lunes, 18 de mayo de 2020

La ternura del corazón, más necesaria que nunca en los tiempos duros

La ternura es el lenguaje de la bondad y la conexión emocional. En tiempos duros, actúa como ese corazón que sabe ser hogar. También, como ese acto altruista guiado por el cariño  capaz de generar cambios, de ser una ayuda auténtica, a la vez que útil.

En tiempos duros, la ternura del corazón es más necesaria que nunca. Si Charles Darwin nos señaló que las especies que sobreviven no son las más fuertes ni las más rápidas ni las más inteligentes, sino aquellas que mejor se adaptan a los cambios, le faltó añadir un pequeño aspecto. Nos referimos, cómo no, a la bondad, a la ternura, a la capacidad de servir de ayuda y apoyo al grupo social.

Más allá de lo que podamos pensar, estas dimensiones son las que más revierten en nuestra supervivencia. La ternura, comprende un crisol emocional inmenso. En ella cabe la empatía, la cercanía, la capacidad de sentir y ofrecer un afecto altruista al conectar con algo o alguien. El corazón que experimenta todas estas sensaciones trasciende más allá de la línea del egoísmo para ser de ayuda a los demás.

Ternura es cariño puro y gratuito envuelto en delicadeza. La misma que puede definir a cualquier profesional en su labor cotidiana: al médico, a la enfermera, al auxiliar que atiende a los ancianos, al psicólogo, al maestro… También al padre que cuida de sus hijos, al amigo que se preocupa de sus amigos y al desconocido que en un momento dado decide visibilizar al invisible y servir de apoyo.

Como bien decía Nicolás de Maquiavelo, las grandes dificultades son más livianas cuando abunda la buena voluntad. Si impera la ternura, ganamos todos.

La ternura del corazón, la base de la preocupación empática

La Universidad de Groninga, en Amsterdam, Países Bajos, llevó a cabo una investigación en el 2012 muy interesante a la vez que ilustrativa. Decimos esto porque hasta no hace mucho, la ternura era una de esas emociones descuidadas por el campo de la psicología. Así lo explica uno de los grandes entendidos en esta materia, como es Paul Eckman.

Para este pionero en el estudio de las emociones, dicha dimensión es la que confiere calidad a nuestros vínculos. Sin embargo, en el estudio que realizó el departamento de psicología social de esta universidad, destacan que la ternura de corazón es una pieza esencial en lo que conocemos como preocupación empática. Veamos en qué consiste.

En momentos de dificultad necesitamos una conexión emocional profunda

Cuando uno atraviesa por momentos complicados, hay un tipo de ayuda que valoramos más que cualquier otra. Es aquella que nace del corazón, la que es espontánea, la que se preocupa de verdad y que logra arroparnos desde el afecto. Hay en cambio quien solo presta una ayuda «instrumental», quien nos hace el favor solo porque toca, porque es la obligación o porque solo busca quedar bien.

En el estudio referenciado evaluaron precisamente la preocupación empática para entender qué dimensiones la conformaban. Algo que pudo verse es que en ella hay conexión emocional profunda. Hay una ternura de corazón capaz de vincularse de manera significativa con quien sufre, con quien necesita apoyo o ayuda. Es una respuesta emocional en la que confluye la compasión, la simpatía y el afecto.

La ternura de corazón, siempre tan necesaria

La ternura de corazón no solo favorece el comportamiento prosocial. Tal y como señalábamos al inicio, es un promotor de la supervivencia grupal, del bienestar y también de la felicidad.

En el universo emocional, la ternura es la que identifica al vulnerable sintiendo un deseo activo por servir de apoyo, por ser un refugio seguro donde el otro pueda guarecerse, hallar equilibrio y refuerzo a sus necesidades.

Quien se permite cultivar la ternura, jamás se cansa de cuidar a los suyos, de hablar ese lenguaje que tanto revierte en las relaciones de pareja, que tanto nutre los vínculos con los hijos e incluso con los amigos. Ser tierno, al fin y al cabo, no es ser débil. Es ser lo bastante valiente como para ir más allá de uno mismo y llegar al otro de manera activa, tanto en actos como en sentimientos.

Tiempos duros, corazones valientes

En tiempos duros necesitamos corazones valientes. Necesitamos mentes claras que sepan intuir necesidades y corazones tiernos capaces de romper el molde del egocentrismo para crear anclas, puentes y lazos entre las personas. Algo así solo se puede dar desde el cariño, desde ese material en el que se integra la compasión, el efecto y la responsabilidad personal hacia el otro sintiéndolo a su vez, como parte de un mismo.

En días complicados necesitamos personas que sumen y no que resten, figuras altruistas y llenas de coraje que saben transmitir comprensión, que saben ser hogar cuando fuera hace frío y otros se sienten perdidos. Todos estos comportamientos a su vez, revierten también en uno mismo.

