísticas resulten menos estresantes, encontramos categorías tan dispares como jardineros, paisajistas, desarrolladores web, masajistas o técnicos de turbinas de viento. Sin embargo, ninguna labor está desprovista por completo de todo vestigio de estrés.

El ser humano necesita de un nivel justo y adecuado de este mecanismo psicofísico para actuar en cualquier escenario social. Es la energía que impulsa la motivación, es el oxígeno que da forma a la proactividad y la mecha que nos permite resolver cualquier desafío. El problema llega cuando no podemos afrontar las demandas del entorno con los discursos de los que disponemos. Y esto es algo frecuente en el trabajo.

Encontrar un trabajo no estresante depende de tres factores

Si hay una experiencia recurrente que está sintiendo buena parte de la población es agotamiento. Agotamiento y un exceso de trabajo. La carga mental es inmensa y mucha gente se está marcando como propósito cambiar de empleo, buscar algo más ajustado a sus necesidades. Anhelamos puestos que se ajusten a nuestras competencias profesionales, pero que respeten también nuestro bienestar mental.

Una investigación, de la Universidad de Medicina de Londres recuerda que el estrés, definido como ese conjunto de presiones y demandas indebidas que nos imponen, se traduce casi siempre en enfermedades. Perdemos la salud al ganarnos la vida, y esto es algo que queremos evitar. Por ello, una necesidad cada vez más común es encontrar un trabajo no estresante. Lograrlo, dependería de tres factores. Los analizamos.

Depende de nuestras habilidades para regular el estrés en general

Tal y como hemos señalado, el estrés forma parte de nuestra cotidianidad. Saber manejarlo, disponer de unas habilidades básicas para afrontar los problemas y las tensiones es algo esencial en el viaje de la vida, no solo en el terreno laboral. Lo primero que debemos saber es que hay personas más resistentes al estrés y otras mucho más vulnerables.

Lo segundo que vale la pena recordar es que todos podemos adquirir, desarrollar y aprender adecuadas competencias en esta materia. Estas serían las claves:
  • Inteligencia emocional: buena gestión de las emociones.
  • Mantener el foco: tener claras nuestras prioridades y saber qué es lo más importante en cada momento.
  • Habilidades para resolver problemas.
  • Comunicación asertiva.
  • Saber tomar decisiones.
  • Manejar un adecuado balance entre trabajo y tiempo libre/obligaciones y ocio.
Las propias organizaciones deben promover un clima de “seguridad psicológica”

Encontrar un trabajo no estresante depende también del compromiso de las empresas para crear entornos más saludables mentalmente. De hecho, La Agencia Europea para la Seguridad y Salud del Trabajo estipuló que esta es ahora una obligación de las empresas. Es decir, atender la seguridad psicológica de los trabajadores, (además de la física) es una prioridad.

Las estrategias para lograrlo serían las siguientes:
  • Salarios dignos.
  • Implementar objetivos que el empleado pueda asumir y que no supongan una sobrecarga.
  • Horarios respetuosos.
  • Aplicar adecuados tiempos de descanso.
  • Capacidad para que el empleado pueda tomar decisiones.
  • Adecuados canales de comunicación entre los diferentes estamentos de la empresa.
  • Favorecer relaciones positivas entre todo el personal.
  • Posibilidades de desarrollo profesional.
  • Involucrar a los empleados en las pequeñas y grandes decisiones.
  • Establecer canales y recursos para identificar y actuar ante el malestar psicológico, así como ante los problemas entre los empleados (como, por ejemplo, el acoso).
Si quieres encontrar un trabajo no estresante, busca un empleo que te apasione

Sabemos que la felicidad y el bienestar residen en lograr un adecuado equilibrio entre la vida laboral y personal. No hay que vivir en exclusiva para trabajar, lo sabemos. Sin embargo, necesitamos empleos dignos que se ajusten a nuestras competencias y que nos apasionen.

Encontrar un trabajo no estresante no es fácil. Primero porque no existe. Como ya hemos señalado, todo puesto implica tener que lidiar con una carga determinada de estrés (como el eustrés o estrés positivo) y eso siempre es motivador y necesario. Porque la ausencia total de esta dimensión deriva, casi siempre, en el aburrimiento, la falta de desafíos y hasta la desidia.

Debemos buscar trabajos que se adecúen a nuestros sueños, valores, gustos y metas profesionales. Solo cuando desempeñamos una labor que nos satisface, la carga de estrés es tan llevadera que apenas limita, pesa o lastra. Al contrario: impulsa. Somos conscientes de que es difícil, de que el mercado laboral es una selva caótica, decepcionante a veces, y desesperante casi siempre. Sin embargo, no podemos rendirnos.

Como decía Confucio, “elige un trabajo que te guste, y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”.

miércoles, 11 de enero de 2023

Psicoterapia cognitiva postracionalista, ¿qué es?