Como bien decía Platón, buscando el bien de nuestros semejantes, al final, encontramos el nuestro. De eso se trata, de practicar cada día el sentido de la palabra humanidad; es decir, la capacidad de sentir afecto, comprensión y solidaridad hacia los demás. Solo así, seguiremos avanzando como especie, solo así esculpiremos las bases de un auténtico progreso… basado en la armonía y el afecto.
Tengámoslo en cuenta.

domingo, 17 de mayo de 2020

Confinamiento en pisos pequeños: el mundo en cuatro paredes

No todos tenemos grandes terrazas, jardines o equipos de gimnasio. Una buena parte de la población realiza el confinamiento en pisos pequeños o incluso en habitaciones. En estos casos, es necesario tener en cuenta una serie de consejos.

Hay una realidad un tanto invisibilizada y no es otra que el confinamiento en pisos pequeños. Espacios reducidos donde el tiempo pasa a menudo mucho más despacio y a veces en condiciones complicadas. No podemos olvidar, por ejemplo, a los que viven en una habitación, estudiantes o grupos de inquilinos que habitan en un mismo espacio por razones laborales o personales.

Hay algo que está claro: la actual pandemia está actuando como temible igualador en lo que se refiere a la propia enfermedad y al impacto psicológico. Todos podemos contraer el coronavirus y todos experimentamos ansiedad e incertidumbre ante esta circunstancia y ante cómo pueda cambiar el mundo el día de mañana.

Sin embargo, cada uno de nosotros vemos y vivimos cada acontecimiento desde una circunstancia social propia. Cada rostro, cada mente y cada mirada atiende el devenir de los días desde un tipo de cristal. Hay ventanas tímidas incrustadas en pequeños habitáculos de nuestras urbes. Hay casas en estrechas callejuelas que apenas atisban la luz del sol.

Por contra, hay quien puede abrir su ventanal y permitirse incluso desayunar en su balcón o pequeña terraza. Otros pueden descansar y desconectar cuando deseen paseando por la calidez de un jardín o de un campo.

Como es de esperar, el impacto del confinamiento no será igual para esa familia que hace vida en un espacio reducido que en quien puede abrir la puerta, y desconectar leyendo bajo un árbol.

Confinamiento en pisos pequeños: la vida en un espacio reducido

El confinamiento en pisos pequeños supone, en muchos casos, tener que hacer vida en un espacio de poco más de 50 metros cuadrados (o incluso menos). El impacto, evidentemente, no es el mismo en caso de que sea una persona sola o una familia. No obstante, en la mayoría, esta realidad define a parejas con hijos y mascotas incluídas.

Si la vida en estas condiciones ya era complicada antes del confinamiento, ahora lo es más. Al fin y al cabo, el devenir de la vida, de las rutinas y la cotidianidad, nos aleja durante muchas horas fuera del hogar.

Trabajo, compras, colegio… El equilibrio que nos aporta nuestra sociabilidad externa y la vida de la calle, se compensa con esos instantes de intimidad en casa donde a fin de cuentas, todo se lleva bien y nos sentimos satisfechos.

Por otro lado, el confinamiento en pisos pequeños es algo que puede tener una mayor complejidad psicológica entre jóvenes que comparten piso. La vida entre las cuatro paredes de una habitación puede ser muy desgastante psicológicamente. Asimismo, los problemas de convivencia son a menudo, otro ingrediente en ese cóctel que hace más o menos complicado el confinamiento.

Teniendo clara esta radiografía ¿qué estrategias podríamos seguir para mejorar nuestra calidad de vida en estas condiciones?

Pequeños espacios, actividades diferentes

Hay un aspecto que debemos tener en cuenta en caso de que hagamos el confinamiento en pisos pequeños: hay que diversificar espacios en la medida de lo posible y no realizar todas las tareas en un mismo lugar. ¿Qué significa esto? Pondremos varios ejemplos.

  • Las comidas no pueden hacerse en el sofá, en la cama o en ese mismo lugar donde vemos la tele o descansamos. Lo haremos en la mesa.
  • Si tenemos que teletrabajar, no lo haremos en el mismo lugar en el que comemos. Si es posible, podemos incluso desplazar esa misma mesa a otro espacio (ideal si es cerca de una ventana).
El objetivo es el siguiente: distraer a la mente. Si nos limitamos a comer, trabajar y ver la tele siempre en un mismo sitio la sensación de presión, agotamiento y frustracion será más elevada.

Un espacio pequeño debe salvaguardar los momentos de privacidad

Todos en casa necesitamos instantes en soledad. Una o dos horas al día para estar con nosotros mismos es fundamental para cualquier miembro de la casa. Por tanto, siempre que sea posible, uno debe poder desconectar de los demás y acudir o bien a su habitación, un balcón o una terraza para poder leer, escuchar música, hacer ejercicio…


Rutinas: organizar tiempo es mejorar la calidad de vida

El confinamiento en pisos pequeños necesita también de esa estrategia tan básica en el contexto actual: rutinas. Más allá de lo que podamos creer, regular tiempos, tareas, momentos de ocio, de trabajo, de ejercicio, etc, es una ayuda para nuestra salud mental.

No importa si somos más activos o más pasivos, si lo nuestro es hacer limpieza o dedicar tiempo a hacer yoga, leer o dibujar. Ir cambiando de actividad es un estímulo altamente beneficioso.

Confinamiento en pisos pequeños: sol y vitamina D

Uno de los mayores problemas que pueden sufrirse durante el confinamiento en pisos pequeños es la falta de acceso a luz solar. Estudios como el llevado a cabo en la Universidad de California, Berkeley, por los doctores William Grant y Henry Laore, destacan que la falta de vitamina D, puede elevar el riesgo de contraer infecciones.

Un sistema inmunitario débil, con falta de esta y otras vitaminas, siempre es peligroso. Por tanto, en la medida que nos sea posible, debemos tomar contacto con el sol entre 15 o 30 minutos al día. Aprovechemos si tenemos acceso a balcones, ventanas o terrazas. De este modo, podremos aumentar nuestro nivel de vitamina D.

Creatividad: pequeños espacios llenos de magia

Los pequeños espacios pueden tener un gran potencial. Tal vez durante estos días tengamos una oportunidad idónea para hacer pequeños cambios.

El objetivo es encontrar esos trucos que logren dar mayor luminosidad a ese piso, a esa habitación. Asimismo, con un poco de ingenio, ganas y creatividad podemos crear rincones llenos de originalidad y encanto para nosotros y los más pequeños de la casa.

En ocasiones, algo tan simple como usar una sábana para hacer un tipi indio puede dar la los niños uno buen rato de disfrute. El encanto de una casa, de un piso o de un espacio determinado, por pequeño que sea, lo crean sus habitantes.

La idea es cuidar de nuestras emociones, motivación, salud y esperanza para hacer que estos días sean algo más llevaderos.

sábado, 16 de mayo de 2020

El mundo a través de una mascarilla: impacto psicológico

Tener que incluir en nuestra cotidianidad el uso de mascarillas hace que veamos el mundo de otra manera. Ese elemento extraño, además de incómodo, filtra a veces la percepción que tenemos del presente preguntándonos qué pasará en el futuro.

Higiénicas, quirúrgicas, FFP1, FPP2, FPP3… Nuestro lenguaje se ha enriquecido con términos que nunca nos hubiera gustado tener que usar, pero las realidades determinan el lenguaje y también tienen un evidente impacto psicológico. Estamos empezando a ver el mundo a través de una mascarilla y por lo que parece, este elemento va a ser un complemento habitual en nuestras vidas durante un tiempo.

«Tenemos que seguir el modelo asiático» dicen algunas voces, hay que imitar al pueblo nipón, chino o coreano en el uso habitual de las mascarillas como estrategia para evitar contagios. Para ellos, para buena parte de este amplísimo núcleo poblacional, lejos de ser una obligación o un comportamiento nuevo, es el resultado de una conducta largamente integrada en su registro cultural.

Por un lado, ellos conciben como una falta de respeto el hecho de tener algún virus (como un simple resfriado) y contagiar a otros al compartir unos mismos espacios. Asimismo, existe otro factor y no es otro que la contaminación de las grandes urbes asiáticas o esas finísimas partículas de polvo que llegan a muchas ciudades procedentes del desierto del Gobi.

Llevar el rostro cubierto con una máscara forma parte de su cotidianidad. En cambio, en occidente, la palabra «mascarilla» ha llegado entremezclada con el pánico, la inquietud y los vientos contradictorios de esas fuentes oficiales que al principio no recomendaban su uso para la población general y ahora se advierte que será un elemento recurrente y necesario en los próximos días.

El mundo a través de una mascarilla ¿cómo nos puede afectar?

El mundo a través de una mascarilla no se ve igual. Resulta incómodo, extraño y desafina nuestra normalidad. Además, este elemento no ha llegado solo, le acompañan los guantes, el gel hidroalcohólico y en algunos casos puntuales, hasta las viseras protectoras. Algo que para nuestros sanitarios no era nuevo, ahora es básico y urgente, ya que se alza como esa barrera con la que proteger la vida.

Para quien no forma parte del núcleo sanitario, heróico en estos días, también ha visto cambiada su realidad de muy diversas maneras. Admitámoslo, las mascarillas son la metáfora de la actual pandemia, son el icono que nos acompaña estos días y que ha alterado por completo nuestra realidad desde los cimientos. Todo ello está teniendo más de un efecto psicológico.

Incertidumbre y miedo: ¿qué pasa si no la uso? ¿y si no puedo comprarme una? ¿y si no me protege?

Dudas, inquietudes y preocupación. Esas son las semillas del día a día que incrementan la ansiedad en un buen número de personas. El miedo a contraer el coronavirus nos aboca a tomar medidas de protección que van más allá de la higiene de manos y la distancia social.