La psicoterapia cognitiva postracionalista es un enfoque muy interesante que tomó forma definitiva a comienzos del siglo XXI y que puede resultar muy eficaz para tratar problemas emocionales.

La psicoterapia cognitiva postracionalista es una corriente derivada de la terapia cognitiva y del constructivismo. Fue fundada a finales de los años 90 por el neuropsiquiatra Vittorio Guidano. Más adelante, otros psicólogos desarrollaron y enriquecieron estas tesis.

En los ejes básicos de la psicoterapia cognitiva postracionalista está la idea de que cada persona va construyendo la realidad de una manera única e irrepetible, y que dentro de este proceso son fundamentales el lenguaje y la identidad. El propósito fundamental de este tipo de terapia es facilitar esa construcción.

Aunque la psicoterapia cognitiva postracionalista es una modalidad de intervención clínica, también se le considera una escuela teórica (un marco conceptual completo en el que entender la clínica). Postula que el ser humano alcanza el bienestar cuando logra dar consistencia y continuidad a su historia personal. Esto se expresa a través de una narrativa coherente y flexible acerca de quién es y hacia dónde va.

La psicoterapia cognitiva postracionalista

Vittorio Guidano se basó en los trabajos de Humberto Maturana y Francisco Varela para proponer la psicoterapia cognitiva postracionalista. Partió de un modelo cognitivo-constructivista. La idea central aquí es que no existe una realidad externa unívoca y definida. Tal realidad es autoconstruida y autoorganizada por cada sujeto.

Por lo anterior, el conocimiento se genera a partir de una interpretación de la realidad que hace cada sujeto. Esto se hace a través de un procesamiento de la información que brinda el mundo, en la cual influyen diferentes aspectos subjetivos de cada individuo.

A diferencia del cognitivismo precedente, en la psicoterapia cognitiva postracionalista las emociones juegan un papel importante, incluso por encima de la cognición. Esta corriente sus primeras bases en el libro Cognitive Processes and Emotional Disorders, de Vittorio Guidano y Giovanni Liotti, publicado en 1983. Sin embargo, no tomó forma definitiva hasta 1999.

Los niveles de experiencia

La psicoterapia cognitiva postracionalista plantea que toda experiencia humana se produce en dos niveles. Tales niveles existen y actúan de manera simultánea. El primero corresponde a la experiencia con el mundo como tal, y el segundo a la interpretación o explicación de esa experiencia:
  • Primer nivel. Corresponde a la experiencia inmediata que vive una persona. Está formada por las sensaciones, emociones y conductas que fluyen de manera natural cuando se vive una determinada experiencia. Es inconsciente.
  • Segundo nivel. Tiene que ver con la interpretación que se le da a la experiencia inmediata. Incluye la comprensión y el ordenamiento de las ideas y emociones frente a esa realidad que se ha experimentado. Es consciente.
El trabajo del terapeuta en la psicoterapia cognitiva postracionalista consiste en abordar esa relación que hay entre la experiencia y su interpretación. Tal experiencia abarca la identidad personal, o sea, el sí mismo o self. Cuando en ese terreno del yo no hay continuidad y coherencia, o sea, cuando hay una grieta entre los dos niveles, se producen los síntomas psicológicos (ansiedad, depresión, etc.).

La terapia

La psicoterapia cognitiva postracionalista es de tipo colaborativo, o sea que debe haber trabajo de parte y parte. La herramienta básica que se utiliza es la autoobservación. El psicoterapeuta reformula la problemática emocional que vive el paciente y luego le ayuda a hacer conscientes sus síntomas, los procese y los integre en la narrativa de su historia personal. El resultado de esto es una lectura vital consistente.

Este tipo de terapia es conversacional. Tiene que ver con la llamada “conversación de segundo orden”. Esto es, un tipo de diálogo dirigido en el que el paciente y el terapeuta se enfocan en el análisis de los aspectos sensoriales, emotivos, afectivos, emocionales y conductuales del paciente.

La psicoterapia cognitiva postracionalista emplea también la técnica de Moviola. Ese nombre hace alusión a la primera máquina que permitió editar películas. Algo similar es lo que se hace con el paciente en este tipo de psicoterapia, lo cual implica tres procesos:
  • Visión panorámica. Consiste en dividir una experiencia en una secuencia de escenas. Algo así como ver una película “cuadro a cuadro”. Eso ofrece una visión general de la situación.
  • Reducción. El paso siguiente es el de precisar los detalles sensoriales y emocionales que están presentes en cada una de las escenas definidas. Es similar a mirar “con lupa” cada fragmento de la experiencia.
  • Amplificación. Una vez se ha detallado al máximo cada escena, se vuelve a reconstruir la secuencia. De este modo, el paciente ve un panorama diferente al que percibió en un principio y logra encontrar el hilo conductor.
La psicoterapia cognitiva postracionalista es un enfoque muy interesante que puede resultar muy eficaz para tratar problemáticas, sobre todo, de tipo emocional. Sin embargo, es aplicable a todo tipo de síntomas.