Si al principio éramos reacios a su uso, la presión social y el ver de manera constante a personas con el rostro cubierto ha hecho que «necesitemos» adquirirlas. Ahora bien, la falta de existencias en farmacias y otros centros eleva aún más esa inquietud, el miedo y la obsesión por adquirirlas.

Por otro lado, la carencia de este producto en el mercado actual nos aboca a manufacturarlas. Pero su uso, el de mascarillas caseras de tela, incentiva otra angustia: sabemos que esa es una medida de protección ínfima y que no estamos protegidos. Este es otro detonante para la ansiedad en ciertos casos.

Nuestra realidad ha cambiado

Ver el mundo a través de una mascarilla deja una impronta en nuestra mente: la de que todo ha cambiado. Ahora, cada vez que salimos de casa, además del móvil, la cartera y las llaves, llevamos con nosotros una mascarilla. No importa que sea higiénica, quirúrgica o una FPP3. La vida ya no se ve igual, hay un elemento extraño que lo distorsiona.

Sabemos que todo esto será temporal. Damos por sentado que, dentro de un tiempo, el virus que vino sin que se le esperara irá perdiendo virulencia, que aparecerán mecanismos para hacerle frente y recuperar en la medida de lo posible, nuestra cotidianidad.

Sin embargo, tener que incluir ese elemento en nuestras vidas de manera cotidiana da presencia al propio virus, lo hace patente y nos recuerda que «nos protegemos» de un enemigo.

Este hecho puede tener un impacto diverso en la población. Habrán personas que lo asuman con normalidad. Pero habrá, evidentemente, quien se coloque la mascarilla con ansiedad y angustia, incapaz de habituarse a este cambio de hábito.

Las mascarillas no detienen pandemias pero filtran el miedo

En una de las comparecencias del director general de la OMS, Tedros Adhanom, señaló sentirse preocupado por el uso masivo de mascarillas médicas por parte de la población general. Esa búsqueda casi desesperada por hacernos con una, provoca que quien lo necesite de verdad, carezca de ellas.

Sin embargo, las industrias de cada país se han puesto manos a la obra para fabricarlas. En poco tiempo, nos autoabastecernos de ellas y será sencillo adquirirla en farmacias. Sin embargo, hay algo evidente que no podemos pasar por alto. Las mascarillas no detienen las pandemias. No frenan  al 100 % este virus por sí mismas. Sin embargo, eso sí, filtran nuestro miedo.

El mundo a través de una mascarilla es extraño y ha cambiado, pero la gran mayoría las queremos y las necesitamos para atenuar la inquietud, para tener una medida más de protección sumadas a las demás.

Para concluir, desconocemos la duración de los efectos de la actual pandemia. Tampoco sabemos si el uso de estos recursos de protección serán temporales o nos tendremos que habituar a ellas en determinadas épocas y situaciones.

Sea como sea, hay algo innegable, la vida cambia en el momento menos pensados y debemos estar preparados para adaptarnos a las nuevas situaciones.

viernes, 15 de mayo de 2020

Inteligencia emocional durante el confinamiento ¿cómo puede ayudarnos?

Los momentos de crisis elevan nuestra vulnerabilidad. Ahora más que nunca es momento de despertar nuestra Inteligencia Emocional para manejar mejor la preocupación cotidiana, la ansiedad, la frustración y esos estados de tristeza que nos visitan de manera regular.

Hacer uso de la inteligencia emocional durante el confinamiento puede ayudarnos. Esta área de la psicología puede actuar como un crisol de bienestar en momentos de crisis, siendo esa herramienta con la que gestionar emociones, enfoques de pensamiento y dimensiones como la esperanza e incluso nuestras relaciones sociales.

Como nos señala Daniel Goleman en libros como Focus o su ya célebre Inteligencia Emocional, nada es tan importante en momentos complicados como controlar nuestra atención. En momentos en los que las preocupaciones son muchas y los pensamientos se enredan en la mente llenándonos de ansiedad y angustia, es prioritario ponerla en modo pause y centrarnos.

Es necesario entrenar la calma, la paciencia y ese optimismo constructivo para aceptar la situación y permitirnos avanzar. La profunda comprensión de la alquimia de nuestras emociones nos confiere esa herramienta vital con la que afrontar mejor los días duros, la incertidumbre y también nuestra responsabilidad personal ante el actual presente.

Inteligencia emocional durante el confinamiento, claves que poner en práctica

En un interesante estudio realizado en la Universidad de Buffalo, en Nueva York, por parte del doctor Mark Seery, nos señalan algo sobre lo que reflexionar. Lo que no nos «mata» pero no gestionamos, nos puede situar en un estado de estrés acumulativo capaz de crear estados de vulnerabilidad psicológica muy intensa. ¿Qué quiere decir esto y qué relación tiene con el actual contexto de pandemia?

Significa, básicamente, que millones de personas sobreviviremos al coronavirus, es evidente. No obstante, salir físicamente indemnes no significa que también lo hagamos emocionalmente.

El desconcierto, todo lo visto y vivido, cada preocupación y angustia sentida, se quedan. Nadie es inmune a este tipo de crisis y más en una situación de impacto mundial en la que las incertidumbres hacia el futuro son muchas.

La inteligencia emocional durante el confinamiento nos puede ayudar a gestionar mejor esta situación. Veamos cómo.

Autoconciencia

Uno puede ser un gran experto en multitud de materias y un completo iletrado de piel para adentro y en lo que a emociones se refiere. Lo que uno siente, lo que uno necesita, aquello que se arremolina en el interior y que duele es algo desconocido para muchos. Es aquí donde entra la importancia de habilitarnos en el arte de la autoconciencia.

Se trata de ser consciente de emociones y sentimientos; detectar aquello que siente el cuerpo y que acontece en nuestra mente, saber darle nombre, presencia y aceptación. Tener autoconciencia es desgranar cada realidad interna y tomar contacto con ellas.

Autocontrol, evitando el «secuestro» de la amígdala cerebral

La amígdala cerebral es esa pequeña región del cerebro que regula las emociones más adversas. Todas ellas, son necesarias y cumplen una función. Sin embargo, hay veces en que esta estructura intensifica realidades como el miedo o la angustia. Y lo hace de tal modo que bloquea por completo el pensamiento racional y reflexivo.

Todo ello nos aboca hacia comportamientos poco adecuados como las compras compulsivas, el pánico o esa negatividad y miedo constante hacia el «qué pasará mañana». Así, una de las claves de la inteligencia emocional durante el confinamiento que más debemos trabajar es el autocontrol. Hay que detectar esas emociones más adversas y evitar que se intensifiquen y nos acaben secuestrando.

Esto se logra si detectamos los estímulos que desatan preocupación, miedo o malestar y desvian la atención. Por ejemplo, en lugar de ver constantemente información relativa al coronavirus, aprovechemos para realizar actividades placenteras, hablar con amigos, familia…

Entrenar la atención: importa el aquí y ahora

Lo señalábamos al inicio. Cuando la ansiedad hace acto de presencia y la mente queda cautiva de su rumor, lo que hace es anticipar futuribles. Y esas predicciones nunca son buenas.

Los pensamientos se hacen un nudo y nos obsesionamos en lo que puede pasar, en lo que mañana puede suceder y en escenarios tan temibles como desgastantes.

Debemos aprender a entrenar la atención centrándola en el momento presente. Lo único que importa es el aquí y ahora, vivir el segundo, atender el bienestar presente.

Inteligencia emocional durante el confinamiento: conexión emocional de calidad

Trabajar la inteligencia emocional durante el confinamiento requiere también cuidar de la gestión relacional. ¿Qué implicación tiene este ejercicio? Significa, básicamente, que debemos favorecer una conexión emocional de calidad. En estos días, lo último que queremos es hablar con personas que intensifiquen la preocupación y el miedo.

También hay que evitar alimentar la ansiedad en los demás. Así, a la hora de hablar por teléfono o videoconferencia con nuestros mayores, amigos u otras personas procuremos que esos instantes sean enriquecedores. Seamos un refugio y también ese umbral capaz de hacer llegar esperanza.

La gestión relacional en tiempos de pandemia implica cuidar de nuestros lazos sociales cercanos y lejanos. Hay que atender a quien están cerca y preocuparnos de quienes están lejos ahora mismo. Las emociones deben actuar como nutrientes que hagan despertar el ánimo, la protección y ese amor auténtico capaz de actuar como vacuna.

Trabajemos estos pilares de la Inteligencia Emocional en el día a día.

jueves, 14 de mayo de 2020

Los 10 trabajos más estresantes del mundo

Los trabajos más estresantes del mundo son precisamente los que más protección y autocuidado demandan. El estrés es un factor que incide directamente en la salud física y mental. Por esto mismo, las actividades que más lo generan deben tener un seguimiento especial.

En general, los trabajos más estresantes del mundo son aquellos que exponen a las personas a un peligro objetivo, especialmente si esta amenaza es potencialmente mortal. Hablamos de riesgos que en sí mismos ya imponen una carga importante de angustia.

Hay que advertir, sin embargo, que esto es una generalización. A veces, los trabajos más estresantes no dependen de la actividad en sí misma, sino de las condiciones en las que se realiza. Un administrativo, sin exponerse al peligro, puede tener una alta carga de estrés por la presión a la que esté sometido por sus superiores.

Toda actividad laboral exige un componente de autocuidado y de protección por parte de los empleadores o los encargados de dirigir la labor. Primero está la salud y luego la productividad.

A continuación, exponemos los trabajos más estresantes del mundo por su propia naturaleza.

1. Militar

Los militares se preparan para la guerra o están en la guerra. Una confrontación armada es una de las situaciones más angustiantes que puede existir.

En medio de un conflicto, la vida cobra otro valor, además de hablar de un entorno que en el plano psicológico puede imponer duelos renovados y constantes.

Los datos nos dicen que entre los militares en combate hay un alto índice de desórdenes psicológicos; trastornos que en muchas ocasiones permanecen más allá del fin del conflicto o la exposición al entorno, como puede ser el estrés postraumático.

2. Bombero

Los bomberos con frecuencia también se exponen a amenazas serias. Por otro lado, buena parte de su trabajo se desempeña en circunstancias en las que hay poco control y mucho en juego.

Cada incendio o cada desastre tiene sus propias características, por lo que hay un importante nivel de incertidumbre. Así mismo, para las emergencias no hay fecha, ni hora, por lo que estas personas deben estar siempre alerta.

3. Piloto comercial

Aunque en la actualidad los aviones tienen un elevado grado de seguridad, que todo salga bien depende en buena medida de un piloto atento a todas las variables.

De manera adicional, se trata de un trabajo que exige constantes cambios de horario y largas ausencias del hogar. En gran medida es una labor rutinaria y por eso no es de extrañar que sea uno de los trabajos más estresantes.

4. Policía, otro de los trabajos más estresantes del mundo

Los policías atienden situaciones a diario en las que hay armas e instrumentos que pueden infligir un daño importante. Al igual que los militares, se exponen frecuentemente a situaciones, imprevistas y descontroladas, en las que su vida está en riesgo.

Toleran un alto nivel de incertidumbre por el hecho de que los enemigos públicos no son previsibles en su manera de pensar o actuar. De ahí su alto nivel de estrés.

5. Organizador de eventos

Los organizadores de eventos no arriesgan sus vidas, ni se exponen a tragedias, pero sí tienen que atender a muchos detalles a la vez. Sobre todo, deben lograr que acciones que por su naturaleza son diversas e independientes se fusionen en un todo armónico.

Por otro, también es común que formen parte de una negociación, no siempre limpia, y tengan que actuar para que todas las partes terminen satisfechas.

Finalmente, el hecho de que realicen eventos los expone a los juicios públicos. De ahí que tengan uno de los trabajos más estresantes.

6. Reportero

El estrés de los reporteros depende de tres factores. El primero, el horario: varía en función de las circunstancias, de la noticia. Es necesario estar en los hechos o cubrirlos cuando estos ocurren.

El segundo, que algunas veces deben exponerse a situaciones peligrosas y además trabajar muy rápido, pues el objetivo es informar al instante.

Y el tercero es que diariamente tienen que abordar varios temas, en distintos escenarios, siendo capaces de manejar una cantidad de información abrumadora.

7. Médico en servicio de urgencias

En un servicio de urgencias, como el nombre lo indica, todo es urgente. Los médicos que están allí muchas veces deben tomar decisiones complejas en tiempo récord.

Tienen en sus manos la salud y la vida de otras personas y esa responsabilidad implica una carga psicológica importante. Así mismo, son testigos del dolor y el sufrimiento, y muchas veces no cuentan con las herramientas para aliviarlo eficazmente.

8. Relaciones públicas

El relaciones públicas, y también el vendedor, deben tratar con todo tipo de personas. Educadas y también no educadas, pasando por momentos en los que tienen que consentir que el otro traspase ciertos límites para proteger la venta o salvaguardar la imagen.

Así, la profesión demanda una buena dosis de tolerancia y mucho autocontrol. Ambas capacidades son puestas a prueba con frecuencia. Así mismo, suelen mantener contacto con un importante número de personas, por lo que están sometidas a una buena dosis de presión.

9. Taxista

Permanecer la mayor parte del día dentro de un entorno cerrado, de cara al público y teniendo que atender a la cantidad de situaciones cambiantes que se producen en el tráfico de una ciudad es ya de por sí un tema complicado.

Si a eso se le suman pasajeros angustiados, que quieren llegar más rápido de lo que es posible o tienen un trato desconsiderado, la cosa se pone mucho más dura. Los taxistas soportan altos niveles de estrés.

10. Profesor

Trabajar con niños y adolescentes puede ser extenuante, especialmente cuando los grupos son muy grandes o no hay todos los medios disponibles para llamar su atención, o satisfacer su curiosidad. Así mismo, el profesor es responsable del bienestar de los chicos y esto lleva a que deban ser muy cuidadosos con su conducta y sus reacciones. A pesar de que la docencia produce grandes satisfacciones, también puede generar sensaciones de impotencia o de poca valía.

Los trabajos más estresantes demandan un mayor esfuerzo en materia de salud y seguridad laboral. Quienes los realizan deben saber que están más expuestos a enfermar o a desarrollar problemas de fatiga y descompensaciones. En estas labores también es importante extremar el autocuidado.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Los tres tipos de arrogancia: antagónica, comparativa e individual

Los diferentes tipos de arrogancia causan daño, no solo a los demás, sino también a uno mismo. Esa percepción vertical de sí mismo, en relación con los otros, nutre los distanciamientos y el conflicto, pero adicionalmente conduce al error con gran facilidad.

La arrogancia es una característica que destruye, pero también autodestruye. Produce un estancamiento en el desarrollo emocional y es propia de quienes han tenido dificultades para establecer el límite entre el mundo externo y el interno. Hay varios tipos de arrogancia, pero lo común en todas ellas es la visión distorsionada de la realidad.

Otro aspecto común a todos los tipos de arrogancia es que esta característica genera un efecto de distanciamiento hostil con los demás. El soberbio solo puede ejercer su excesivo narcisismo menospreciando a otros y a la realidad misma. Así, hablamos de personas que tienen dificultades importantes para establecer lazos de intimidad con otros.

Lo común es que quien es soberbio termine siendo víctima de su autoengaño, bien sea porque la distorsión de la realidad le conduce a cometes errores o bien porque este defecto se paga con soledad y rechazo por parte de los demás. Enseguida hablaremos sobre los tres tipos de arrogancia más comunes y de sus consecuencias.

1. Antagónica, el primero de los tipos de arrogancia

Primero, aclaremos que la arrogancia es una actitud. La persona maneja una creencia: es superior a los demás. A la vez, se apoya en ella para pensar que merece más que otros o que sus contribuciones, por norma, tendrán más valor. En esta misma línea, podemos identificar un exceso de confianza que en muchas ocasiones les conduce a cometer errores y a persistir en ellos.

Hay varios tipos de arrogancia. La más clásica es la arrogancia antagónica. Como ya anticipa su nombre, se trata de un tipo de soberbia en el que las conductas se orientan a controvertir a otros, o enemistarse con otros, sobre la base de denigrarlos. Se busca que los demás queden por debajo del arrogante.

Es el caso típico de los “sabiondos”. Personas que no le conceden espacio a la duda y que con pocos datos hacen generalizaciones con un amplio margen de error, ignorando este riesgo cuando las utilizan como si formasen parte de una razón o verdad absoluta. O de los “hermosos”, que exaltan su físico como si fuera el paradigma mismo de la belleza. O de quienes se sienten moralmente superiores a los demás, utilizando su escala de valores para juzgar a los demás.

2. Arrogancia comparativa

La arrogancia comparativa es similar a la anterior, aunque un poco más discreta. De hecho, a veces no se expresa de manera abierta, pero sí en el plano del pensamiento propio. Tiene que ver con la compulsión a compararse con otros, siempre desde un punto de vista vertical. El objetivo es poner a los demás por debajo de sí mismos.

Este es uno de los tipos de arrogancia más discretos. Es posible que quienes adoptan esta actitud ni siquiera entren en un debate con los demás. Oyen, pero no escuchan los argumentos de los demás porque no piensan que en ellos pueda existir algo de valor. Asienten, pero en el fondo niegan.

Un ejemplo clásico de este tipo de arrogancia es el jefe vertical que está convencido de que nada puede aprender de su equipo de trabajo. Por eso, ni siquiera se toma la molestia de consultar la opinión de los otros, sino que da por hecho que su percepción es mejor.

3. Arrogancia individual

El tercero de los tipos de arrogancia es el individual. Podríamos decir que es la forma más ingenua de soberbia y también, quizás, la menos malintencionada. Básicamente se expresa en el plano del lenguaje y tiene por objetivo convencerse a sí mismo, y a los demás, de que se tienen virtudes o habilidades superiores.

Lo que caracteriza a este tipo de arrogancia es la autoexaltación continua. La persona quiere creer que posee más virtudes que otros, que sus obras son mejores que las de los demás o que sus logros son más trascendentales que los de quienes le rodean. No es raro que este tipo de soberbia esté acompañado de conductas victimistas para soportar/justificar el error o la inferioridad.

La arrogancia individual es un intento por magnificarse a uno mismo, más por las dificultades de autoaceptación, que por el interés de dañar a otros. Pese a todo, como los demás tipos de arrogancia, termina afectando a los demás.

Se cometen muchos errores por la arrogancia, sea del tipo que sea. La soberbia no deja ver la realidad tal y como es. Por lo tanto, fácilmente se incurre en alguna equivocación que lleva a consecuencias indeseables.

Aunque todos tenemos algo de arrogantes -en ocasiones es una manifestación del amor propio difícil de evitar-, lo importante es pacificar el ego y no permitir que se convierta en un velo que se vuelva en nuestra contra y/o en la de los demás.

martes, 12 de mayo de 2020

Sobrecarga emocional durante la pandemia: síntomas y afrontamiento

Nuestras emociones también nos sobrecargan en el actual contexto, llenándonos de apatía, de una bruma mental en la que falla la concentración y aparece incluso el agotamiento físico. Las emociones hablan y debemos atenderlas más que nunca.

La sobrecarga emocional durante la pandemia es una realidad psicológica que empieza a vivirse con frecuencia. Entendemos esta dimensión como una saturación de sentimientos, pensamientos y sensaciones que derivan en agotamiento mental y físico. Es una experiencia abrumadora que puede intensificarse con los días si no se toman medidas de afrontamiento adecuadas.

Decía Carl Jung que la mente humana no oscila entre lo correcto o lo incorrecto, sino entre el sentido y el sin sentido. Así es, y más en épocas de dificultad, de crisis e incertidumbre como la marcada por la actual pandemia.

En estos momentos es completamente normal que caigamos en pensamientos filtrados por el miedo, un miedo comprensible pero que, en ocasiones, tapiza nuestra realidad y alza muros sin dejar espacio a la esperanza.

Si a ello le añadimos el flujo constante de información, datos, cifras y las incertezas ante el futuro más próximo, tenemos por tanto ese caldo de cultivo en el que oscilar de un enfoque relajado a ese donde la aguja de la ansiedad ya lo enhebra todo.

Sentir esa bruma caótica de las emociones colapsando nuestros días es casi esperable, pero debemos mantener el control en la medida de lo posible.

Sobrecarga emocional durante la pandemia ¿cuáles son los síntomas?

La sobrecarga emocional durante la pandemia puede tener dos orígenes. El primero y más severo puede surgir a raíz de una vivencia traumática, como puede ser, la pérdida de un familiar a causa del coronavirus. La combinación de emociones, el sufrimiento y la dificultad evidente de realizar un duelo dadas las actuales circunstancias incrementa esta realidad psicológica.

Por otro lado, esa saturación de emociones es bastante común entre los profesionales de la salud. Nuestros sanitarios viven en primera línea los efectos de esta pandemia, además de una clara sobrecarga, y sufren a menudo fatiga por compasión.

Asimismo, la sobrecarga emocional durante la pandemia puede surgir a partir de una acumulación constante de pequeñas situaciones. Ese estrés cotidiano, esas preocupaciones que se acumulan y esos días que se parecen en exceso los unos a los otros nos hacen caer en este abismo tan común. Veamos cuáles son los síntomas.

¿Cómo saber si sufro sobrecarga emocional?

Reaccionas de manera desproporcionada ante situaciones comunes. Por ejemplo, hay quien al volver de casa tras haber ido de compras y no encontrar las llaves en el bolso experimenta una sensación de pánico.

  • También son comunes las dificultades para concentrarse y realizar tareas simples.
  • Nos cuesta mantener una conversación normal con familiares o amigos. Es como si los demás estuvieran en otra frecuencia, una donde sentirte incomprendido y hasta enfadado.
  • Las emociones están siempre a flor de piel. Sientes ganas de llorar por cualquier cosa, te enfadas por nada y la apatía es esa constante que no te permite distraerte con nada.
  • Por otro lado, hay un efecto evidente de la sobrecarga emocional: el cansancio físico. El agotamiento es tan intenso que a veces hasta te preguntas si no te habrás contagiado del COVID-19.

¿Cómo puedo manejar los efectos de la sobrecarga emocional en el actual contexto?

La sobrecarga emocional durante la pandemia nos avisa de algo evidente: nuestras emociones están hablando y necesitan nuestra atención. El objetivo, por tanto, no es extinguir esta bruma emocional mediante la negación o mediante un enfoque lógico donde decirnos aquello de «tengo que centrarme y controlarme o se me irá la cabeza».

No es momento de ser duros con nosotros. Las emociones dan significado a la experiencia, son el patrimonio de la biología humana y deben integrarse mediante la aceptación. Solo así navegaremos mejor durante estos días complicados.

Aceptación y espacio para cada emoción sentida

No desplaces, no vetes, no te sanciones ni vuelvas el rostro hacia esa bruma emocional. Visualízala como un ovillo en el que se hallan enredados varios hilos de colores. Debes separarlos uno por uno e identificarlos, darles nombre. ¿Qué es lo que siento? Tristeza, angustia, miedo, frustración, nostalgia…

Desgrana, da espacio y lugar a cada sentimiento y acéptate sin criticarte por cómo te sientes. Esas emociones quieren de ti que te permitas tiempo para hablar con ellas, con compasión.

Toma conciencia de tu razonamiento emocional

Una de las causas por las que surge esta sobrecarga emocional durante la pandemia es por el razonamiento emocional que hacemos de cada cosa que oímos, pensamos o vemos.

Podemos dar varios ejemplos. Si ante cada cifra de contagios o de pérdidas te dices que esto va cada vez peor, que no hay salida y que cada día es más angustiante, estás procesando la realidad a través de las emociones más adversas. Y es algo que debes controlar.
Si te repites a ti mismo cosas como «es que no puedo más con mi ansiedad», le das un poder excesivo al cerebro emocional y a esa amígdala que solo anticipa riesgos y fatalidades.
Debes restar poder a ese filtro emocional, reducirlo, hacerlo más pequeño. Sitúate ante la puerta de tus pensamientos y haz de guardián: no permitas la entrada a ideas y verbalizaciones que empeoran la visión que tienes sobre las cosas y sobre ti mismo.